Juan Rulfo: el maestro, el amigo y el mentiroso Juan Rulfo: el maestro, el amigo y el mentiroso
Antonio Alatorre conoció a Juan Rulfo a mediados de 1944, en Guadalajara. El encargado de presentarlos fue otro escritor jalisciense: Juan José Arreola. Un... Juan Rulfo: el maestro, el amigo y el mentiroso

Antonio Alatorre conoció a Juan Rulfo a mediados de 1944, en Guadalajara. El encargado de presentarlos fue otro escritor jalisciense: Juan José Arreola. Un año después, embelesados por su talento narrativo, Arreola y Alatorre decidieron publicar los dos primeros cuentos de su nuevo amigo en Pan, una revista que ellos mismos editaban: “Nos han dado la tierra” y “Macario”.

Meses después, cuando Alatorre decidió mudarse a la capital ─buscando aliviar los problemas económicos que lo tenían tomado por el cuello─ su trato con el autor de Pedro Páramo fue cada vez más eventual.

Juan Rulfo era un tipo irritable, ensimismado y, en consonancia con eso, jamás se permitió ceder a las confidencias con el ilustre filólogo mexicano

Durante la reservada amistad que llevaron, Rulfo nunca le platicó nada sobre su familia ni le contó ninguna anécdota sobre su infancia. Tampoco le habló sobre su adolescencia. Era un sujeto sombrío y parco de palabras.

Pero Alatorre, curioso e infatigable investigador de biografías y vidas literarias, no estaba dispuesto a tragarse las mohínas y prolongadas omisiones de su camarada y, semanas después de su muerte, emprendió un exhaustivo estudio biográfico sobre la vida y obra de su amigo.

Las pesquisas que realizó lo llevaron a decir que Rulfo había nacido en la hacienda de Apulco, en el municipio de San Gabriel, ubicado en el sur de Jalisco

Aseguró que los padres del futuro autor de El llano en llamas planeaban bautizarlo ahí mismo, en la iglesia de aquella localidad. No obstante, “la bola” ─un grupo de forajidos, encabezados por un ladrón llamado Pedro Zamora, que asolaban la región robando, secuestrando, violando mujeres y achicharrando casas─ propició que la familia, en busca de refugio, se trasladara inmediatamente a Sayula.

Años más tarde, el historiador sayulense Federico Munguía Cárdenas ─acaso el biógrafo más conspicuo de Rulfo─ apareció para desmentir las aseveraciones del prominente crítico literario.

Después de muchas indagatorias, el cronista logró ubicar el acta de nacimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno en el Registro Civil de aquella ciudad fechada el 16 de mayo de 1917

Ante las pruebas, Alatorre tuvo que apechugar.No pasó lo mismo con su otro amigo: Juan José Arreola.

El autor de Palíndroma decía que a Rulfo le gustaba afirmar que había nacido en 1918 “no por quitarse un año, sino por compañerismo”, para crear un espíritu generacional y hacerles compañía al propio Arreola, al académico Adalberto Navarro Sánchez, al bibliógrafo José Luis Martínez, al poeta Jorge González Durán e incluso al nayarita Alí Chumacero, todos autores nacidos precisamente en 1918.

El 1 de julio de 1923, cuando Juan acababa de cumplir seis años, su padre fue asesinado por motivos que, años más tarde, el mismo Rulfo calificó “sin importancia”

Pasados otros seis años ─en 1929─, deprimida y enloquecida por la impotencia e incapaz de hacerle frente a la situación, María Vizcaíno Arias, su madre, envió a Juan y su hermano Severiano al instituto Luis Silva de Guadalajara, una escuela que funcionaba esencialmente como orfanatorio.

El niño jamás volvió a ver a su madre, quien, por cierto, murió a finales de ese mismo año, a los treinta años de edad.

Rulfo ─ya huérfano y con una tristeza que, de acuerdo con Alí Chumacero, “todo el tiempo parecía taladrarle el alma”─ quedó al cuidado de su abuela

Terminados los estudios primarios en aquel hospicio, fue inscrito en el seminario de la arquidiócesis de Guadalajara, de la cual egresó, sin pena ni gloria, en 1934.

