Los últimos días de Ramón Pagano, primer sentenciado a muerte en cien años Los últimos días de Ramón Pagano, primer sentenciado a muerte en cien años
Orgulloso de ser el único en el país que sabe la fecha y la hora exacta de su muerte, Ramón Pagano, el primer sentenciado... Los últimos días de Ramón Pagano, primer sentenciado a muerte en cien años

Orgulloso de ser el único en el país que sabe la fecha y la hora exacta de su muerte, Ramón Pagano, el primer sentenciado a la pena capital, comparte desde su celda sus últimos cincuenta días, resulta ser la trama de la novela de Alejandro Hernández Palafox, bajo el sello Literatura Random House, que presenta el Grupo Editorial Penguin Random House en México.

Con la difusa precisión de las pesadillas y con un sentido del humor contenido y afilado, Alejandro Hernández Palafox, en Los últimos días de Ramón Pagano, nos recuerda en esta novela que toda vida es una cuenta regresiva, aunque la mayoría no tengamos el pesar o el privilegio de saber en qué número estamos parados

Primer sentenciado a muerte en más de cien años, Ramón Pagano comparte desde su celda sus últimos cincuenta días. Celebra las visitas de su mamá y de Renata, su prometida, y se pregunta por qué su condena las mortifica tanto. Ningún otro familiar va a verlo.

Los últimos días de Ramón Pagano, primer sentenciado a muerte en cien añosPero Pagano pasa sus días atendiendo una agenda complicada: recibe al juez que lo condenó, quien se disculpa y pide que le ceda los derechos de transmisión de su ejecución; revisa con un sastre los detalles de su vestuario final; trabaja en la manufactura de discursos del presidente, y dialoga con el secretario de Comunicaciones y Transportes, quien le propone una misión por encargo presidencial: reportar, una vez que esté en el más allá, la existencia o la inexistencia de Dios. Las visitas a la cárcel o al palacio (de ambas formas llama Pagano a su morada) se multiplican, pues el sentenciado, en su calidad de asesor del presidente, aconseja a secretarios de Estado, al Gabinete de Seguridad Nacional y a diversas cofradías y organizaciones civiles.

Mientras atiende esta demandante agenda, Ramón Pagano va desmontando la historia que lo llevó a ser condenado a muerte, desde sus primeras fechorías hasta su incorporación a un poderoso cártel delincuencial del que llega a ser operador financiero, gracias a su descomunal memoria y a su insólita habilidad digital para lavar dinero en todo el mundo. Enamorado de una enigmática mujer que el jefe del cártel ha llevado para forzarla a ser su compañera, Ramón dispara (¿o es ella quien lo hace?) y mata al capo.

Intereses políticos se apresuran a saldar el agravio y hacen que se le detenga para que pague con su vida. Ramón Pagano vive sus últimos días bien atendido, pues el capo adversario de su jefe, agradecido, ha ordenado que se le trate bien. Al fin concluye la cuenta regresiva, llega al día cero y el sentenciado se dispone a morir, con cierta ilusión de saber si Dios existe. Antes, se da tiempo de redactar el discurso con el que el presidente anunciará el comienzo de una nueva etapa en el país en materia de justicia.

FRAGMENTO:

“A las ocho en punto vinieron a despertarme. Ah, oh, eh, qué atentos. Me han traído al capellán de la cárcel. Tiene el cabello blanco y los ojos claros, transparente la piel, largo el mentón. Es un buen hombre y lo parece. Me ve con ojos curiosos y discretos. Los hombres buenos ven así a los que están cerca de la muerte. Así deberíamos vernos los unos a los otros, puesto que nadie sabe en qué momento el otro, ese ejemplo de vitalidad, estará muerto. ¿Cadáver yo? ¡Cadáveres todos!

El sacerdote me dijo que me traía la Palabra de Dios. Bien está eso, pensé. Con la palabra hizo Dios el mundo, separó las tinieblas de la luz, el agua de la tierra, y, cuando ya no tuvo nada qué crear, inventó al hombre. Y el hombre de barro, y sin embargo con costillas, intuyó que debía poner la expresión exacta, el semblante preciso, para que el creador le entregara una compañera. Si no, qué caso tiene, habrá pensado. Y Dios hizo a la mujer. Todo con la palabra. Así es que me ha traído la palabra de Dios, dije, ése es un regalo inmerecido.

El clérigo me preguntó si podía sentarse y yo le hice lugar a un lado mío, en mi cama de concreto, ya se sabe. No tengo otro lugar para recibir visitas en mis habitaciones. Entonces el sacerdote abrió su Biblia y leyó sin leer, puesto que se notaba que se sabía aquello de memoria: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Mi visitante se quedó callado un instante. Tenía la apariencia satisfecha de quien está seguro de haber puesto ungüento sanador en heridas ajenas. Me parece muy bien, dije, aunque no sé para qué querría yo una vida eterna. La vida eterna, me dijo, es el retorno a Dios, el cobijo de su misericordia, el regreso a la feliz morada de la que salimos para venir a la Tierra. Aquello daba ocasión para muchos desplantes e ironías, pero estaba yo de buenas y puse cara de que eso era un gran consuelo.

Para morir hemos nacido, dijo el sacerdote, ya confiado. Yo estaba dispuesto a darle la razón en todo. Padrecitos y pastores, obispos y líderes de todas las iglesias hablan de la eternidad como si les constara que existe y de Dios como si fuera su amigo. Debe de ser agradable vivir así, hablando de lo que no se conoce y además prometiéndoselo a quien se deje.

Los últimos días de Ramón Pagano, primer sentenciado a muerte en cien añosPensé entonces que aquella conversación necesitaba algo de drama. Padre, le dije con la voz entrecortada, voy a morir. La muerte es en realidad una resurrección, contestó. ¿Resucitaré, padre? Gracias a Jesús todos resucitaremos. ¿También el verdugo que me ejecutará? También, dijo. Y los jueces y ministros que confirmaron mi sentencia. También. ¿Y yo, que asesiné? ¿Quieres confesarte? No, padre, no se encaje. Endurecí la expresión para contenerlo. No quería que insistiera porque yo iba a seguir diciendo que no y los dos nos íbamos a aburrir muchísimo.”

Alejandro Hernández nació en Saltillo, Coahuila, en 1958. Durante más de veinte años impartió clases en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, de la que fue director. Ha publicado las novelas Nos imputaron la muerte del perro de enfrente (1988, 2014); Daniel Jolugo (1988; en colaboración con José Luis Gómez), Para cuando llegue el día (2002) y Amarás a Dios sobre todas las cosas (2013). Ha obtenido las siguientes distinciones: Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 1998, Premio Literario Vid 2001, y Premio Castillo de la Lectura 2003. Durante cinco años recorrió las rutas migratorias en México, Centroamérica y Estados Unidos, dialogó con cientos de centroamericanos y mexicanos indocumentados y formó parte del equipo que investigó y redactó el primer informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos sobre secuestros de migrantes.

Redacción Horizontum

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