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Los hikikomori no comen tacos Los hikikomori no comen tacos
En Japón se creó el término hikikomori, que describe a quienes de forma voluntaria deciden apartarse del contacto social y se aíslan en sus... Los hikikomori no comen tacos

En Japón se creó el término hikikomori, que describe a quienes de forma voluntaria deciden apartarse del contacto social y se aíslan en sus casas. La primera vez que lo escuché fue en la película Tokyo! Una compilación de tres cortometrajes dirigidos por Michel Gondry, Leos Carax y Bong Jon-hoo. En el último, titulado Shaking Tokyo, el protagonista es un hombre que se ha recluido en su hogar por una década. Su único contacto humano es cuando paga la cuenta a quienes le llevan pedidos hasta su puerta.

Es caprichoso, aunque entendible, que las personas deseen alejarnos de todo. Este síntoma es representativo de toda la especie y nos arrastra a buscar nuevas formas de relacionarnos sin tener que recurrir al cara a cara. Un buen ejemplo son las aplicaciones para teléfonos móviles, hace unos años descargué una que, afortunadamente, nunca llegó a poner de moda. Se llama Happn y su premisa es formidable: cada vez que en la vida real llegas a cruzarte con otro que también tiene instalada en su dispositivo la aplicación, Happn te envía la información que esa persona ha decidido colocar en su perfil (nombre, fotografías, una descripción, amigos en común de Facebook…) y la ubicación exacta de dónde se vieron, además ofrece la posibilidad de decir si te gusta o no el otro, si ambos usuarios coinciden, entonces pueden comenzar una conversación.

Pese a que me pareció sumamente ingenioso, no pude evitar sentirme un poco molesto. Una idea como Happn es la extinción de los amores fugaces, platónicos y perfectos que duran lo que un breve intercambio de miradas. O peor, el fin de los actos de fe y locura para intentar reencontrar a esos fantasmas que ocasionalmente se aparecen en las paradas de autobús, un centro comercial o una librería.

Después de descargar Happn, una noche cené solo en una taquería. El taquero me pidió mover mi automóvil, ya que el vecino necesitaba descargar material de construcción en el sitio donde estacioné. Fue un buen pretexto para dejar enfriar mi comida. Al volver, me impactó la nueva presencia que: cabello castaño (casi rubio), tez blanca y facciones un poco descompuestas pero armónicas. No superaba los 25 años. Tanto observarla le contagió mi curiosidad y mutismo.

Pensaba en qué hacer para saber más sobre ella. Pude invitarla a sentarse conmigo, pero su pedido era para llevar. Seguro tenía ocupaciones en casa.  Recordé que semanas antes, el taquero bigotón me contó que en una ocasión uno de mis amigos, quien había discutido con su novia, dejó un taco de pastor pagado para cuando ella fuera (no tardaría mucho en ocurrir pues le gustaba comer en ese lugar después de una fiesta de sábado). Un taco de la paz. Se reconciliaron antes de que esto ocurriera y él cobró esa recompensa para sí mismo.

La velocidad del servicio provocó que la desconocida desapareciera antes de tener un mejor plan. Supuse que copiar el de mi amigo sería buena idea, ya que ella había llegado a pie, lo que indicaba que seguramente vivía cerca y asistía con frecuencia a ese lugar.

Al pagar, coloqué dinero extra. Algo me detuvo de explicarle a los dueños del local lo que pretendía, tampoco tenía ganas de caminar calles abajo en una búsqueda que tal vez habría dado resultado. Decidí que mi dinero se convertiría en una buena propina y no en una apuesta romántica.

Aunque fui un cobarde para hacer cualquier cosa, cuando volví a mi vehículo tomé mi teléfono solo para corroborar que ella no conocía Happn.

Pocas veces tengo miedo al ridículo, así que me cuesta explicarme por qué no actué diferente. Ahora que lo pienso, siempre que alguien está a punto de tocarme, mi lenguaje corporal lo frena en el último instante, no lo hago voluntariamente, incluso quisiera evitar que eso ocurra. Luego recuerdo cuánto me molesta el sol y lo mucho que me agrada estar solo en casa y me pregunto: ¿Seré un hikikomori en potencia? Espero que no. Para combatirlo, tal vez convenga borrar cualquier aplicación de citas de mi celular y siempre llevar dinero adicional por si tengo vuelvo a tener la oportunidad de dejar un taco pagado.

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Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores es un periodistas mexicano, entusiasta de la comida callejera, fanático del rocanrol, los perros, la literatura de la onda, Donnie Darko, las Chivas y el Athletic de Bilbao. Actualmente reside en San Luis Potosí y es subdirector editorial del periódico La Orquesta.mx. luismorenoflores@gmail.com /@LuisMorenoF_