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Prospectiva política: Dialéctica de la ruptura Prospectiva política: Dialéctica de la ruptura
4.5
El presidente de la República se coloca en la mejor posición para ser atacado por sus adversarios, que no son pocos. Les da pretextos... Prospectiva política: Dialéctica de la ruptura

El presidente de la República se coloca en la mejor posición para ser atacado por sus adversarios, que no son pocos. Les da pretextos para intensificar una guerra que inició desde hace muchos años, cuando era opositor, y que hoy continúa con él en Palacio Nacional. El affaire del memorándum en el que instruye a tres de sus secretarios a dejar sin efecto práctico la reforma educativa de 2012, lo muestra en su peor faceta: un político que no respeta la ley. ¿Por qué lo hace? ¿Solo para cumplir un controversial compromiso con la CNTE? Es evidente que no. Hay más de fondo en esta polémica acción presidencial. Y ese fondo no se entiende, si antes no se reconoce el terreno que se pisa: en primer lugar, una realidad en la que los factores reales de poder del antiguo régimen gozan de cabal salud. Es decir, la muerte del viejo orden solo cabe en el discurso; y, en segundo término, que la esencia del personaje que venció al sistema en las elecciones del 2018 no ha cambiado, es la misma del que ahora enfila a construir la más sólida alianza con los movimientos sociales y populares del país, en el entendido de que esta es la única manera que tiene de enfrentar con éxito a una oligarquía envalentonada que actúa con agenda propia y que hará todo por acotar su margen de maniobra. Entonces, lo del memorándum no fue un error, sino un mensaje a las élites: el presidente recorrerá el camino que sea necesario para darle vida a un movimiento de masas, similar o más fuerte aún, que el que le dio sustento al cardenismo de los años treinta del siglo pasado.

El presidente López Obrador sabe que no contó, que no cuenta y que no contará con el respaldo de las élites del sistema. Hay absoluta incompatibilidad de proyectos. Si AMLO pudiera avanzar en una reforma económica de mayor calado ya lo habría hecho, pero el Sistema-Mundo se lo impide. En esa materia, el avance será hasta donde lo permitan las circunstancias, porque el modelo está prendido de alfileres. La desesperación del presidente es simple de entender: su ambiciosa reforma social no tiene futuro sin cambiar el estatus de privilegio de una oligarquía que no solo no le apoya, sino que lo ve como enemigo. Es la que está detrás de la acción convergente de los grandes medios que explotan la misma narrativa: la de los absurdos y ocurrencias del presidente. Esos medios, cambiaron de patrón no de naturaleza.

En una dialéctica de exposición al riesgo –ya en Guanajuato el líder del cártel de Santa Rosa de Lima amenaza con dinamitar la casa de presidente en Tlalpan–, Andrés Manuel López Obrador camina en los linderos, en la línea que divide y que confronta; en la franja que hace la diferencia entre lo legal y lo político. AMLO sabe que su fuente más sólida de legitimidad es el factor social. Esto explica la reforma de revocación de mandato y la consulta popular que propuso. Nada hará que cambie su nexo con los ciudadanos de a pie. Él sabe que ahí está su apoyo estructural. Todo el diseño de su estrategia y de su gobierno está enfocado a fortalecer ese vínculo social.

Una transformación de este calado demanda un control perfecto de las variables internas y una condición de sólida concentración de poder. En esto, Andrés Manuel no se equivoca. Para que una reforma de gran calado pueda llevarse a cabo, lo primero es tener todo el poder y, lo segundo, es ampliar la comunidad política. Las presidencias débiles del periodo del interregno 2000-2018, prohijaron vacíos de poder que llenó el Congreso. Desde el Legislativo, las élites transversales fueron las que más se beneficiaron de esa condición de debilidad estructural –Manlio Fabio Beltrones, Elba Esther Gordillo, Emilio Gamboa Patrón, y un largo etcétera–, acumularon poder e influencia excesiva. Nada se movía en el Poder Ejecutivo sin el visto bueno de esos y otros personajes. Ahora, esas élites están agazapadas, actúan en las sombras, tienen su propia agenda. Las une un propósito común: hacer fracasar el experimento de alternancia fundacional de la izquierda en el poder.

Prospectiva política: Dialéctica de la ruptura

Este es el contexto de perfecta racionalidad política del presidente. No hay ocurrencias, no hay exabruptos, hay estrategia nítida en un proceso de cambio que está llamado a ser un parteaguas en la historia de México. Sobre la superficie está el memorándum que levanta controversia; en el fondo está la disputa por la nación entre dos proyectos: el del presidente, por un lado, y el de los magnates y las camarillas del viejo orden, por el otro. La reacción de las élites muestra de cuerpo entero a una oligarquía irascible, enojada por el fracaso de su chantaje económico y desesperada por la simbiosis perfecta que López Obrador alcanza con el grueso de la población. Lo llaman populista y hasta dictador. Pero su nivel de aprobación está cerca del 80 por ciento. El problema de las élites es que no saben cómo bajarlo del pedestal en el que se encuentra.

Hay riesgos en el estilo personal de gobernar, pero el hoy presidente de la República vivió con ellos durante su larga trayectoria de activista social y opositor. Ahora, el mayor desafío que enfrenta se deriva de la separación de la política y los negocios. Un divorcio necesario que hace reaccionar a los beneficiarios del capitalismo de cuates que México ha tenido durante las últimas cuatro décadas. Las élites están enojadas porque saben lo que viene: un nuevo reparto del juego político y económico nacional.

