Valle de Fuego, de Sandra Becerril Valle de Fuego, de Sandra Becerril
Mia, una joven escritora, está obsesionada con encontrar al asesino de Ian, un exitoso director inglés con quien mantuvo una relación sentimental Valle de Fuego, de Sandra Becerril

Mia, una joven escritora, está obsesionada con encontrar al asesino de Ian, un exitoso director inglés con quien mantuvo una relación sentimental durante mucho tiempo. Poco antes de su brutal homicidio en México, Ian realizó un viaje misterioso a Las Vegas, por lo que Mia decide ir a Nevada acompañada de Noah, su amante, para buscar pistas que la lleven al criminal y poder cobrar venganza.

La primera parada de su travesía colmada de pasión, excesos, codependencia y esquizofrenia, será en Valle de Fuego, sitio donde ambos encontrarán el escenario perfecto para su autodestrucción. Mia empezará a desconfiar hasta de su propia sombra y descenderá por una vorágine de sentimientos en la que todos serán culpables o cómplices hasta demostrar lo contrario.

FRAGMENTO

La cordillera roja, las hormigas rojas, el cielo rojo de las dunas que se quedaron fosilizadas en la era de los dinosaurios, hace ciento cincuenta millones de años. Todo era de fuego en aquel valle en Nevada, incluso tu sexo en mis labios.

Valle de Fuego, de Sandra BecerrilExtrañaba a Ian, con desesperación, pero no evitaba amarte cuando estabas frente a mí, eras el deseo mezclado con un coctel de ojos verdes desparramados con nuestra ropa adentro de la tienda de campaña. Eras tú, Noah, y no quería dejarte ir de nuevo. Frenabas mi caída al vacío después de su partida.

Quería que me penetraras hasta los pensamientos porque nunca había hecho el amor como lo hacía contigo. Jamás me había sentido tan húmeda debajo de un cuerpo, no sabía lo que eran las ganas hasta que una noche dejé que me cogieras tanto que la luna fatigada se escondió recurrente en mis fantasías y en los orgasmos ahogados que ahora gritaba en el valle en medio de Clark County. Tus cejas fruncidas terminando y llenándome de ti. Te recargaste en mi hombro y abracé tu espalda con mis muslos temblorosos, respirabas agitado y reías.

A través de un orificio de la tienda puede apreciar las estrellas nacer como parto múltiple en el cielo, a lo lejos los coyotes aullaban, y anhelé que tu cuerpo perfecto fuera el de Ian.

Nunca fuimos normales, mas el saber que no lo éramos era precisamente lo que nos apartaba de los demás.

Salí a fumar un churro de mota que escondía en la mochila mientras dormías, esperando que la hierba me ayudara a meditar mejor.

Me senté con las piernas cruzadas en flor de loto sobre una roca y miré las montañas cobrizas devoradas por la oscuridad y la nada del sonido del valle. Quizá nada existía en realidad y los días eran los sueños de las rocas perforadas por la erosión y los millones de años que llevaban esperando despertar. Tal vez yo no existía. Y entonces tampoco hubiera existido Ian, sus películas o sus horrores.

A lo lejos, otro turista encendió una fogata que me recordó la primera vez que nos acostamos, la noche en que te infiltraste en medio de mis muslos aprovechando el alcohol de las diez cervezas alemanas que llevaba en mi sangre; me dejé ir en ti enfrente de la chimenea falsa de tu departamento, con una luna curiosa parecida a ésta, pero asomándose desde la ventana en la Ciudad de México.

La película Casablanca se escuchaba en la pantalla de tu habitación, aunque ya no la veíamos: «You must remember this, a kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh. The fundamental things apply as time goes by. And when two lovers woo, they still say, “I love you” on that you can rely. No matter what the future brings as time goes by». Mientras Ilsa le confiesa a Rick en el café que sigue amándolo desde que lo encontró por primera vez en París y él se pregunta por qué de todos los cafés del mundo ella tenía que entrar justo a ése, yo me preguntaba por qué de todos los cuerpos que había probado antes, el tuyo me sabía mejor que ninguno. Qué bueno que no follamos antes, porque me volví adicta a ti desde el primer instante. Parecías hecho de nicotina, mota, Valium y alcohol, todo revuelto en el sabor de tu piel, de tu pene, de mi cuerpo cuando terminabas y me quedaba escurriendo de ti.

Con la combinación de tu imaginación atrayente y maligna, decidí aceptar quedarme contigo a dormir esa madrugada. Y todas las siguientes. No somos libres más que para elegir entre el placer y la amargura, y entre eso prefiero mil veces el placer.

