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La muerte del Ruiseñor La muerte del Ruiseñor
En La muerte del Ruiseñor, Carlos Martín Briceño se convierte en personaje de su propia novela para revelarnos que, a veces, la mejor manera... La muerte del Ruiseñor

En La muerte del Ruiseñor, Carlos Martín Briceño se convierte en personaje de su propia novela para revelarnos que, a veces, la mejor manera de hablar de uno mismo es contando la historia de los seres y las cosas que amamos.

La muerte del RuiseñorCiudad de México, 5 de abril de 1932, en el piso de una cantina el cuerpo de Guty Cárdenas, «el Ruiseñor yucateco», se desangra de cuatro balazos. “¿Así es como termina todo?, ¿esto es morir?”, se pregunta al tiempo que cierra los ojos y su vida se le viene de golpe, tan vertiginosa como el éxito y la fama que le dieron sus canciones.

Y mientras Guty agoniza en el Salón Bach, en la actualidad, un escritor relata la historia de la novela que está haciendo sobre el legendario trovador, y recuerda con nostalgia a su padre, lleno de vida, tarareando Rayito de sol.

FRAGMENTO

La muerte del RuiseñorNació a principios del siglo XX, el 12 de diciembre de 1905, en el seno de una familia de clase media alta en la ciudad de Mérida, la de Yucatán. Se llamaba Augusto, Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo. Su niñez transcurrió en una casona del barrio de Santa Lucía, convertida hoy en Biblioteca de la Ciudad, entre los arrumacos de una madre consentidora de estricta disciplina moral, que le mantuvo el cabello sin cortar hasta los cuatro años, y un padre adicto a los juegos de azar, amante del deporte, de la música y las mujeres. Murió a los veintiséis años con cuatro meses de edad, un poco más y alcanza los veintisiete —como Jimmy Hendricks, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain, miembros del Forever 27 Club—, de una manera verdaderamente estúpida: durante una riña cantinera cuyo motivo, a casi cien años del suceso, sigue sin estar esclarecido del todo. Lo supe cuando mi editor y amigo, Marcial Fernández, me invitó a participar en una antología de cuentos cuya unidad temática giraba alrededor del Centro Histórico de la ciudad de México. Acepté, aun sin saber de qué iría mi historia, pues ningún escritor de provincia se puede dar el lujo de rechazar este tipo de invitaciones. Entonces, mientras le daba vueltas al asunto, recordé que Guty Cárdenas, el héroe de la melcochosa trova de mi tierra, había sido asesinado en los años treinta en el Salón Bach, un bar de postín ubicado en el número 32 de la calle de Madero en la capital mexicana. Bastaría con narrar, pensé, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, mi favorita entre las novelas de Gabriel García Márquez, las últimas horas de vida del compositor: desde el momento en que entra a la cantina, vestido con su traje oscuro, el chaleco de lana, la camisa sin mácula y la corbata gris con el fistol de plata al centro —tal como aparece en algunas de sus célebres fotografías—, hasta el instante en que una bala le atraviesa el pulmón, lo derriba y le provoca la muerte en aquel bar de la calle Madero 32. Y así fue como lo hice.

Carlos Martín Briceño (Mérida, 1966) es uno de los cuentistas más prestigiados de México. En 2003 ganó el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo, en 2008 obtuvo mención honorífica en el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí, y en 2012 fue distinguido con el Premio Internacional de Cuento Max Aub, convocado en España. Autor de los libros de relatos Los mártires del Freeway y otras historias (2006), Caída libre (2010) y Montezuma’s Revenge y otros deleites (2014), entre otros títulos que han figurado en las listas de las mejores obras publicadas en su año. En La muerte del Ruiseñor, su primera novela, se oponen y complementan las historias del exitoso cantante y la del escritor que se sirve del personaje para entenderse a sí mismo.

 

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Redacción Horizontum

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