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REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE) REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE)
4.5
El discurso de Trump y su agresiva política antiinmigrante, llevó a los trabajadores mexicanos a enviar más dinero de sus ganancias a México. REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE)

El miedo cuesta. Al menos, para los migrantes mexicanos en Estados Unidos el costo es alto. Desde el 2016, año en que Donald Trump hizo su aparición en el escenario político, el número de remesas hacia México aumentó. La explicación es sencilla: miedo. El discurso del presidente republicano –de innegables connotaciones racistas–, y su agresiva política antiinmigrante, llevó a los trabajadores mexicanos  en ese territorio a enviar más dinero de sus ganancias de vuelta a su gente.

Al país le conviene; las remesas aumentan la dinámica del consumo. Sin embargo, no deja de ser paradójico: una buena parte de México vive de los mexicanos que desecha

Así se despliega otra más de las distorsiones del sistema económico. Porque más allá de números y esquemas, detrás del frío registro de transacciones, hay familias partidas: padres que esperan a sus hijos, e hijos que no ven más a sus padres. Pequeñas tragedias invisibles que terminan por alimentar el ciclo del mercado.

Zacatelco, Tlaxcala.- ¿Qué podría decirse de Zacatelco?, ¿qué lo hace diferente?, ¿en dónde está su particularidad? Esta pequeña localidad urbana, que no hace mucho era completamente rural, se parece a otras muchas ciudades del interior. En el centro tiene una fuente que, por las noches, se ilumina de fosforescencias verdes y azules, mientras chisguetes de agua se alzan unos instantes para acabar regados por el piso. Podría decirse que ésta es una de sus más intensas atracciones.

REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE)

Si uno se coloca en el centro de la plaza, a un costado encontrará una iglesia del siglo XVIII, con las cúpulas restauradas y una fachada oscura, ennegrecida por la pátina del tiempo. En la esquina de la plaza se halla el “Palacio del Ayuntamiento”, aunque aquello de “Palacio” se trate, más bien, de una concesión a la terminología burocrática de la administración pública.

No es un “Palacio”, desde luego, es nada más que un edificio chato, con arcos en el primer piso, y un balcón del que emerge, todos los 15 de septiembre, el presidente municipal en turno. Todo aquello rodeado, eso sí, de comercios grandes y pequeños. Aquí hay una papelería, más allá una tienda de refacciones, en la otra esquina una farmacia, y detrás de la iglesia, una constructora.

Más allá del primer cuadro hay un antro legendario, ahora clausurado. En el pálido cartel que lo anuncia –aquí el sol es abrasivo– aún puede leerse “La Chorreada”. Hasta hace algunos años, la escalera de caracol, que llega a su puerta lucía repleta.

La concurrencia debía escalar aquella ascensión mortífera, con tres niveles de altura, para trasponer sus puertas. La fila podía llegar a la acera y dar vuelta en la esquina. Pero “La Chorreada” ya no existe; aunque muy popular, cierta moral hipocritona logró cerrarla para siempre.

Zacatelco es una paradoja. Se halla justo en el centro del mundo rural y urbano; o al menos, en el medio de la representación de ambos mundos.

Por un lado, las mañanas tienen el aspecto de febrilidad contenida que caracteriza a las ciudades: caminantes veloces, pequeños embotellamientos viales, ruido de cláxones y una delicada tienda de café para llevar; sin embargo, como telón de fondo, a las mañanas también las acompaña el inconfundible olor del rastrojo quemado –para preparar la tierra que será sembrada–, la fragancia del estiércol y el polvillo que, como una niebla discreta, impregna el ambiente y todo lo que toca. Aquí, en Zacatelco, todavía es posible mirar a un hombre a la zaga de decenas de borregos sucios para llevarlos a pastar.

Pero, insisto: ¿qué hace a un pueblo como éste, un lugar excepcional? Pues bien,  el mayor mérito de Zacatelco es compartir su realidad con la de otras miles de localidades en el país. Su centro es como el de otros miles más; los secretos dramas que modelan la vida íntima de sus habitantes, se parecen a los dramas de otros pueblos similares.

Pues bien, me detengo en una sola peculiaridad. Quizá una de las más evidentes: las familias de aquí, como las de otros lugares, viven partidas. Por la noche, en la mesa siempre hay un par de sillas vacías. Pertenecen a los hombres y mujeres que se fueron de aquí.

En Zacatelco apenas hay un puñado de familias ricas. Así parece, al menos, desde un superficial recorrido por sus calles. No son muchas las casas grandes y lujosas que se advierten a simple vista. Hay, en cambio, un gran número de construcciones en obra negra.

REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE)

Grandes casas, depauperadas por el abandono, que aún conservan cierta ostentación maltrecha. Estas edificaciones parecen trasplantadas de otras geografías. Son angulosas, de vidrios polarizados, y llenas de torres sin sentido práctico alguno. Según dicen, estas casas son construidas así, en función de un supuesto modelo estadounidense.

