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En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán
Cuando el verano se va, en sus tardes, el calendario también se marchita y llega, inesperadamente, el otoño. El final de esa estación supone... En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán

Cuando el verano se va, en sus tardes, el calendario también se marchita y llega, inesperadamente, el otoño. El final de esa estación supone un cambio. Julieta me había citado en un lugar al que nunca había ido. Ahora recuerdo que, cuando tenía 20 años, mis amigos siempre hacían excursiones o campamentos a los cuales yo jamás pude ir porque mi trabajo y escuela me lo impedían.

El tiempo de esta larga temporada de mi vida luce en la palma de mis manos como mariposa bajo el sol. Tuvieron que pasar 14 años para que pudiera conocer Tepotzotlán, aunque todavía no lo conozca.

Apenas tomo rumbo. Leo Expediente X. V. y en sus líneas identifico Décima muerte. Harold Bloom se cumple, leer en la poesía del presente a los poetas del pasado. Este camino, al pensar en la muerte como un acto metafísico, me parece menos incierto y más porque Julieta me espera.

La Muerte es ese lugar al que se llega por sobresaltos. He tomado el tren suburbano en la vieja estación de ferrocarriles Buenavista, en la Colonia Guerrero de la Ciudad de México.

Este transporte lo frecuento poco y me acuerdo de Alicia; allí nos vimos por última vez hace cinco años. En algún lugar de esta estación ella me dijo adiós y nunca más volvimos a ver nuestros ojos.

Este pensamiento fugaz huye, se evapora como el día en las puntas del reloj. El tren espera mi arribo y toma rumbo. En menos de veinte minutos hace su recorrido. Me bajo dos estaciones antes de la terminal, en Lechería.

En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán

En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán

Afuera pregunto por el medio colectivo que debe llevarme al centro de Tepotzotlán. Allí me citó Julieta. Tomo la combi y en poco más de 30 minutos estoy en otro tiempo. Julieta también es un nombre impensadamente literario.

Las mujeres que han sido parte de mi vida, sin excepción, tienen nombres que pertenecen a la Literatura y, de alguna manera, al ser también parte de la vida de ellas, formo parte de Ella, la mujer más codiciada, la Tradición.

Quizá para mí solo fueron una ficción y jamás lo supe de cierto, una suerte de construcción que solo existió en mi mente y todo lo vivido fue, por ingenuidad, el hecho menos real, pues de ellas no tengo rastro, se han perdido en las páginas de mi memoria y no hay registro de ninguna de ellas en mis versos.

Quizá el olvido es la peor de las muertes. He llegado y bajo de la combi y camino una calle, pocos metros hacia un pequeño jardín el cual también es el patio principal de una Iglesia.

Mientras pensaba estoy en medio de una arqueología jesuita del siglo XVII, en un jardín cuyo frente, a la lejanía, tiene el camino que lleva hacia las nubes y, arriba, ellas contienen un océano que lucha por vaciarse encima de unas jorobas, así significa Tepotzotlán, que capturo en mi móvil.

Le marcó a Julieta para avisarle que estoy esperándote en medio de los siglos XVI y XVIII como un monje medieval. Al teléfono sonríe y me dice no tardo, llego en menos de cinco minutos. Y sin saber bien de dónde, ella camina hacia mí. Nos abrazamos, un beso confirma un momento de alegría. No deja de sonreír. Qué quieres hacer. A dónde quieres ir. Me dice. Jamás había venido. Tú debes guiarme y decir qué hacer.

Le respondo. Bueno, si vienes a Tepotzotlán, no debes irte sin visitar el Museo Nacional del Virreinato. Y finalmente nos dirigimos al Laberinto. Entramos y damos un recorrido accidentado porque es enorme, sus pasillos no tienen fin y llevan a otro y a otro y a otro…

Sus distintas salas albergan más de 1500 piezas de arqueología, arquitectura y pintura, enseres domésticos de aquella época, utensilios de trabajo, piezas de la vida diaria, armaduras coloniales.

En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán

Fue un recinto que sirvió para la evangelización. En su momento de construcción, a principios del siglo XVI, y en adelante, este monumental espacio albergó gran parte de nuestra historia novohispana.

Doctos libros sobre el tema aparicionista de la Virgen de Guadalupe, una vieja pintura, en algunas de sus salas, dan testimonio del importante tema cívico de la Madre de Dios.

Los cuatro evangelistas que se ocuparon de este tema influyeron en la literatura y, a su vez, para la composición de poemarios, estudios teológicos y tratados aparicionistas.

La disposición de las salas, me dice Julieta, se debe a las aulas y estructura de lo que en su tiempo fue Colegio. Se refiere al Colegio de San Francisco Javier.

En realidad el Museo del Virreinato está formado por tres partes, el Colegio,  la Iglesia de San Francisco Javier, y la Iglesia de San Pedro Apóstol. Trato de reconstruir el pasado, ¿un pasado nuestro?

Así como Christian Peña intentó rehacer la causa de muerte del poeta Xavier Villaurrutia en su poemario Expediente X.V. Ahora la Historia es un documento sobre el cual se reescribe.

Una composición literaria, actualmente, opera de testimonio, tal como esta crónica que escribo para dar noticia a otras personas de un lugar por demás enigmático y sí, mágico, un pueblo mágico.

Julieta me toma de la mano para sacarme del tiempo histórico, de mi mente, aunque ella no sabe que su mano es una manera de liberarme de mi mismo. Me sonríe. Su sonrisa es como un astro a la mitad del cielo, ya sea de día o de noche, es un astro al cual siempre puede fijarse la mirada.

Le sonrío y me dice, extraviadamente, por aquí debe estar el camino que nos lleva al Altar principal del Colegio. Pienso Claro, dentro de un Colegio en tiempo de la Colonia siempre era importante un altar para lograr total Evangelización.

