Un nuevo sueño: la Alameda Central en el siglo XXI  (II Parte) Un nuevo sueño: la Alameda Central en el siglo XXI  (II Parte)
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Es media tarde. Se avecina la lluvia. Decido tomar un descanso en medio del ajetreo y el bullicio de la vida cotidiana. Estoy en... Un nuevo sueño: la Alameda Central en el siglo XXI  (II Parte)

Es media tarde. Se avecina la lluvia. Decido tomar un descanso en medio del ajetreo y el bullicio de la vida cotidiana. Estoy en la Alameda, en el mismo Centro Histórico de la CDMX, en el corazón de esta urbe que conocemos con nombres diversos: “ciudad de los palacios”, la antigua “capirucha”, la “bella temblorosa” (como la ha bautizado el columnista y amigo Roberto Cárdenas).

Un nuevo sueño: la Alameda Central en el siglo XXI  (II Parte)Entro, como no queriendo, al Museo Arte Alameda. Me distraigo con la exposición en turno. Las sorpresas en este sitio son gratas, las instalaciones artísticas invitan a la reflexión.

Un triángulo pintado en el piso afirma: tienes dos opciones, estás o no estás dentro del triángulo; yo pienso en una tercera, coloco un pie dentro, uno fuera, me siento sobre la línea del triángulo y desafío la tesis del artista. Es mi chiste privado.

Continúo el recorrido: un video exhibe los besos más famosos del cine mundial, una y otra vez; un segundo video muestra escenas de vuelo en avión, el encanto de las nubes; un tercero, los asesinatos sangrientos más célebres de la cinematografía hollywoodense.

Imaginó la cantidad de meses, quizás años, que le llevó al artista recopilar tan extenso material. Más adelante me encuentro con una instalación sonora que reproduce la noche, sus sonidos, los cantos de los grillos; la sensación de paz es indescriptible.

Estoy tan a gusto recostado en el reposet que forma parte de la instalación, que casi brinco cuando recuerdo que pronto va a llover. Salgo a la calle. Dejo el museo.

Le digo hasta luego al edificio pintando de amarillo canario intenso (edificio que alguna vez alojó las obras de la Pinacoteca virreinal). Cómo cambian los tiempos, reflexiono superficialmente.

Tomo asiento en la mesa de un café modesto, pero confortable, en la calle de Doctor Mora. Comienzan las primeras gotas de lluvia. Son discretas.

Frente a mí, en el corredor de la nueva intervención urbana, grupos de chicos ensayan sus acrobacias en patineta. Me maravilla su pericia, son maestros en el oficio del skateboard. Nunca aprendí a dominar la patineta.

Se suelta el aguacero. Se desploma el cielo. La gente corre a buscar refugio de la tormenta. Aquí cobra sentido la expresión “qué bonito es ver llover, y no mojarse”. Bebiendo un capuchino caliente me da por pensar en la cantidad de hechos, históricos o cotidianos, que posee el lugar.

Desde mi silla puedo ver la fachada del Hotel Cortés, ubicado en la Avenida Hidalgo. Pocos conocen el dato que cuenta que en ese edificio, cuando aún era una modesta vecindad, nació el pachuco de oro del cine nacional, Germán Valdés, Tin Tan.

Un nuevo sueño: la Alameda Central en el siglo XXI  (II Parte)

El agua se apacigua. Tláloc se torna misericordioso. Mi mente viaja hasta la época de Salvador Novo. Imagino al famoso cronista dando vueltas por el jardín, en busca de romance o de una presa.

Se cuenta que Novo arribaba en taxi, por la noche, para ligar jovencitos entre la complicidad de los árboles y los monumentos.  

Hoy en día, por fortuna, la diversidad sexual puede manifestarse con mayor confianza, hay menos necesidad de esconder lo que no necesita esconderse.

En aquella ciudad, la ciudad de Novo, al que enemigos y amigos llamaban con sorna y cierta ternura “Nalgador Sobo” (según palabras de Carlos Monsivais), la Alameda era vital.

San Juan de Letrán era la calle comercial más concurrida; parejas y familias mataban el tiempo en bancas y jardines, en espera de una función de cine. Los cines, en este perímetro urbano, abundaban: podías acudir al cine Latino, ubicado en Reforma; o al Metropolitan, hoy convertido en sala de conciertos; se hallaba el Alameda, precisamente; y el cine Prado, ubicado dentro del hotel que se derrumbó en 1985; también podías frecuentar el ignorado Cine Princesa.

Asistir al cine era un ritual. Uno se vestía con las mejores galas, saboreaba el preámbulo, se dirigía a comer o a cenar antes o después de la función. Incluso los cines populares contaban con salones de baile.

Es decir, te internabas a la sala para disfrutar una película de Clark Gable, de Ingrid Bergman, Betty Davis, Marilyn Monroe, Marlon Brando, Pedro Infante (el Brando mexicano), la “doña” María Félix o Cantinflas. Y si te aburrías, siempre quedaba la opción del “bailongo”.

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Abundando en las memorias acerca de la Alameda Central tuve una conversación, hace poco, con una escritora que me explicó la relación de Avenida Juárez con el nombre de una librería famosa.

La anécdota es la siguiente: la librería El sótano, la original, se hallaba sobre Avenida Juárez. Los libros se exhibían justo bajo el nivel del suelo; esto es, para ver y comprar ejemplares debías descender, en verdad, a un sótano, de ahí el nombre del lugar.

A esta librería se la tragó el terremoto de 1985. Después de la violenta sacudida de las 7:19 am, el edificio se derrumbó casi en su totalidad. Ahora, El sótano es una cadena reconocida por cada rumbo de la urbe.

Pienso en las trampas del tiempo, lo efímero del momento. Como bien lo hace notar nuestro querido poeta Nezahulacóyotl, es necesario despertar del sueño del que nunca despertaremos.

Cito: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la Tierra? No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí. Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la Tierra.

Lo que hoy es fundamental para la Ciudad de México, mañana se lo traga el olvido.

Un nuevo sueño: la Alameda Central en el siglo XXI  (II Parte)Lo que se traga el tiempo resucita de forma inesperada, con mayor presencia. La “bella temblorosa” muta, arde y renace de las cenizas. Anochece. La lluvia cesa. El capuchino se ha terminado. Compro un cigarro al vendedor callejero, ése que lleva repleto su cajoncito de madera de chicles, botanas, dulces y cajetillas.

Enciendo el cigarrillo, aspiro, exhalo, observo. El humo se disuelve bajo la luz de los “dramáticos faroles”, como acostumbraba llamarlos Ramón López Velarde. Contemplo los edificios a lo lejos, la Torre latinoamericana, el Hotel Hilton; cerca, observo a la gente que pasa, tranquila, como si de verdad supiera a dónde se dirige en la vida.

Guardo silencio. Contemplo. Me fundo en el instante, me desvanezco. Soy sustancia de esta entrañable ciudad. (Final)

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).