Horizontum | FINANZAS Y CULTURA
Fernanda Melchor: “¿Sentir? ¡Sienta quien lee!” Fernanda Melchor: “¿Sentir? ¡Sienta quien lee!”
4
Fernanda Melchor tiene la mirada de lince y el cabello largo y negro, como ala de cuervo. Mientras conversa —o mejor dicho: habla sonriendo—,... Fernanda Melchor: “¿Sentir? ¡Sienta quien lee!”

Fernanda Melchor tiene la mirada de lince y el cabello largo y negro, como ala de cuervo. Mientras conversa —o mejor dicho: habla sonriendo—, alza la nariz, se acaricia el mentón y saluda de mano a los conocidos que pasan a cumplimentarla, como haciendo sonar la campanilla de la amistad.

Hace un año, su segundo libro, Temporada de huracanes, irrumpió en el escenario como una auténtica primavera en el aire otoñal —y rancio— de las letras mexicanas. El público, apenas descubierta la obra, comenzó a recomendarla. Unos lectores avisaron a otros y, como suele ocurrir en estos casos, la novela fue reclutando adeptos hasta sumar una auténtica legión de admiradores.

La crítica —un clan abrazado por la suspicacia— se asomó a ver si las murmuraciones eran ciertas. El rumor decía que en Veracruz —tierra de autores como Sergio Galindo, Juan Vicente Melo y Carlos Díaz Dufoo— había surgido una tal Fernanda Melchor que, honrando su tradición, había edificado una obra desgarradora y rutilante.

Y, en efecto, los inquisidores aceptaron que la novela, aunque trataba un tema fusco, relucía e imponía un estilo que paseaba a caballo entre la poesía y la narrativa. Nada de que asombrarse, si tenemos en cuenta que en aquella parte del trópico han florecido grandes voces líricas como Salvador Díaz Mirón, José Luis Rivas o Francisco Hernández.

Fernanda Melchor: “¿Sentir? ¡Sienta quien lee!”

Sobre el libro de Fernanda Melchor, casi de inmediato, estalló una atronadora lluvia de aplausos y, entre la ráfaga de panegíricos, también gotearon los denuestos. Entusiastas, como Antonio Ortuño, dijeron que la novela estaba “construida con una prosa audaz, que aprovecha (y disloca y renueva) el lenguaje popular veracruzano y costeño”. Reluctantes, como el combativo Christopher Domínguez, opinaron que el “lenguaje era a la vez procaz y sofocante”.

Mientras las ovaciones y las críticas continúan encendiendo las pasiones, Fernanda Melchor decidió entregarle a sus editores Aquí no es Miami, un libro de crónicas que, hace cinco años, había sido publicado por El salario del miedo, un sello editorial independiente que, en poco tiempo, agotó el ejemplar.

El volumen está integrado por doce historias que, utilizando a su favor diferentes técnicas literarias, tocan temas periodísticos. La mayor parte de los relatos fueron escritos y publicados originalmente —nos cuenta la autora— en las páginas de Replicante, “una emblemática revista dirigida por el generoso Rogelio Villareal, quien, además, fue el primero en pagarme por una crónica”.

La mayoría de estas narraciones —unas elevadas y otras no tanto— basan sus tramas en noticias necrológicas que la autora sustrajo del periodismo. “Yo no estudié periodismo, estudié comunicación; pero me da pena decirlo porque no sé nada de estrategias publicitarias ni de marketing. Aunque, a decir verdad, tampoco me interesa. Francamente, yo estudié esa carrera para poder usar a mi antojo —y explorar— las enormes posibilidades del lenguaje escrito”.

Desde el punto de vista de la escritor veracruzana, Aquí no es Miami es una reunión de textos pertinentes que “envejecieron bien y abarcan la calamitosa convergencia de los gobiernos de Fidel Herrera y de Felipe Calderón”.

Fernanda Melchor (Twitter @fffmelchor) reconoce que en este volumen se imponen los textos sobre la violencia y el narcotráfico, pero también hay piezas que se ocupan de saldar ciertas nostalgias personales, algunas de ellas, incluso, infantiles. “Mi apuesta en esta ocasión era combinar memoria, hechos y recuerdos. Quería dejar constancia, entre otras muchas cosas, de algunos temas que, desde mi punto de vista, marcaron a mi generación: Jaime Maussan y la cuestión de los ovnis”, asegura.

Dos de los relatos más perturbadores —que incluyen sus fuertes dosis melodramáticas y su pizca de denuncia moral— son, sin duda, “Aquí no es Miami” y “Una cárcel de película”. El primero cuenta la desgarradora historia de treinta dominicanos hambrientos y desbrujulados que, al llegar al muelle jarocho, imaginan que se encuentran en el sureste de Florida.