La viabilidad técnica del proyecto de Andrés Manuel López Obrador descansa en cerrar el ciclo de la fragmentación social. Si el neoliberalismo apostó por unidades cada vez más pequeñas y, en un escenario ideal, reducir todo al individuo, la apuesta del nuevo establecimiento es abandonar la lógica de lo parcial. Esto explica el interés del presidente de mantener vivo el movimiento que le dio vigor al hoy partido en el poder. Ahora, todo es colectivo.

La debacle del antiguo régimen se debió a la rápida y significativa pérdida de su cohesión. Hubo dramáticos retrocesos en todos los indicadores; se amplió la brecha social. Pero lo más pernicioso fue que los flujos centralizadores se perdieron: el gobierno dejó de gobernar, lo que se expresó en tasas exponencialmente más altas de corrupción y de violencia. Esto acompañó la degradación institucional: en la procuración y administración de justicia, en la educación, la alimentación, la salud y la seguridad social. Ninguna institución funcionó bien para el grueso de la población. Revertir ahora esa situación es un reto mayor; hacerlo en un plazo relativamente corto se antoja excepcionalmente difícil.

La quiebra institucional no afecta a los mecanismos de comunicación del antiguo orden. La manera en cómo enfrentan al presidente confirma que solo cambiaron de centro regulador. Del Estado se movieron hacia los magnates del dinero y hacia los jefes de camarilla política del antiguo régimen. Formaron un frente común para construir la narrativa del fracaso de la izquierda en el poder. Son la lente que agranda los errores de la administración. En un país sin mediciones confiables, estos medios cobraban por índice de audiencia y rating. Esas mediciones no resistían y no resisten un escrutinio serio. Frente a la drástica disminución de los contratos de publicidad con el gobierno, compensaron los flujos de salida con las entradas de los magnates y de los políticos desplazados. Fieles a su naturaleza, los grandes medios no se venden, se rentan. ¿De veras hace falta explicar su novedoso papel de críticos del gobierno?

Hace rato, estos medios alimentan lo previsible: la baja del PIB, pero no dicen que esto es consecuencia de la desaceleración global. La mayoría de los países –Alemania, Japón, China, Estados Unidos, Argentina, etcétera– experimentan una tendencia decreciente de su producto. México no es la excepción. El concierto mediático atribuye el origen de todos los males al gobierno de López Obrador. No hablan ni argumentan sobre los efectos que tiene la guerra comercial China-EE.UU en la falta de crecimiento. Lo más grave es que el Banco de México contribuye a esta narrativa.

Nunca como ahora la cuestión económica resultó tan letal para un gobierno. El problema está en que buena parte de su comportamiento depende de variables exógenas. Si en el pasado reciente la izquierda social tuvo una gran incapacidad para dar respuesta a los embates de la derecha que la comparó y la compara con el populismo más rancio de la historia, ahora asistimos a una falta absoluta de habilidad política por parte del gobierno para explicar las razones económicas de un fenómeno de desaceleración global. No es Andrés Manuel López Obrador la causa de que el PIB no crezca, quizá lo sean más Xi Jinping y Donald Trump.

El gasto de operación del gobierno de López Obrador disminuye como resultado de la política de radical austeridad impuesta; el presidente no contrata deuda para financiar su reforma social; tampoco eleva los impuestos a la riqueza. Esto quiere decir que, en materia económica, la actual administración asume una disciplina fiscal que no tuvieron los gobiernos del interregno –Fox, Calderón, Peña–. Esto se refleja en el tipo de cambio y en el control inflacionario. Pero AMLO no tiene ninguna narrativa para explicarlo. A la Cuarta Transformación le hace falta ingenio para darle forma a su relato económico.

La decadencia que hoy padecemos es producto de muchas décadas de deterioro. Reconstituir el tejido social llevará generaciones. Nadie sensato esperaría un cambio por decreto. Dadas las condiciones en las que se dio la alternancia fundacional de 2018, resulta un logro mayor que el país no se haya colapsado. En esto, contribuye la extrema cautela del presidente de no tocar un modelo que funciona a partir de los poderes extraterritoriales. Para nadie es un secreto que el gran capital trasnacional, si quiere, puede tirar casi cualquier economía. Los cambios suaves en el modelo se deben a esta peculiar naturaleza; sin embargo, también es cierto que “Los sistemas se mantienen a menudo más tiempo de lo que se cree, pero acaban por desmoronarse mucho más de prisa de los que se imagina”. (Taibo, 2016: 29).

En todo caso, debe tenerse presente que el tipo de transformación al que asistimos no responde a una naturaleza lineal o de corto plazo. Su origen es multifactorial y estructural. Por esto, no hay regreso posible. Intentarlo sería una apuesta a la desintegración: “…parte de la premisa (es) que la ruptura de algunos equilibrios invisibles y una sucesión de pequeñas perturbaciones (pueden) provocar cambios considerables difíciles de prever… las relaciones de causalidad no son lineales… la consecuencia mayor es que se hace difícil imaginar una contracción progresiva, controlada y tranquila del sistema…”. (Taibo, 2016:30).

El presidente mexicano conoce el terreno minado que pisa y obra en consecuencia. Es la punta de lanza de un movimiento de masas sin el cual la Cuarta Transformación no tiene factibilidad técnica ni política. La polémica alrededor del memorándum del primer mandatario lo deja claro: no habrá ruptura en lo social, pero sí con las élites del sistema. En puerta, se abre el experimento político más ambicioso desde el cardenismo, que hoy como ayer, se encamina a recuperar la riqueza energética del país, justo cuando el mundo vive ya la Era del petróleo escaso. Es una apuesta absolutamente racional del presidente.

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Gerardo Nieto

Gerardo Nieto

Doctor en Economía con mención honorífica por el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM; profesor en la División de Estudios Profesionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales; articulista en revistas especializadas y diarios de circulación nacional; autor de varios libros sobre política, educación y economía; conferencista en foros nacionales e internacionales.