Me enamoré en un solo crepúsculo de tu forma de hacer el amor. Qué jodido. Enamorada de ti hasta el pasado.

Cerré los párpados, esperando que el lugar arqueológico donde estábamos se llamara así porque desde adentro de cada una de esas cuevas, alguien nos vigila, examina y estudia. Y somos nosotros los monstruos ahogados hasta el cuello de la mierda cotidiana. Las criaturas del desierto olían a cobre y cometas. Suspiros encarnados, profundos, las rocas regalándonos su piel, las cordilleras con sus miradas perdidas sobre sus siluetas reflejadas en el cristal de las dunas congeladas por cientos de miles de años.

Miré una vez más para no extraviar la noche con aquel farol, para observar si, como decía Ian, aquí había estrellas fugaces.

Siempre he creído en los deseos. Alguna vez fui a que me leyeran el tarot en Coyoacán, otras, la mano en la Roma, las runas en la Condesa, la noche en la piel. Tu piel. Cualquier cosa, cualquier pensamiento me remitía a tu piel, Noah. Desde que éramos niños quise acariciar tu espalda y dormir abrazada a ella, sintiéndote con mi pecho desnudo. Tú también lo querías, y por eso me tardé tanto en amarte, porque cuando ya sabes que el amor está ahí, permanentemente esperándote, siempre se puede querer y vivir otras vidas antes de dejarse ir en él.

A lo lejos había rayos, látigos del cielo, y dos minutos después los escuché cerca, como si el corazón me estallara en medio de tanta montaña y tanta soledad.

Vine a Las Vegas contigo para vivir lo que no puedo vivir entre recuerdos, entre pasos sin huellas.

Además de lo de Ian, desde que había muerto mi madre decidí no volver a la Ciudad de México porque descubrí que era ella la que la hacía tan mía, no era la calle donde estaba la secundaria que me derrumbó la adolescencia con su bullying o la casa embrujada —llena de sombras y retratos que movían los ojos cuando no los veíamos— que habitábamos solas cuando mi papa murió. No eran los bares de Insurgentes a los que entraba con una identificación falsa o el primer beso escondido en el garaje de una fiesta de Halloween con mi mejor amigo, Román. Creí que aquello era todo, y resultó ser nada. Presenté mi primer libro y después realizaron mi primer guion, y una madrugada vi a los personajes que imaginé andar de ahí para allá, qué desfachatez, de un lado a otro, como si nada; me dieron aquel premio de guion que tiré a la basura ese mismo crepúsculo, en una borrachera que no me acuerdo ni en qué terminó, porque quise dedicárselo y supe que no estaba entre el público, sino en el hospital. Vi aquella película sobre clones y deseé que ella también tuviera uno para que le donara sus órganos y el cáncer no la matara. Pero igual se la llevó. Y entonces descubrí que mi ciudad no era México ni todo lo anterior, sino ella, su olor y su piel. Era su canto en mi oído para quitar pesadillas, era su abrazo en sus delgados y frágiles brazos, eran los hoyuelos en sus mejillas y el labial rojo. Era nuestro camino de regreso, juntas, porque después no volví a manejar sin su voz criticándome en el asiento de al lado. Era la ventana sucia que nadie más limpió desde que se fue, era el cielo nublado que veía desde su hombro. Una infinidad de tristezas se acumularon en su cuarto hasta que se iba la luz de tanta soledad. Cuando quedaba en una oscuridad absoluta, entonces me dormía y a veces te soñaba cerca de mí, a veces a Ian. Nunca he sabido dormir sola, sin un cuerpo apretado a mí.

Para acabar de joder mis días, desde que Ian murió, poco después de que mi madre falleció, los demás —amigos, familiares, conocidos, compañeros de trabajo— no hacían otra cosa que pedirme que viviera mi vida, dejarlo ir. Frases como «eres muy joven, puedes rehacer tu vida», «no te preocupes, lo olvidarás pronto», «Dios te ayudará, refúgiate en él», «tú todavía estás viva. ¡Vale la pena esperar al futuro!», «sé fuerte, tú puedes con esto y más», «te mira desde el cielo, ahora tienes otro ángel que te cuida», «vivirá siempre en tu corazón», pura mierda tipo Paulo Coelho. ¿De verdad me veían tan jodida? Repetían ese tipo de frases hasta el cansancio, sin que les pidiera consejo o consuelo. Finalmente, decidí hacer como que los escuchaba para que dejaran de molestarme. Sin soltarlo, en secreto, invocándolo en cada sueño entre tus besos. La muerte no nos roba a los seres amados, nos los guarda y los inmortaliza en nuestros recuerdos. La vida sí los roba de nuestros días muchas veces y para siempre. La partida de Ian y la de mi madre le dieron sentido a mi existencia más que quitársela, porque el dolor sólo sana cuando lo sentimos a plenitud. Y yo me revolcaba con el puto dolor todo el tiempo.