La segunda narra el brutal desalojo —y supuesta reubicación— que padecieron los reos de la cárcel de Allende durante “el fidelato”; y todo para que el presidio sirviera como locación “hiperrealista” de una película de Mel Gibson.

El libro, además de los diversos argumentos que lo animan, demuestra el progreso escritural de esta autora nacida en 1982.

Del primer relato —“Luces en el cielo”— al último —“Veracruz se escribe con Z”—, observamos paso a paso cómo ha ido evolucionando su prosa: de una expresión escueta, casi tirando a exigua, su lenguaje va escalando hasta alcanzar el encumbrado lirismo que hoy es el rasgo principal de su escritura.

No es circunstancial que Fernanda Melchor haya ido poblando su obra de dicciones alambicadas y metáforas serpenteantes. En realidad, ése ha sido uno de sus principales objetivos: “Para mí lo más importante es pulir el lenguaje. No me interesa informar ni armar notas urgentes, a la usanza del viejo periodismo. Jamás me ha entusiasmado sacar una grabadora para captar las expresiones de la gente. En realidad, mi aspiración siempre ha sido literaria”.

Pese a que la narrativa de Fernanda Melchor usa como marco histórico el crimen y el narcotráfico —buscando incluso una suerte de paternidad en Tom Wolfe, Norman Mailer y Hunter S. Thompson—, no quiere que sus criaturas se expresen mediante una jerga patibularia.

“Cuando hablamos de levantones y ensabanados estamos tragándonos el cuento de los narcos, y yo me opongo rotundamente a seguirles el juego. Yo busco que la historia, más allá de la trama, esté contada con palabras que se escuchen mejor, que caigan mejor al oído”.

Fernanda Melchor: “¿Sentir? ¡Sienta quien lee!”

Quizá por eso, a la autora de Falsa liebre tampoco le interesa que sus personajes se calienten la boca con regionalismos ni expresiones tropicales. En estas historias, los amigos, por más apego que sientan entre ellos, no se llaman “locos”, las personas enojadas no están “peidas” y jamás asoma, ni por error, un “pa’su mecha”. Es decir: el diccionario jarocho ha sido deliberadamente soslayado por la periodista egresada de la Universidad Veracruzana (UV).

Los propósitos de Fernanda Melchor

“Crear un lenguaje que sirva únicamente y exclusivamente para efectos de la obra”.

Lo curioso —y que llega a fastidiar un poco en el lector— es que en estas crónicas uno se encuentra con niños que no leen historietas, sino “tebeos” y, más adelante, nos topamos con un “kiosco de revistas” y no con un puesto de periódicos. Por si fuera poco, los automovilistas de este Veracruz ficticio no se estacionan, sino que “aparcan”.

El más desafortunado de los eufemismos aparece cuando, por ahí, nos topamos con estibadores que, aunque son muy rudos y arrabaleros, no son capaces de mentarse la madre, pero sí logran “maldecir a su progenitora”. Hay momentos (sobre todo en las primeros tres cuentos) donde pareciera que estamos frente a una traducción gachupina.

Si a Fernanda Melchor, tal como dice, le gusta que “las palabras hieran”, la verdad es que en cinco de estos relatos demuestra exactamente lo contrario.

Afortunadamente, en la segunda y en la tercera parte del libro ese tipo de expresiones van desapareciendo y, de un momento a otro, el lector se encuentra frente a una prosista que ha sabido adueñarse de sus poderes.

Fernanda Melchor, quien se ha caracterizado por su ironía imbatible, como es de esperar, no resiste la tentación de criticar a la pacata sociedad jarocha:

“una sociedad que se pretende un enclave de sensualismo tropical pero que en el fondo es profundamente conservadora, clasista y misógina”.

Pese a ser una obra de juventud, donde asoman las inconsistencias de una narradora incipiente, en Aquí no es Miami ya afloran algunos de los principales recursos estilísticos de Fernanda Melchor cuya meta principal, según sus propias palabras, es “lograr que el lector sienta cuando lee sus libros”, una inquietud que, por cierto, también preocupaba a su tocayo Fernando Pessoa, quien decía: “¿Sentir? ¡Sienta quien lee!”

Te puede Interesar:

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (1974) es un tipo contestón y polemista. Maneja un go card y practica el periodismo y la ironía con la pasión de un luchador enmascarado. El retrato literario es uno de sus géneros favoritos. Twitter:  @sevillacritico . facebook: https://www.facebook.com/ricardo.sevilla.524