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Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I) Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I)
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En 1947 Diego Rivera pintó un mural en el vestíbulo del Hotel del Prado, al que tituló “Sueño de una tarde dominical en la... Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I)

En 1947 Diego Rivera pintó un mural en el vestíbulo del Hotel del Prado, al que tituló “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. En la pintura, el autor convertido en niño toma de la mano a la Catrina, de Guadalupe Posada, en medio de un convite de personajes célebres de la cultura mexicana.

La obra de Diego Rivera sobrevivió al paso del tiempo; el Hotel del Prado se derrumbó, casi en su totalidad, en el sismo de 1985. Fue posible, sin embargo, rescatar esta joya pictórica para restaurarla en el ahora Museo Mural que lleva por nombre precisamente el del pintor mexicano. Así de cruel y fantástica es la Historia.

Han pasado más de setenta años, y el sueño de la Alameda sigue intacto. Se trata de uno de los corazones de la Ciudad de México -porque deben saber que esta megalópolis tiene muchos corazones-. La Alameda llegó a ser incluso un modesto pulmón junto con  Chapultepec, debido a la gran cantidad de árboles y prados que ambos lugares resguardan.

Hoy en día, alrededor de este sitio se realizan actividades de todo tipo: comerciales, culturales, deportivas, de paseo y tiempo libre. De ello hablaremos más adelante.

Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I)

Por lo pronto, nos remitiremos a un viaje al pasado para conocer el origen de tan hermosa referencia capitalina. La Alameda nació en 1592 cuando el virrey Luis de Velasco comprendió que la reciente capital de la flamante Nueva España requería de un lugar que sirviera para «salida y recreación de los vecinos».

Fue así como se utilizó un extenso terreno perteneciente a “un cuadrado dentro de lo que era la plaza o Tianguis de San Hipólito, al sur de la Calzada de Tacuba y enfrente de la iglesia y hospital de la Cofradía de la Santa Veracruz”. Allí se sembraron extensas filas de álamos, árboles que enmarcaron y dieron origen al primer parque recreativo de nuestro país.

En su origen, la Alameda estaba rodeada de acequias que impedían el paso de “animales e indeseables”. Ver correr el agua alrededor debió ser todo un evento estético.

Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I)Si bien la Alameda era un lugar apacible, era urbanísticamente desordenado. En 1770 se inició la primera transformación del sitio, misma que no fue concluida sino hasta la administración de Antonio María de Bucareli y Ursúa, donde este espacio público adquirió la traza y el diseño que hoy conocemos.

Siglos más tarde (con el arribo de Maximiliano de Habsburgo y de su esposa Carlota, de quien se rumora se volvió loca, y de ello da fe la novela de Fernando del Paso), el sitio se hallaba en estado deplorable. Con la idea de crear un imperio francés en México, se pensó en intervenir la Ciudad de México para dotarla de gloria y magnificencia.

La Alameda sufrió modificaciones importantes en esos años. Como ejemplo baste destacar que se colocaron fuentes con esculturas neoclásicas, que aún se conservan: Neptuno, Mercurio, Venus, las Náyades. Apareció por esos años la energía eléctrica. La Alameda fue el lugar ideal para colocar faros de luz, conforme dictaba la modernidad.

Fue también el escenario perfecto para el arribo del art noveau y el uso del acero: bancas de hierro fundido, un kiosko morisco, también de acero, que se instaló en el jardín y que posteriormente se desmanteló para reubicarse en Santa María la Ribera. Años más tarde, el Teatro de las Bellas Artes terminó por complementar la belleza y la gloria del conjunto urbano.

La Alameda Central que conocemos ahora es totalmente posmoderna.

Después de ocho meses de remodelación, el espacio público que es, funge como oasis de descanso para oficinistas cercanos, provenientes de las oficinas del Sistema de Administración Tributaria, de la Secretaría de Relaciones Exteriores, entre otros “santuarios godínez”.