Por eso, cuando cancelaron la película aquella que Ian y yo estuvimos preparando por dos años y que por un capricho de un tipo gordo y narco que se llamaba a sí mismo «productor» se fue a la chingada, decidí venir a «la capital de las segundas oportunidades» a averiguar qué carajo había pasado con Ian acá. Y de paso, traerte conmigo. Porque un día me desperté, te vi a mi lado y descubrí que estaba aferrada a tu respiración, que si te levantabas al baño me sentía sola y que me encantaba enmarañar mis dedos en tu cabello de alacrán. Porque no te amaba, pero sí te deseaba como a nadie. No me gustaban tus ideas, tus historias locas sobre la reencarnación o que te sintieras poeta barato de Coyoacán, pero sí tu ceño fruncido cuando te venías, la forma en que me acariciabas y tus pies fríos enredados en los míos cuando estábamos empiernados en la cama. Y era por Ian. Porque ese cabrón había decidido irse, o no detenerme lo suficiente. Al fin y al cabo, era lo mismo para mí. Porque lo había amado con las entrañas, en novelas y guiones, entre películas, en medio de horrores y proyecciones de terror. Y porque me harté, muy cobardemente, lo sé, de las críticas de la sociedad cuando hasta el vecino más metiche me recalcaba que parecía mi abuelito. Ni José José hubiera acertado con su «40 y 20» con los sesenta y cinco de Ian y mis veintinueve.

Tú, Noah, tenías veintisiete y alma de seis. Me hacías reír hasta que me dolía el estómago, me hacías querer volver a escribir, a crear, a ser niña y a mandar todo a la chingada por un beso. Porque tus besos y tu lengua eran adictivos. Ahí estaba (cerré los ojos comprendiendo todo de pronto), era adicta a ti, como si fueras el último cigarro en el mundo o la última plantita de mota del universo.

El frío del desierto no se compara con el frío de la ciudad, seco, amarillo y polvoroso. En el desierto, hasta el frío es más sincero, se te mete a los huesos, en la inhalación, te apaga el cigarro para que no estés molestando y de paso te manda unos coyotes que confundes con perros. No obstante, les huyes cuando los ves de cerca. Así era Valle de Fuego, de hielo.

Con sus alargadas rocas amarillas y sus sinuosas dunas petrificadas que son, en realidad, arenisca azteca. Allí estábamos cerca de monumentos naturales como la Atlatl Rock, en la que encontramos unos grabados rupestres, petroglifos, o la Elephant Rock, una curiosa roca con forma de elefante.

Las vistas al atardecer en aquel paisaje feroz son espectaculares: el rojo resplandece mágico y con toda su fuerza en el horizonte.

Me ajusté la chamarra, como si eso fuera a protegerme de la eternidad del lugar. Pero nada es una barrera para la naturaleza, que se burlaba de mí y de mis meditaciones budistas mirándome con las montañas como si éstas fueran a levantar sus enaguas en cualquier oportunidad para volver a reinar, tomando la revancha contra los soberbios hombres. En rojo.

Miré la débil tienda de campaña y te supuse dormido en ella.

Los primeros días que dormimos juntos sólo pensaba en Ian mientras me hacías el amor con toda tu furia. Pensaba que estaría ahí, viéndonos coger y sufriendo porque no era él, porque decidió irse antes de averiguar por qué yo había salido huyendo. Y me hubiese encantado que en días así, cuando más lo odié por amarlo tanto, nos contemplara, sin que lo supiéramos, escondido en el clóset que me regaló, que viera cómo me hacías gemir, gritar, morderte hasta el espíritu. Que viera tu cuerpo perfecto y sobre todo tu mirada. Que viera que no era el único con ojos de mar en el mundo, que yo también podía encontrar un lago en los tuyos. Una laguna que era reflejo del desamparo que se me imponía en los suspiros azules que no quería que escucharas.

Sandra Becerril

Sandra Becerril

Supongo que un día te diste cuenta de eso porque, entre dormida y despierta, te escuché llegar y, pensando que estaba en el pasado, dije: «Ian, ¿eres tú? ¿Dónde estabas? Ven a la cama, conmigo». Te sentaste cerca de mí, recalcando con voz de ultratumba: «No, Mia, no soy Ian, soy Noah. Pero te perdono». Yo no pude hacer lo mismo. No quería engañarte, no lo hice. Es sólo que mi pensamiento andaba muy lejos, allá por Docklands Light Railway donde Ian dirigía su nueva película, o en la fotografía que lo mostraba con un Oscar en su perfil de Facebook, o aquella en Cannes, o esa otra con el abrigo que le regalé en Sitges.

