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Última carta a mi amigo Antón Última carta a mi amigo Antón
Y es que un partido de futbol debería servir para algo. Aunque sea para nada, aunque sea para pasar el rato y beber unas... Última carta a mi amigo Antón

14 de julio

Querido Antón,

¿sabes que el plástico que cubre la punta de las agujetas se llama acetato?, ¿que los osos polares y Messi son zurdos? o, por ejemplo, ¿sabías que Bélgica quedó en Tercer lugar en el Mundial de Rusia 2018? Pareciera increíble que haya más datos inútiles como estos que sin querer se van impregnando en la memoria a lo largo de la vida y uno nunca alcanza a saber por qué. Cuál es la función biológica para preservar estos datos que de poco nos ayudarían a sobrevivir ya sea en sociedad o en un mundo silvestre. También me pregunto cuál es el sentido de levantarse a las nueve de la mañana un sábado para ver el partido por el tercer y cuarto lugar. Y sin embargo estas cosas suceden. Hoy por ejemplo mi abuela me pilló viendo en la televisión el partido de Bélgica-Inglaterra.

¿Y ese partido para que sirve, pregunta. Menuda reflexión, Antón.

Para nada, le dije, supongo que es sólo para irse aclimatando a la vida sin Mundial.

Y es que un partido de futbol debería servir para algo. Aunque sea para nada, aunque sea para pasar el rato y beber unas cervezas con los amigos en la cancha o frente a la pantalla. Malgastar las tardes, pues. Pero en el Mundial el penúltimo partido ni siquiera sirve para eso pues tienen que jugarlo con seriedad, como los atletas profesionales que son dirá alguno, pero sabiendo que no llegará a más. Que es la nada de la nada. Como cuando presentabas en la universidad exámenes que de antemano sabías que ibas a reprobar. Muchas veces incluso ni te levantabas de la cama para asistir. Pero a diferencia de los jugadores, tú no tenías a cientos de miles de personas esperando en el estadio un espectáculo medianamente entretenido. Claro, sin contar con los millones de espectadores televisivos a los que nos es negada esa fiesta.

Ese partido es la definición perfecta de respiración artificial. Es casi cruel. Urge aprobar la eutanasia a nivel FIFA: ¿te imaginas que, además de perder una semifinal, pierdes este partido? No me imagino lo horrible que ha de ser despertar una mañana y pensar que puedes ser campeón del mundo y a la mañana siguiente perder por segunda vez consecutiva y estar fuera del podio, en un cuarto lugar. Menuda pesadilla. Todos deberíamos tener derecho a una derrota digna. A fracasar en la semifinal y poder irte directamente a tu casa, con los tuyos, a llorar. Nada más.

15 de julio

Y vivieron felices para siempre ha de ser una de las frases más recurrentes., no sólo en la literatura y el cine, sino en la vida cotidiana Y sin embargo no hay nada más lejano de la realidad. Y más aún cuando hablamos del Mundial.

Sólo faltan 1589 días para el Mundial de Qatar 2022, le digo a un amigo.

Que triste que tu vida sea una cuenta regresiva, me dice con un dejo de superioridad moral y otro de auténtica compasión.

¿Pero que no toda vida es una constante cuenta regresiva? Un eterno esperar algo que nunca llega. ¿Esperar la hora de la comida, esperar a que llegue el viernes, esperar encontrarte con el amor de tu vida? Decía Macedonio Fernández, el ilustre maestro de Borges, que vivir no es sino distraerse de la muerte. Vivir, entonces, es también esperar con ilusión el siguiente Mundial. El mero bueno, ese en el que seremos campeones del mundo.

Mientras tanto podemos seguir imaginando, por ejemplo, cuánto pesa la Copa del Mundo. Porque sólo algunos pocos saben cuánto pesa la Copa del Mundo. Claro que hay presidentes, diplomáticos y gente celebre que la han cargado, pero en realidad pocos saben lo que de verdad pesa. Una de las muchas cosas con las que uno sueña, pero que no estás realmente seguro de querer saber. Cargarla frente al mundo entero no es algo fácil. Quizá sólo Atlas entienda de lo que hablo.

Mientras dejemos a los franceses disfrutar de su segunda Copa del Mundo. Una Copa que representa, como te dije la vez pasada, un cambio de paradigma. Se termina la época del futbol moderno y empieza el postfutbol. Los teóricos, críticos, analistas y poetas ya lo estudian. Se habla por ejemplo de la transición de una forma de pensar el futbol guardiolista a una simeonista. Un repliegue y una forma contenida en sí misma. Un futbol más intenso, de inspiración, de verticalidad, de frases concretadas en uno o dos toques en lugar de una forma despilfarrada de  de tiki-taka, de frases y jugadas construidas como hipérbaton gongorino. Podríamos decir, pues, que nuevamente, gracias a los franceses, dejamos el barroco para entrar a la ilustración.

A muchos no les gusta, a otros les parece que ya era hora de cambiar el paradigma. Que era tiempo de cortar cabezas. La eterna historia hegeliana del futbol. El futbol se trata de las formas, pero también de ganar. Y como arte, como parte de la vida, tiene cierta belleza que es indefinible. Tiene algo evasivo que siempre se nos va a escapar, que siempre cambia. Como esta correspondencia, querido Antón.

El Mundial terminó y con él la razón de mis cartas. Quisiera hallar otro pretexto para seguir escribiendote, y quizá lo haya, pero creo que es momento de poner punto final. No porque falte el cariño, sino porque, como decía Hemingway, siempre es mejor dejar algo por decir en el tintero para poder seguir escribiendo la mañana siguiente. En nuestro caso sería el siguiente Mundial. Espero te hayan llegado todas las cartas y espero recibir pronta respuesta tuya. Ha sido un placer escribirte. Un Mundial en general dura un mes, una amistad quién sabe. Espero que la nuestra resista estos cuatro años de espera. Mientras tanto, no cambies de apartado postal.

 

Tu amigo, Emmanuel Herrera.

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