“Aunque amaba sinceramente a sus nietos”, la abuela tenía una salud delicada y apenas podía hacerse cargo de los niños. Juan ─junto con sus dos hermanos menores, Francisco y Eva─ fue llevado a la ciudad de México, donde sería recibido ─y tutelado─ por su tío David Pérez Rulfo, un hombre severo y arrogante que, al menor pretexto, ostentaba credenciales de político y militar.

Sobre aquellos días en casa de su tío, Rulfo le contó a la escritora Elena Poniatowska que, al llegar a la ciudad y ver que nadie le dirigía la palabra, sintió un punzante aislamiento. “Desde entonces la soledad no me ha abandonado”, le confió a la Poni.

Años más tarde, Rulfo ingresó a la burocracia federal como empleado de la Secretaría de Gobernación.No fue precisamente un trabajador destacado

Juan trabajaba en una yerma y desordenada oficina, especie de sucursal tapada del Departamento de Migración de aquella institución. Además de alegar falsas ─y constantes─ enfermedades, sus ausencias y retardos en el trabajo fueron cotidianos.

Durante los largos años que pasó en aquellas oficinas, jamás pudo ascender un peldaño en el escalafón burocrático. Y, a decir verdad, tampoco le importaba mucho

Es más, él mismo llegó a calificarse como un “archivista de cuarta”. Lo cual, por cierto, era otra de sus chapucerías: Rulfo, en realidad, nunca ejerció funciones de archivista, sino de “taquígrafo de tercera”.

Juan Rulfo, como tantos otros sujetos enclenques y abatidos, fue un hombre caprichoso y con acentuadas debilidades

Y una de esas debilidades fue precisamente su propensión a la engañifa. “Juan tuvo siempre el hábito de la mentira”, escribió Alatorre en su texto La persona de Juan Rulfo.

No obstante, para no quedar en el incómodo papel de fustigador, el erudito nacido en Autlán de Navarro se aprestó a justificar la mitomanía de su amigo: “Bien visto, se trata de un fenómeno humano general: todos ocultamos, todos fingimos, todos representamos un papel en el gran teatro del mundo”, dijo campechanamente.

Por su parte, José Luis Martínez, otro escritor jalisciense, confesó haber leído a Rulfo únicamente un par de veces.

Declaró que le había gustado poco y, en general, le había dejado “la sensación de una tristeza, de un abatimiento, de una literatura negativa muy semejante a la de José Revueltas, aunque Rulfo introduce algunas chispas de humor que Revueltas no tiene, como el personaje de Lucas Lucatero, en ‛Anacleto Morones’, que es muy gracioso”.

El historiógrafo y humanista de Atoyac dijo que cuando vio por primera vez a Rulfo, aunque el escritor ya había dejado de beber, lo había encontrado demasiado abstraído  y, quizá, hasta deprimido

“Dicen que cuando bebía era terrible, que se caía, que quedaba como un fardo el pobre. Nos hicimos muy amigos de manera espontánea, porque éramos paisanos”, apuntó el gran cronista de la literatura mexicana.

Martínez solía decir que Arreola y Rulfo se llevaban muy bien. “Juan José lo quería mucho y lo demostró cuando Juan murió”, escribió.

Curiosamente, un día Arreola le contó a Fernando del Paso que Juan era un tipo “huraño, cazurro, ladino”. Y agregó que ambos se solazaban contándose patrañas: “En ocasiones, cuando conversaba con él, tenía la impresión de que los dos mentíamos, pero estábamos de acuerdo en hacerlo”.

Hace poco, durante los festejos del centenario de su nacimiento, el escritor Elmer Mendoza describió al autor de El llano en llamas como “misterioso, inexplicable e irreverente”

Con un raro y apresurado juego de paralelos ─por no decir completamente inconexo─, el sinaloense dijo que se podía poner a Rulfo “a la par de John Lennon”.

Juan Villoro ─en el primer ensayo de su libro Efectos personales─ escribió que, para ciertos amigos del folklore, los mayores méritos de Rulfo eran documentales.

