Masiosare, el extraño enemigo. México en los Mundiales Masiosare, el extraño enemigo. México en los Mundiales
México es un país pacífico, al menos fuera de sus fronteras. La única incursión hostil contra otro país fue ordenada por Pancho Villa. Al... Masiosare, el extraño enemigo. México en los Mundiales

México es un país pacífico, al menos fuera de sus fronteras. La única incursión hostil contra otro país fue ordenada por Pancho Villa. Al episodio se le conoció como la “Batalla de Columbus”, un pueblo de Nuevo México, entonces olvidado por la mano de Dios. En el enfrentamiento participaron menos de 600 soldados villistas, que combatieron a cerca de 300 estadounidenses; de todo ello resultaron muertos aproximadamente 70 efectivos mexicanos, y menos de 100 norteamericanos –entre civiles y militares–. Aunque el episodio tuvo graves consecuencias para el gobierno mexicano, se trató, en realidad, de una escaramuza menor. Y nada más.

La disposición guerrera mexicana, tópico habitual de nuestra configuración identitaria, es una ficción. O, mejor dicho, tiene algunos matices. Puede decirse que, como nación, la mexicana ha sido particularmente pacífica cuando de atacar pueblos extranjeros se trata – aunque algunos vergonzosos episodios, fronteras adentro, lo desmientan–. Otra es la historia en aquellas ocasiones en que el extraño enemigo ha traspuesto los lindes del país para imponer su voluntad a sangre y fuego.

Aquellos episodios en que cierta porción de la sociedad ha volcado sus ánimos contra el invasor, dotaron al imaginario popular de sendos argumentos para alimentar su pasión bélica. Pero los mitos, finalmente, se desgastan, pierden vigencia y poder evocador. La urgencia por hallar nuevos sucesos referenciales no sólo es deseable, sino hasta necesaria. Sobre esos mitos, finalmente, descansan los cimientos que columbran a una sociedad entera.

Masiosare, el extraño enemigo. México en los Mundiales

Sin embargo, quizá el sello de estos tiempos sea su negación al heroísmo o, al menos, al tipo de heroísmo que prohíja mitos. Así pues, estabilizadas las fronteras e improbable cualquier  amago de conquista futura, la búsqueda por nuevos mitos derivó, necesariamente, en sucedáneos de diversa catadura. Como, por ejemplo, el fútbol.

¿Qué se juega cuando se juega?

Sin bayonetas a la vista, ni botas militares que resuenen en el empedrado de las calles, el escenario del nacionalismo alebrestado se trasladó a los campos de fútbol. Las actuaciones de la Selección Nacional, de ser un casto divertimiento, trasmutaron en una representación identitaria de alcances militaristas. Sin ejército en guerra al que apoyar, la sociedad se volcó a la zaga de los 11 representantes del  –así le llaman los entendidos– “balompié mexicano”.

Sólo así podrían entenderse las dramáticas participaciones de la afición mexicana en la historia de los Mundiales. En efecto, existe un amplio reservorio de historias, medianamente precisa, que versan sobre la inaudita generosidad –o irresponsabilidad– de algunos aficionados que abandonaron su trabajo y familia para apoyar a su equipo. Se sabe, por ejemplo, de algunas personas que, tras concluir la participación de México en el Mundial, tuvieron que incorporarse a las filas laborales del país anfitrión, pues el boleto de regreso no fue contemplado en sus presupuestos.  En ellos, quizá, se encuentra la vena perdida de la heroicidad sufriente.

Dolorosamente, la generosidad de la afición mexicana no ha sido correspondida con justeza. El desempeño de la Selección Nacional suele ser, por decir lo menos, insuficiente. Con ello, su valor representativo adquiere un escalofriante estatuto de realidad, pues la polarizada disyuntiva mexicana se materializa en el desempeño mismo de su equipo nacional. Es decir, la mixtura agridulce que acompaña, casi permanentemente, al ciudadano promedio –el orgullo de su mexicanidad, enfrentada a la decepción constante de su realidad–, está correspondida con nitidez en su Selección Nacional.

Masiosare, el extraño enemigo. México en los Mundiales

México en los Mundiales, o la historia circular.

México es un participante recurrente en los Mundiales de fútbol; aunque en algunos de ellos no haya figurado: Italia 1934, Francia 1938, Alemania 1974, España 1982 e Italia 1990. Su desempeño ha sido, hasta el momento, consistente. Nunca ha pasado de los cuartos de final; fase, por cierto, que sólo alcanzó en dos ocasiones, aquellas, precisamente, en las que México fue sede del campeonato –1970 y 1986–. En total, la Selección participó, hasta ahora, en 16 Mundiales. Tres menos que Alemania y cinco menos que Brasil, las dos selecciones que mejores papeles han desempeñado.

De acuerdo con los resultados obtenidos, México ocupa el lugar 13 –¡qué mala suerte!– en el ranking histórico de los Mundiales. No es un mal lugar, si se considera que la tabla de posiciones llega hasta la casilla 75 –ocupada, por cierto, por El Salvador–. En realidad, no es un lugar ni bueno, ni malo: es un lugar mediocre.

Pero no todo es grisura. México lleva en la casaca un puñado de orgullosas distinciones. O más o menos. La Selección Nacional es el equipo con más derrotas en la historia de los Mundiales –ha perdido 25 de 53 partidos jugados–; pero también tuvo el privilegio de jugar el primer partido en la historia de los Mundiales. En dicho encuentro, celebrado el 13 de julio de 1930 en Montevideo, Uruguay,  se enfrentó a Francia. Y también perdió.

Sin embargo, las distinciones no terminan ahí. La Selección de entonces no sólo tuvo el alto privilegio de perder por primera vez en la historia de los Mundiales. También cobró, exitosamente, el primer penal, en esa ocasión contra Argentina. La audacia corrió a cuenta de Manuel Rosas Sánchez, mejor conocido como “El Chaquetas”.

La trascendencia histórica de “El Chaquetas” es más amplia de lo que su revelador apodo haría suponer. No sólo fue el primer mexicano en acertar un penal, también fue el primero en infligirle un autogol a su equipo. También se le considera como el jugador más joven –tenía 22 años– en anotar un gol en la historia de los Mundiales. Aunque luego sería superado por Pelé, “El Chaquetas” sigue siendo el segundo jugador más joven en anotar un tanto.

La lejana historia de Sánchez Rosas quizá encubra la ambivalente participación mexicana en los Mundiales. El maldito hado de la mediocridad parece condensarse en el paradójico relato de “El Chaquetas”. Tan decididamente bueno como para cobrar con éxito el primer penal, y ser considerado como el anotador más joven en la historia, y tan rotundamente malo como para anotar el primer autogol. Con “El Chaquetas” debió inaugurarse aquella máxima rectora del comportamiento futbolístico de la Selección: “Jugó como nunca, y perdió como siempre”. La historia es circular.

Masiosare, el extraño enemigo. México en los Mundiales

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.