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El español traspasa fronteras ponencia El español traspasa fronteras ponencia
El idioma español es capaz de cruzar 22 fronteras, sin perder inteligibilidad pese al paso del tiempo, gracias a la Real Academia Española. El español traspasa fronteras ponencia

El idioma español es capaz de cruzar 22 fronteras, sin perder inteligibilidad pese al paso del tiempo, gracias a que desde el s. XVII tanto la Real Academia Española (RAE) como las Academias de la Lengua Española (ALE) se han preocupado por mantener esta unidad lingüística que nos caracteriza, tanto por ser nuestro sistema de comunicación, pero también de expresión, conocimiento; y una manera de ver el mundo.

Así, puedo asegurar que un 8% de las expresiones lingüísticas de la lengua española tiene una marca de ‘carácter dialectal’; es decir este porcentaje de la riqueza de nuestra lengua es una expresión que no corresponde con el ‘español general’; ya que éste tiene un 92% de voces y expresiones comunes, lo que hace que esta inteligibilidad funcione de manera extraordinaria. Es cierto entonces que hay ‘variantes dialectales’, y que la manera de hablar en México no es la misma que en Argentina, España, Ecuador, Chile, Colombia… pero dichas variables son mínimas, en otros términos son: “la sal y pimienta” que enriquecen al lenguaje, y que distinguen a cada país de habla española.

Durante mucho tiempo la lengua española se consideró como patrimonio exclusivo de la Península Ibérica; es decir los primeros académicos consideraban que el “mejor español, el paradigmático”, el que ‘debía hablarse’ en toda Latinoamérica y Filipinas, era el español proveniente de España. Porque el español en América se pensaba, era algo “corrupto” y degradaba el purismo de la lengua originaria proveniente de España. Por fortuna, a lo largo del tiempo, esta idea quedó totalmente desterrada, asumiendo que la “norma lingüística” es una norma ‘policéntrica’; es decir es válido el español hablado en España como en otros lugares, sin distinción.

Desde el punto de vista académico, contrario a lo que se piensa, los verdaderos y únicos dueños de la lengua son los hablantes. El papel de las Academias es registrar el ‘modo normal’ en la que los dueños utilizan la lengua. Es decir, la manera usual y acostumbrada como se utiliza un término es registrada por las academias. Este registro ‘habitual’ se convierte en normativo, ejemplar. Sin embargo, hay normas distintas que representan la manera de hablar de cada país y región. Además el español es hablado según las clases culturales y extractos sociales. Esto no quiere decir que se hable mejor en ‘la norma culta’ que en ‘la popular’, simplemente en la primera existen características ejemplares, como la homogeneidad, a diferencia que en las normas populares.

Si escuchásemos cómo se relacionaban verbalmente tres grandes escritores de lengua española, que fueron contemporáneos entre sí, pero procedían de distintas geografías: Alfonso Reyes (México), Dámaso Alonso (España) o Jorge Luis Borges (Argentina), advertiríamos que no habría en su expresión lingüística ninguna variante, porque la norma culta es homogénea. Esto ha permitido que pese al vasto territorio en el que se habla el español, éste prevalezca en términos de unidad lingüística.

Por otra parte, la ‘norma culta’ tiene la capacidad de entender las populares de una manera más profunda, que viceversa. Además, ésta tiene un código más amplio que la popular, no porque tenga un mayor número de palabras, sino porque permite una mayor abstracción, relacionada con los niveles de educación. En este sentido, la educación para el lenguaje es fundamental. Lamentablemente en la educación pública de México es deficitaria porque no hay un español suficientemente claro, expresivo, rico… En el sistema educativo nacional se ha despreciado por décadas el conocimiento profundo de la lengua española, su gramática, empobreciendo su expresión oral y escrita.

Esto no significa que las Academias desprecien la norma popular. De hecho la Academia Mexicana de la Lengua Española está por terminar la 2° versión de un Diccionario de mexicanismos. Un estudio de las normas populares, ricas en su expresión, pese a que carecen de la capacidad de abstracción de la ‘norma culta’.

