Zeus, el drama millenial Zeus, el drama millenial
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Zeus, la ópera prima de Miguel Calderón Rothenstreich, artista visual y escritor que ahora incursiona en el Séptimo Arte, cuenta la historia de Joel —interpretado por otro escritor que se aventura en el cine: Daniel Saldaña París—, el arquetipo de millenial que tienen en la cabeza tantos detractores de la generación Y, lo mismo en la sobremesa que en la academia o la empresa: negligente y procrastinador, hedonista y egoísta, self-entitled e inmaduro, apasionado pero inconstante, ensimismado en sus cosas pero incapaz de ubicarse en el mundo real, talentoso pero proclive a fugas fantásticas…

Fiel a la caricatura del millenial arquetípico, Joel, a los 33 años, es un bueno para nada sin rumbo en la vida, que pretende ser escritor, pero que, al carecer de la disciplina para lograrlo, acaba siendo el reacio amo de casa y disfuncional secretario particular de Luisa, su madre (Ana Terán), con quien vive. Su único talento es la cetrería: al salir de cacería con Zeus, su halcón, halla un remanso de silencio y contemplación, a donde escapa de la burbuja burguesa de clase alta citadina, que es el espacio de su dominante madre. Ésta, una reconocida y próspera neurocirujana, sin querer, resulta ser la caricaturesca contraparte de su hijo millenial: una típica mujer profesionista de la generación X, volcada enteramente a su profesión, y, por tanto, workoholic y exitosa, autoritaria y condescendiente con Joel, tan segura de sí misma y orgullosa de sus logros como moralmente cínica y emocionalmente analfabeta. Por supuesto, sus mimos y laxitud excesivas para con su único hijo van de la mano de sus correlatos: la manipulación y la codependencia. Edipo y Yocasta, versión siglo XXI.

Zeus, el drama millenial

Pero, más allá de los pseudocientíficos estereotipos de las generaciones —que, sin embargo, como todos los lugares comunes, algo tienen de verdad—, Calderón, que escribe, dirige y produce, nos introduce, de manera inquietante y bastante bien lograda, en tres conflictos principales: el conflicto intergeneracional —aderezado por los amantes de Luisa, un vecino baby-boommer, y de Joel, una chica millenial tan inmadura y desubicada como él—; la codependencia enfermiza de las relaciones posmodernas —que ansían, contradictoriamente, afecto y autonomía a la vez—; y la alegoría de la vida —expresada a veces poéticamente, con guiños a la mitología clásica— como competencia salvaje y descarnada, expresada por la cetrería.

Fotografiada y editada magistralmente, sus notables y bellas secuencias en exteriores, así como planos interiores bastante reveladores, contrarrestan la falta de matices y profundidad de los actores primerizos, los cuales, sin embargo y precisamente por ser amateurs, contribuyen con una cierta naturalidad y un valioso sabor “chilango”. El guión, en general, es bueno, pues su historia, compleja y atrevida, fluye con transparencia y, sobre todo, congruencia: por ejemplo, su final sin redención enfatiza los tres conflictos principales y no se aparta, deus ex machina, del planteamiento original. Fílmicamente, podrá no ser una realización excepcional —aunque, sin duda, notabilísima como ópera prima—, pero destaca por su estética, tesis y atrevimiento inteligentes: da gusto constatar que el cine —y en especial el mexicano— tiene artistas de grandes ideas y no sólo técnicos competentes sin mucho que decir.

G. G. Jolly

G. Jolly (Ciudad de México, 1986) es filósofo de profesión, historiador de vocación, melómano por afición y teólogo por inclinación. Escribe, investiga, edita, traduce y corrige textos de diversa índole para vivir, aunque lo que más le apasiona es la docencia. Ha dado clases de filosofía, teología, historia, arte, apreciación musical y hasta derecho en varias universidades. Se le puede seguir, a riesgo propio, en twitter como @el_tirapiedras.