El mapa estético de Kazuo Ishiguro El mapa estético de Kazuo Ishiguro
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Antes de que su obra -dueña de una prosa diáfana y pulida- fuera acogida por el gran público, la crítica y casi todos los... El mapa estético de Kazuo Ishiguro

Antes de que su obra -dueña de una prosa diáfana y pulida- fuera acogida por el gran público, la crítica y casi todos los jurados, el escritor británico Kazuo Ishiguro -nacido en Nagasaki, Japón, en 1954- fue un amante del rock y, no en pocas ocasiones, se describió a él mismo como “un cantante frustrado”.

Discreto estudiante de filosofía y filología inglesa en la Universidad de Kent, el autor de Un artista del mundo flotante -que ni en sueños imaginó que alguna vez ganaría el Premio Nobel de Literatura- un día decidió participar en un curso de escritura creativa en la Universidad de East Anglia.

En la tarde, al salir de clases, Ishiguro solía meterse a algún café a charlar con amigos y compañeros hasta que tocaba la noche. Ahí, “sin tomarse las cosas demasiado en serio”, se entretenía hablando -y clasificando- las posiciones morales y políticas que, quizá años más tarde, él y sus amigos y abrazarían cuando fueran ancianos

En ese momento eran jóvenes reservados que hablaban con discreción, casi con disimulo. No eran la clase de amigos que se daban codazos en broma ni palmadas en la espalda.

Eran muchachos más taciturnos y reconcentrados que, no pocas veces, pasaban largo tiempo en silencio.

Porque entre ellos no se trataba simplemente de divagar: “Eran charlas modestas y futuristas que, sin embargo, fueron casi advertencias preventivas para mí”, confesó, años más tarde, el mismo Ishiguro en una entrevista para The Guardian.

El mapa estético de Kazuo Ishiguro

A diferencia de otros autores, que se jactan de su temprana incursión en la literatura, el escritor británico comenzó su carrera literaria relativamente tarde -a los 24 años-, escribiendo relatos cortos y obras para la televisión.

Melómano y amante del rock progresivo, Ishiguro cantó y tocó la guitarra y el piano en una banda que intentaba emular a Jethro Tul y King Crimson.

Pese a que su ambición originalmente era convertirse en letrista y músico de prog -tareas en las que fracasó rotundamente, debido a que, según él mismo, “jamás pasó de ser un músico mediocre”-, tuvo que convertirse en escritor de guiones.

De esa manera descubrió su talento literario y, entre un drama y una tragedia para televisión, poco a poco, fue construyendo una obra de altas dimensiones estéticas.

El autor de Lo que queda del día -obra con la cual ganaría su primer Premio Booker- posee una de las imaginaciones literarias más ricas y envolventes de la literatura contemporánea.

Con igual fortuna, su pluma -que es un auténtico manantial de registros líricos- logra nutrirse de las novelas de corte medieval (téngase a la mano, por ejemplo, El gigante enterrado), que de elementos técnicos de la narrativa moderna. De ahí que su obra exija diferentes lecturas.

De entrada, Ishiguro -que no quiso encorsetar sus libros dentro de los moldes habituales de la narrativa- decidió abjurar de las enormes distracciones lucrativas que se le presentaron como guionista.

Estaba resuelto a ignorar todas las consideraciones de lo que podría retribuirle un éxito comercial. “En realidad, no me importaban los guiones, el periodismo, los libros de viajes, hacer que mis amigos escritores escribieran sobre sus sueños o algo así. Sólo decidí escribir los libros que tenía que escribir”, apuntó en 2005.

El mapa estético de Kazuo Ishiguro

Y sus palabras eran sinceras. Novelas como Pálida luz en las colinasUn artista del mundo flotante y Los restos del día, además de componer un tríptico desgarrador sobre los traumatismos dejados por la Segunda Guerra Mundial y su arduo -acaso imposible- proceso de recuperación, es una decidida insurrección contra todos los modelos narrativos tradicionales.

Cuando fuimos huérfanos y Nunca me abandones, más allá de constituir un díptico sobre la orfandad y el exilio interior, son obras cuya sublime -y rara- arquitectura combinan magistralmente las más altas cualidades de la literatura.

En cada uno de los párrafos vemos la elegancia y la pasión de un autor que aspira a ofrecerle al lector un producto anómalo.

Más allá de las tramas detectivescas, la crónica de la guerra y los temas históricos que toca en sus novelas, su literatura puede leerse como una serie de obras oníricas en cuya opacidad -y aparente complejidad- radica su riqueza.

En términos formales, no cabe duda que se trata de uno de los novelistas británicos más temerarios y provocadores. Su caudaloso poder evocativo -donde no pocas veces emplea la dilogía y la elipsis para alcanzar cumbres más elevadas-, es uno de los más arrebatadores de la actual literatura inglesa.

Y justo por eso, títulos como Cuando fuimos huérfanos o Los inconsolables permanecerán en la retentiva de lector como obras de una fecunda -y fascinante- potestad imaginativa.

El mapa estético de Kazuo Ishiguro

Cada una de las novelas de Ishiguro -donde se dan la mano la inteligencia y la elegancia prosística- es un triunfo por el poder de seducción y de su habilidad para dotar de intensidad unos acontecimientos aparentemente triviales

Sus tramas, por un lado, existenciales y, por otra parte, airosamente sonámbulas, son el resultado de un temperamento arriesgado y copioso.

Cada una de sus atmósferas encierra una belleza escalofriante, cuyas prosaicas descripciones las vuelven aún más insondables. Su desdén hacia el  realismo, hay que decirlo con todas sus letras, ha logrado ensanchar las facultades de la ficción. Y acaso lo más sobresaliente de todo: Ishiguro ha conseguido trazar el mapa de un caprichoso territorio estético, cuyos secretos ahora sólo él puede develarnos.

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (1974) es un tipo contestón y polemista. Maneja un go card y practica el periodismo y la ironía con la pasión de un luchador enmascarado. El retrato literario es uno de sus géneros favoritos. Twitter:  @sevillacritico . facebook: https://www.facebook.com/ricardo.sevilla.524