Aseguró que Rulfo había “fundado una modernidad en las orillas”, pero había sido “víctima de la lectura opuesta”. Y tenía razón.

Lo curioso es que cuando Rulfo comenzó a redactar las piezas que, ulteriormente, conformarían El llano en llamas, él mismo aseveró que su objetivo principal no era desarrollar ninguna modernidad marginal, sino “una literatura ciudadana”

Un día, incluso, le dijo a Arreola que estaba cansado “de escribir estos cuentos de la tierra, de personajes rancheros”. Rulfo ─pese a que muchos lectores entusiastas aseguran que frecuentaba literaturas como la brasileña y la escandinava─ realmente fue un gran lector de libros de historia local y de literatura mexicana. Y de ahí su remarcado gusto por los mitos y las leyendas locales.

No es gratuito que, más allá de los numerosos lirismos que empleaba en sus textos, sus personajes estén absolutamente folklorizados.

Pese a ello, una y otra vez, muchos críticos han creído detectar en varios cuentos de Rulfo ─como en “Macario”, por ejemplo─ la inconfundible huella de William Faulkner

Y quizá el primero en sostenerlo haya sido el uruguayo Mario Benedetti, quien, en 1955, publicó un artículo en el semanario Marcha, de Montevideo, hablando al respecto.

En aquel ensayo, el poeta, dramaturgo y periodista celebró el arresto y la concentración de su obra y sostuvo que a Rulfo no le interesaba desgastarse verbalmente: “Con la excepción de “Macario”, un casi impenetrable medallón, los otros relatos enfocan situaciones o desarrollan anécdotas, siempre con el mínimo desgaste verbal, usando las pocas palabras necesarias y logrando a menudo, dentro de esa intransitada austeridad, los mejores efectos de concentración y energía”.

Pero Rulfo, que siempre quiso dárselas de pionero en sus trabajos, negó categóricamente que sus trabajos literarios tuvieran como influjo la serpenteante prosa del célebre escritor estadounidense: “Cuando escribí Pedro Páramo yo aún no leía a Faulkner”, enfatizó

Pese a ciertas desavenencias, la amistad entre Rulfo, Arreola y Alatorre ─todos escritores jaliscienses─ se mantuvo firme. De hecho, Alatorre reconoció que su “introductor a la literatura en lengua española ─Federico García Lorca, Pablo Neruda y Gorostiza─, tanto como a la francesa ─ Paul Claudel, Jean Cocteau, Georges Duhamel había sido su entrañable amigo Juan José Arreola.

Por otro lado, el políglota ─hay que recordar que traducía con gran eficacia del latín, francés, inglés, alemán, portugués e italiano─ admitió que su iniciador en las letras norteamericanas había sido precisamente Juan Rulfo.

Gracias a sus recomendaciones, comenzó a frecuentar a escritores como John Dos Passos, John Steinbeck, Ernest Hemingway y la extraordinaria ─y lamentablemente poco conocida─ narradora Willa Cather.

Amigo generoso, Juan Rulfo solía invitar a Alatorre y a Arreola a pasar largas tardes en su casa

“Juan tenía un buen tocadiscos, y música clásica, inalcanzable para Arreola y para mí”, contó en diferentes oportunidades el autor de Los 1001 años de la lengua española. Aunque Rulfo no leía fluidamente en inglés, tenía limpia e intachablemente ordenados sobre varios estantes, una buena cantidad de libros traducidos al español, en especial novelas y cuentos.

Pese a que Juan Rulfo trataba a toda costa de inocularle a su amigo su enorme afición por aquellas obras, Alatorre se negaba amablemente a embarcarse en aquellas aventuras anglosajonas. “Yo, la verdad, bastante quehacer tenía con los contagios de Arreola”, confesó posteriormente el erudito jalisciense.

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (1974) es un tipo contestón y polemista. Maneja un go card y practica el periodismo y la ironía con la pasión de un luchador enmascarado. El retrato literario es uno de sus géneros favoritos. Twitter:  @sevillacritico . facebook: https://www.facebook.com/ricardo.sevilla.524