Historia del las Academias

La RAE nace a principios del s. XVIII con la imposición de la Dinastía Borbónica en España, tras la ‘Guerra de Sucesión’. Siendo la academia más antigua (por obvias razones), surge bajo la protección de la “realeza”, de ahí su nombre. Bajo el lema: “limpia, fija y da esplendor”, se desarrolla en un contexto en el que habían otras Academias como la francesa en momentos de la Ilustración y el Enciclopedismo francesa. Este “espíritu ilustrado” hacia que la lengua, con sus variantes, fuera utilizada para distinguir los usos más vulgares de los más cultos. De ahí el interés por “limpiar la lengua”; de “fijarla” ante la diversidad de ‘variantes dialectales’ aún no sometidas a un diccionario para su adecuada definición según el pensamiento de algunos ilustrados y nobles que se dieron a la tarea de crear el primer diccionario; y finalmente “da esplendor” porque las formas que se consignaron formalmente, eran las utilizadas por los grandes escritores del Siglo de Oro español.

De ahí que surge muy temprano el primer diccionario español. Desde entonces todos los diccionarios que se han hecho hasta ahora (principios del s. XVIII hasta la 23° Edición) son una copia actualizada de ese primer diccionario bautizado como:  el Primer Diccionario de Autoridades, ‘basado’ en los grandes escritores de la época (Cervantes, Quevedo, Góngora…). Desde entonces, este diccionario ha evolucionado y seguirá evolucionando, porque la lengua es un organismo vivo, que se transforma cotidianamente, de lo contrario seguiríamos hablando latín. Por ello, es crucial encontrar un punto de equilibrio entre la importancia de esa tradición; y la sensibilidad para escuchar la lengua en sus cambios y modificaciones constantes que le dan vitalidad.

Gonzalo Celorio
Gonzalo Celorio

La ardua tarea los académicos, es definir cuáles voces deben ser incorporadas, porque los verdaderos dueños son los hablantes quienes consideran a las nuevas palabras como “normales”. Para ello, es necesario un criterio suficientemente riguroso y conservador capaz de conservar el ‘patrimonio cultural intangible’ que es nuestra lengua.

A lo largo del s. XIX se fueron creando una serie de Academias en América. La mexicana (tercera en su tipo en América, tras Colombia y Ecuador) tiene 144 años de historia. En términos demográficos, uno de cada cuatro hablantes de este idioma es mexicano; es decir la cuarta parte de los hispanohablantes en el mundo pertenecen a México (sin tomar en cuenta a los hispanohablantes de origen mexicano que se encuentran en EE.UU.)  Hoy por hoy, y gracias a México, el segundo país con más número de hispanohablantes es EE.UU.  Es tal la importancia del idioma español, que existe una Academia Norteamericana de la Lengua Española, entre las 23 Academias que configuran la Asociación de Academias de la Lengua Española.

La de México comenzó siendo ‘filial’ de la española, para convertirse posteriormente en ‘correspondiente’, más no subordinada. En 1951, México organizó un gran congreso de todas las Academias de la Lengua Española, que para entonces eran 19 (incluyendo la de Filipinas). En dicho evento se pensó en crear una Asociación de Academias de la Lengua Española; sin embargo ante la ausencia de la Real Academia Española, cuyos académicos no asistieron por órdenes de Francisco Franco, quien pedía a México romper relaciones con la representación del exilio republicano. Ante la negativa del presidente Miguel Alemán, éste se llevó a acabo sin la presencia española, y gracias al escritor mexicano Martín Luis Guzmán. Así se crearon academias autónomas, con un vínculo como asociación, y considerando a la RAE como la hermana mayor, no la mamá.  Esto fue una gran aportación de México.

Lenguaje incluyente

El ‘lenguaje inclusivo’ representa un cambio lingüístico que ha generado en aspectos técnicos dos maneras de enfrentar una misma problemática. El género gramatical es una búsqueda de la mujer por una mayor visibilidad, y para evitar que la ‘desigualdad’ prevalezca en el lenguaje. Sin embargo, existe el riesgo de que se piense que una transformación lingüística de ésta índole, realmente sea una manera eficaz  de obtener la equidad.

Al “doblar las palabras”, se piensa que se está corrigiendo un problema de equidad; pero esto es mera superficialidad. De qué sirve el uso de estas palabras, si la deserción escolar femenina es 20% mayor que la de los hombres; la diferencia salarial entre hombres y mujeres es de 34-47% en desfavor de las mujeres, las oportunidades laborales favorecen 55% al hombre. Es mejor corregir el fenómeno social, transformarlo más allá del lenguaje incluyente (que debe ser registrado por las academias por su uso); pero esa visibilidad lingüística exterior no está corrigiendo el problema de fondo: la falta de equidad entre hombres y mujeres.

La ‘superficialidad lingüística’ desvía de lo que verdaderamente es importante:  las palabras importan, pero los hechos más.

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Redacción Horizontum

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