Pero no, la imitación es pobre. En todo caso, son una expresión más del intenso intercambio cultural que supone el fenómeno migratorio.

Las viviendas de Zacatelco aún conservan ciertos adorables rasgos, gestos que harían suponer un pasado apacible, propio de la típica provincia mexicana. Un buen número se mantiene con la puerta abierta.

En los patios de algunos hogares, un pequeño altar corona la estancia. Al menos, a uno de esos puedo acercarme. Es una casa modesta, de una planta. Ahí vive un viejo matrimonio.

REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE)

La mujer es delgada y pequeña; el hombre debe ayudarse a caminar con un bastón, una vetusta herida en el trabajo le atrofió las piernas. El hijo de ambos se fue, hace muchos años, a Estados Unidos; tras él, partió también el nieto. Sus fotos acumulan polvo en el altar, al lado de una veladora apagada. Son antiguas, descoloridas. Así los recuerdan. Piden por ellos.

LO QUE CUESTA EL MIEDO: LAS REMESAS

Doce millones de mexicanos viven alrededor del mundo. El 97% de todos ellos, cerca de 11 millones, residen en  Estados Unidos. Esos 12 millones representan el 9.9% de toda la población mexicana.

Esa es la dimensión del  complejo fenómeno migratorio para México, según me cuenta René Maldonado, coordinador del Programa de Remesas e Inclusión Financiera del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (CEMLA).

“Entre los latinoamericanos, los mexicanos representan, aproximadamente, el 34% del total de migrantes de la región, incluyendo el Caribe. O sea, una tercera parte de los migrantes de la región son connacionales.

“La mayor parte está en Estados Unidos; tanto así que para ese país, los migrantes de México representan el 53% de los migrantes de la región. Más de la mitad de los latinoamericanos o caribeños, que viven en Estados Unidos, son mexicanos”, detalla.

“Esto es importante –dice Maldonado– para saber nuestra importancia en Estados Unidos; y eso te explica porqué a cualquier latinoamericano le dicen mexicano”.

Si bien el número de nuestros migrantes en Estados Unidos es lo bastante grande como para reconocer su influencia económica, los últimos números del censo bastan para desmentir los insistentes señalamientos del presidente Trump sobre la migración mexicana

No hay nada como un flujo migratorio fuera de control.  Me explica Maldonado: “No se ha hablado mucho de esto, pero es relevante. Durante el 2017 la migración de mexicanos hacia Estados Unidos se mantuvo tal cual estuvo en el 2016. La variación es ínfima: 0.01%. O sea, no hay más migrantes mexicanos allí”. Este mismo comportamiento se extendió hacia los migrantes de la región.

Paradójicamente, a pesar de no haber aumentado la cantidad de migrantes, el número de remesas sí creció.

“En el 2017, la región recibió 77 mil 20  millones de dólares. Esto es un aumento del 9%, con respecto a lo que se recibió en el 2016. De esa cifra, el 37% llegó a México; es decir, 28 mil 771 millones (…)  Aquí, el crecimiento anual de las remesas fue del 6.6%, con respecto de lo que había recibido en el 2016”.

“El valor que las remesas alcanzaron en el 2017 fue el más grande, inclusive superó a todos aquellos que habíamos visto antes de la crisis financiera –la del 2008–“, comenta

La explicación para este inusual comportamiento, de acuerdo con Maldonado, tiene dos componentes: uno económico y otro social. Se ha registrado, del 2016 al 2017, un aumento del 3% de personas ocupadas por tiempo completo; “es decir, los mismos mexicanos que trabajaban por tiempo parcial allá, ahora lo hacen por tiempo completo.

Eso mejora sus ingresos (…), que es el punto por el cual las remesas han crecido. La remuneración media anual, promedio de todos estos ocupados, es de 33 mil 399 dólares al año. Eso es un incremento con respecto al 2016, del 2.5% (…) En total, los mexicanos allá producen 248 mil millones de dólares al año”.

REMESAS Y FAMILIAS. El miedo cuesta (I PARTE)

La otra explicación, la de índole social, tiene sus antecedentes en el miedo, apunta Maldonado. “La incertidumbre en la política migratoria hace que los migrantes también prevean que podrían tener problemas, entonces lo que hacen es mandar sus remesas por adelantado o intentar ahorrar allá y así enviarlas aquí (…)”.

“Normalmente, el mayor impulsor para las remesas es el ingreso en Estados Unidos; pero el segundo impulsor más importante, durante el 2017, fue el de la inseguridad, el de los migrantes que previniéndose, prefieren enviar sus recursos que mantenerlos allá”.

Lo dicho, el miedo cuesta. (CONTINUARÁ)

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Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.