Nadie lo imaginaba, lo de Ian y yo, sin embargo, todos lo sabían. Porque cuando Ian venía a México y nos dábamos nuestros encerrones en hoteles de lujo, la prensa siempre se enteraba de un modo u otro. Y a ambos nos encantaba, aunque dijéramos que no, porque, ¿a quién diablos le importa la vida de una guionista y de un director de cine inglés? A nadie. O eso creíamos, porque cuando el «productor» narco de doscientos kilos de grasa canceló la película por esa razón, para evitar el escándalo, nos dimos cuenta de que Ian debía dejar su vida de refugiado en Estados Unidos o yo la mía en México. No tuvimos el valor para correr y abrazarnos en una carretera solitaria en medio del desierto que une a los dos países. Quizá era porque él ya había huido antes de Londres y no quería volver a escapar, o porque nos abrazamos demasiado en París o en Inglaterra, su país de origen, en el estreno de una de mis películas, o porque pasó lo mismo en Guatemala, a donde nos escapamos aquel fin de semana sólo porque de niña siempre quise ver Antigua con sus cafés con nombres hermosos como Nuestro lugar de siempre o Nunca me dejes. Tal vez nos abrazamos demasiado con la diferencia de idiomas y su encantador acento para decir: «eres maravillosa». O me adentré tanto en su mar, que sólo recibí el desamparo de un océano en calma. Era demasiado para la eternidad que buscaba con cada guion.

Ian ya había vivido, cambiado de país, viajado, casado, cogido, amado, perdido a sus padres, hermanos, tíos y amigos. Estaba solo en el mundo, empero tenía a sus creaciones que lo acompañaban por todo el mundo, y éste ya le iba quedando chico. Sus fans lo detenían en la calle para tomarse una fotografía con él y hasta su reina le había dado un reconocimiento público y nombrado «sir», sir Ian. Se habían muerto su primera, segunda y tercera esposa, y su hijo que vivía en Londres con su padrastro no le hablaba desde los once años. Había millones de sitios en Google con su nombre y su biografía era poco más que una película llena de acción pasando por todos los géneros, inclusive el épico. Y ese hombre me había amado más que a nada en su mundo y me decía a diario que yo era la cosa más hermosa que habitaba el planeta.

No obstante, yo sentía que apenas comenzaba a vivir, no quería que me relacionaran con él o que dijeran que era su nieta. Tantito peor, que pensaran que mis películas, guiones y novelas eran exitosas por él, gracias a él. ¿«Pensaran» quiénes? Todos. Mis amigos, la familia y aquellos que jamás nos dan de comer, pero bien que están chingando cada que pueden.

Claro que lo que piensen los demás de mí ahora me vale un carajo. Más bien supongo que a ellos les importa mucho.

Sin embargo, los rumores pudieron más que el amor que sentía por Ian. Y huí a refugiarme en unos brazos más jóvenes, que no necesitaban la pastilla azul para hacerme el amor, y que, de paso, me volvían loca. Porque siempre, hasta el final, me volviste loca, Noah. Por más que quisiera salir huyendo de ti, no quise alejarme ni siquiera los últimos días. Como para qué, si contigo creía tenerlo todo. Y llevabas doce años pidiéndome que saliéramos. Doce años es una jodida eternidad para alguien de veintisiete. Acepté, como sabes, aquella noche en tu departamento. Y todas las que siguieron.

Tras las dos muertes, cuando me sentí desprotegida y sin rumbo, decidí encontrarlo contigo y largarnos de México para indagar sobre los últimos días de Ian sobre la tierra en el lugar que él odiaba, a desentrañar el misterio que, estaba segura, me había dejado en su paso sobre el mundo. Iríamos a Las Vegas.

Sandra Becerril (Ciudad de México, 1980) es doctora honoris causa por el Congreso Iberoamericano de la Educación (Perú, 2008). Ha publicado varias novelas, entre ellas ¿A quién estás pensando matar? (Alfaguara, 2015), y participado en treinta y dos antologías y publicaciones de diversos países con cuentos, artículos y guiones. Cuenta en su haber con documentales y siete series televisivas. También ha dirigido y escrito diferentes guiones para largometrajes. El más reciente es Mashit, dirigido por Ryuhei Kitamura, que forma parte de la antología de terror Nightmare Cinema.

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