Es también un corredor cultural donde se consigue el libro que necesitas dentro de los múltiples establecimientos que ahí se afincan. Ghandi, El Sótano, Porrúa, si no encuentras un libro en estas tiendas es probable que no lo encuentres en ninguna librería de la ciudad.

Los museos y los monumentos históricos enmarcan el parque; entre ellos, el Hemiciclo a Juárez es el más destacado, ya sea como antiguo mausoleo dedicado al benemérito de la patria, ya como punto de encuentro para el inicio de importantes marchas de protesta en años recientes.

Si quieres saber por dónde anda la vanguardia en instalaciones visuales y sonoras, puedes escaparte al Museo Arte Alameda, ubicado en la antigua pinacoteca virreinal.

Si quieres jugar ajedrez, tomar un curso de literatura, escuchar un concierto contracultural para “la banda”, te diriges al Centro Cultural Martí; si lo que deseas es generar memoria social, acudes al Museo de la Tolerancia.

Por otra parte, si te apetece pasar el rato disfrutando alguna exposición reconocida, de alta calidad o impacto, siempre quedará el Palacio de Bellas Artes, el binomio que conforman el Museo Franz Mayer y el Museo Nacional de la Estampa, el cercano Museo de Artes Populares, o el nuevo centro cultural del antiguo Hotel de Cortés.

Desde luego, visita obligada es el antiguo Palacio de Correos, hermoso edificio que data del año 1908, de estilo gótico renacentista italiano, que cuenta con un museo y una biblioteca postales.

Ahora que si lo que se quiere no es leer, sino beber una cerveza, bailar o degustar un buen rato, la Avenida Juárez brinda cantidad de opciones para ello. Existe la Cervecería de Barrio, la Alameda DF bar, el Bósforo (un sitio bien íntimo ubicado en la calle de Luis Moya, a una cuadra del parque), el neo noveau Barrio Alameda, entre otros tantos lugares de sabrosa perdición, ligue, amistad y/o encuentro.

Caminar por Avenida Juárez cuando comienza a caer la noche es perderse en los compases de un vaivén de ritmos, salsa, cumbia, rock; hay para todos los gustos.

Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I)

Los solitarios, los enamorados, los apacibles, se refugian en cambio en los patios de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a un costado del templo de Corpus Christi, o bien, se sientan a contemplar la fuente pletórica de prismas diseñada por el arquitecto Jorge Legorreta.

Antes o después de una cerveza, es posible que se apetezca un café. Las opciones son variadas: Starbucks, Punta de Cielo, el añejo Café de en medio, Barrio Alameda, el cercano Emir; en fin, hay aroma de café por los cuatro puntos cardinales.

Si botanear es el fin, la Plaza de la Solidaridad, erigida donde quedaron los restos del también caído Hotel Regis (tumba de políticos e influyentes de 1985) ofrece un ambiente de fiesta: cacahuates, papas, elotes, tacos; hay olores, sabores, calidez de comal para quien anda de paseo con el bolsillo estrecho. De vez en cuando se pone allí un colorido carrusel; a sus espaldas, den vuelta o no los caballitos, un grupo de personas se reúnen a jugar ajedrez en plena plaza.

Es el ejercicio de un sitio público en su máxima democracia.

Un nuevo sueño: la Alameda en el siglo XXI (Parte I)La Alameda es para todos, para las sirvientas que acostumbran enamorarse los domingos; para los hip-hoperos que realizan torneos callejeros donde se trata de ver quien improvisa mejor, conjuntando público transeúnte; el escenario de excelsas ferias de libro independiente muy visitadas por Paco Ignacio Taibo II, de conciertos al aire libre junto a Bellas Artes, pista de corredores y de caminantes solitarios; espacio de ligue hetero, homo y bisexual.

Alamedas hay muchas, aparecieron después una en el sur, otra en el norte, una en oriente; pero como la Central ninguna. En fin, que si lo que aquí ocurre volviera a pintarse, se retrataría con la diversidad y colorido de la primera vez. El sitio, desde 1592, es mágico. El “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” sigue despierto. (Continuará)

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Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).