Entramos, me parece superior esto es impresionante, me dirijo a ella, ¿has visitado la Catedral de Puebla? Pregunto. No, me dice, pues, digo, muchos afirman que es la Catedral más hermosa de México y yo creo que esto es mejor, superior, este Arte Barroco, churrigurezco no se compara con nada, es un garagoleo infinito.

Llega un total silencio. Tomo fotos. La miro. Pensar en nada es una manera de fijar el pensamiento en todo. Vamos a los jardínes, ven, te llevo. Aunque Julieta vive en Tepotzotlán, está igual de maravillada que yo, además porque ya no sabe bien hacia dónde ir, caminamos por los pasillos y nos encontramos con escaleras que suben y bajan, algunos accesos están cerrados, damos vueltas, muchas veces, hasta que llegamos a un jardín y al centro está una fuente donde la gente pide deseos pues observo varias monedas al fondo de la misma.

En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán

El reto consiste en arrojar una moneda y que caiga en medio, dentro de un recipiente, mientras uno en silencio pide un deseo. Inténtalo, Fer, apuesto a que no podrás. ¿Cuál sería tu deseo juntos?, le pregunto. Viajar en globo, afirma ella.

Arrojé una moneda, desde una posición de la circunferencia de la fuente, repitiendo, en silencio, ese deseo que ella me había dicho, viajar juntos en globo y la moneda cayó justo dentro del recipiente. Cómo le hiciste, eso es imposible, dice sorprendida. Y es que todas las monedas estaban afuera del contenedor, ninguna dentro. La verdad ni yo mismo creí que podría hacerlo, seguramente es un destino marcado.

Intento otra moneda al interior de la bandeja con otro deseo. Imposible. ¿Un mismo hecho jamás podrá repetirse aunque el propósito sea otro? ¿Por qué razón la otra moneda no cayó dentro de la bandeja si el deseo era diferente? ¿qué caprichoso destino impidió mi segundo deseo que, por ser imposible, se ha tornado en una vida que no viviré?

Ahora tú, Julieta, debes pedir un deseo y arrojar tu moneda. Me acerco a ella, imposible, yo jamás podré, le tomo su mano, y oriento la dirección y le explico cómo debe hacerse el impulso de la moneda entre los dedos pulgar e índice.

Mientras le explico todo esto, yo me coloco detrás de ella, mis dedos rozan los suyos, y mi respiración siente su sonrisa al mismo tiempo que su perfume se vuelve el único aire que respiro. Yerra el tino. Qué deseo habrá hecho, posiblemente el mismo que yo pedí cuando mi moneda cayó a la mitad de la fuente. Caminamos y me pregunta, qué deseo pediste. Viajar juntos en globo, le digo.

Los silencios, en las conversaciones amorosas, son más significativas que el parloteo. Caminamos y llegamos a un enorme jardín, aproximadamente tiene tres hectáreas de extensión. Es en verdad grande.

Existe un pasillo, largo, muy amplio, que lleva a una estatua de piedra. De lejos pareciera amorfa, pero al acercarse es evidente su malformación canina, ¿o lobo?

¿Qué es eso?¿Por qué tiene esa forma? Julieta misma también lo ignora. El aspecto del que supongo es un perro, es bestial, además de ser muy grande, posee una joroba prominente.

Imagino que debe cobrar vida por las noches, le comento a mi bella acompañante, mientras rodeo la estatua y observo a mí alrededor, el espléndido jardín guarda cosas que ignoramos, pienso en silencio.

Comentan que en la remodelación, a mitad del siglo pasado, encontraron fetos y restos de cuerpos, dijo rápidamente Julieta al momento que ella tomaba fotos al jardín con su celular.

El Museo Nacional del Virreinato, aunque tuvo funciones de Colegio, sus habitaciones y pasillos, así como la distribución del espacio, le dan una imagen laberíntica

He reconstruido mi recuerdo a través de esta crónica o ficción para que el lector pueda creer que Tepoztlán es realmente un pueblo mágico, pues su encanto radica en el ambiente y textura que conserva de los siglos pasados.

En el Laberinto Virreinal de Tepotzotlán

Es un lugar al que siempre hay que visitar y yo volveré porque debo hacer ese viaje en globo. Y pienso qué habrá sido de ese otro deseo que ya es imposible para mí, acaso tal esperanza está viva en otra vida que no me pertenece y, como hizo Christian Peña en su poemario, deba reconstruir ese misterioso hecho como si hubiera pasado.

Fingir una vida que no me pertenece es el modo de la Literatura y la Historia. Julieta toma mis manos con sus manos, ha anochecido y ya estamos fuera del Museo Nacional del Virreinato, en el Kiosko frente a la Iglesia de San Pedro Apóstol que, bajo la noche, parece quedar suspendida entre la neblina, y besa mis labios mientras mi mente intenta cifrar ese deseo que ha sido negado al menos en esta mi primera visita a Tepoztlán.

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Fernando Salazar Torres

Fernando Salazar Torres

(Ciudad de México, 1983). Poeta, ensayista y gestor cultural. Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa (UAM-I), también obtuvo el grado de Maestría en Humanidades (UAM-I). Ha publicado el poemario Sueños de cadáver (El golem editores, 2010) y Visiones de otro reino (El golem editores, 2015). Su poesía y ensayos se han publicado en distintas gacetas y revistas literarias impresas y electrónicas. Coordina las mesas críticas sobre literatura mexicana, “Crítica y Pensamiento sobre poesía y narrativa en México”. Dirige un Taller Literario. Colabora en la revista literaria Letralia. Tierra de Letras con la sección “Voces actuales de México”.