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David Bowie: el reformador del rock David Bowie: el reformador del rock
4.5
David Bowie: el perfil de un megalómano exótico y colorido ─que gravitando entre el sadismo, lo macabro y lo bufonesco─ fue construyendo su originalidad. David Bowie: el reformador del rock

David Bowie fue un gentleman inglés que cantó, entre el cinismo y la ambición, una de las más sofisticadas epopeyas de la historia del rock. Si nos asomamos a su biografía, no tardaremos en descubrir el perfil de un megalómano exótico y colorido ─que gravitando entre el sadismo, lo macabro y lo bufonesco─ fue construyendo su originalidad hasta convertirla en un dogmatismo musical de espeluznantes tintes narcisistas.

No fueron pocos los artistas que trataron de seguir sus huellas, y más los que imitarlo. Peter Murphy y Peter Gabriel, cada uno a su hora, por ejemplo, intentaron seguir la estela de su inspiración

No obstante, el primero se estancó en su papel de enmohecido vampiro, mientras que el segundo llevó a tal extremo su experimentación que, al final, su música terminó por ser un raro producto abigarrado.

Bowie, en cambio, siempre fue un tipo aéreo que no encontró dificultad en reemplazar un camino por otro. Y justo ahí es donde radica su gran peculiaridad.

David Bowie (1947-2016) fue un creador sarcástico e irónico en pleito cerrado contra todo lo anticuado, un reaccionario generalizado que creyó más en las lecturas de H. G. Wells que en las crónicas irlandesas, que le recordaban el punzante origen de su propia genealogía, la cual en numerosas ocasiones afirmó repudiar por “estúpida y  tradicionalista”.

Antes de ser considerado un artista conceptual y futurista, Bowie fue juzgado como un intérprete frívolo y charlatán; un personaje burlesco a quien sólo le interesaba montar “espectáculos de music hall”, diría alguna vez el crítico David Buckley.

La semblanza de su vida ─que sus biógrafos se han empeñado en presentar como un vía crucis lleno de desazones─ incluye, por un lado, a una madre de ascendencia irlandesa que sufría severos complejos raciales y, por otro, a su padre: un libretista ramplón que soñaba con ser un gran comediógrafo, pero que, debido a la angostura de su genio, terminó mecanografiando eslóganes para una agencia de publicidad, y en la que jamás recibió un sueldo fijo.

David Bowie: el reformador del rock

Los biógrafos de Bowie ─que van del esclarecedor Christopher Sandford al cardinal Paul Trynka y del insustancial Mike Evans a la pueril Wendy Leigh─ se han dado vuelo contando mitos, leyendas y, por ahí, una que otra verdad sobre el músico de Brixton.

Una y otra vez, nos han enumerado los detalles que, luego, en dosis raquíticas, terminarán reproduciéndose en casi todos los diarios y revistas especializadas. Y a fuerza de repetirlo, ya nos sabemos el popurrí de memoria: que Mick Jagger no fue sólo su amigo entrañable, sino también su amante más crápula y celoso; que cuando Bowie le produjo el álbum Raw Power a The Stooges, se entregó a interminables y guarras cornucopias sexuales con Iggy Pop.

O que el viejo Bowie ─arropado por una apariencia aristocrática─ alcanzó una levítica ancianidad leyendo con embeleso a Truman Capote y con idéntica estupefacción a Saul Bellow.

Lo cierto es que Bowie ─tan deseoso de que su nombre quedara tatuado en la memoria histórica del rock─ fue un egotista que, desde muy joven, logró distinguir el camino hacia el que deseaba dirigirse: él mismo

Y para destacarse decidió hacerlo por caminos atípicos. No es gratuito que haya sido el primero en subirse, con otros músicos estrafalarios, al escenario de las primeras estridencias.

Así, en diferentes momentos de su carrera, a nadie le sorprendía verlo en compañía de las celebridades del momento: Cher, Tina Turner, Pet Shop Boys, David Gilmour o Arcade Fire.

Desde el principio, el aristocrático público de Londres ─envenenado de té y sentimentalismo beatlemaniaco─ recibió con extrañeza y desconcierto a este músico con dotes de mutante.

La semblanza de su vida

¿Cómo que andrógino? ¿Un extraterrestre sobre tacones? ¿Y esa cabellera larga y rutilante? ¿De dónde obtiene su enloquecida inspiración? Ante semejantes cuestionamientos, Bowie decidió responder con discos anómalos y originalísimos, plétoras de rebosadas consonancias sonoras.

Si el músico defendía un precepto era justo ese: manejarse con discrepancia ante todo. Un día componía canciones en honor a ciertas musas galácticas, como “Space Oddity” y, más adelante, nos obsequiaba un paisaje de alienaciones cósmicas, como en “Starman”

Pero como también era un tipo sentimental, un poco después, aparecía con letras de maestros y gurús que se ponen demasiado tiernos con sus acólitos. ¿No eran esos ya demasiados cambios?, se preguntaban los estupefactos comentaristas.

¿Acaso Bowie, gran lector de literatura, se había propuesto seguir la pomposa fórmula del poeta D’Annunzio? “O renovarse o morir”. Cabe la duda. Y como no pensaba en morir ─o al menos no en ese momento─, el tipo se pasó la vida permutándose en personajes, como todo un histrión.

Su búsqueda obsesiva por la singularidad lo llevó a transitar de la curiosidad a la rareza y del esnobismo a la egolatría. Pero aunque exteriormente se decía un portavoz de lo venidero, lo cierto es que interiormente fue un conservador que cultivaba manías ancestrales con un propósito bien definido: catapultarse hacia la posteridad.

Y en consonancia con eso, lo veíamos recorrer el mundo en busca de momias y esqueletos, de imperios y civilizaciones muertas o disminuidas para aderezar su arte. Infatigable y elegante, el compositor e intérprete británico se paseó por todos los puntos del planeta en busca de alguna singularidad que le sirviera para su música.

Por un lado, coleccionaba máscaras, visitaba médiums y taumaturgos; y por otro, escalaba pirámides mayas o trepaba hasta lo más alto de la meseta tibetana.

Y una vez ahí, colocado en lo más alto, Bowie miraba soñadoramente hacia la vía láctea y se pregunta sobre la Life on Mars

Este músico reformador, sin embargo, a veces solía comportarse como un anticuado que se escandalizaba frente a un centenar de mandíbulas mascando en un restaurante de lujo. Tal como un día se lo confesó a su amigo Reeves Gabrels, estupendo guitarrista, y que a la muerte de Bowie terminaría hospedado en The Cure. Aunque el mismo Bowie era un extravagante, curiosamente no toleraba las excentricidades del vecino. ¡Y menos aún si eran anacrónicas!

David Bowie: el reformador del rock

De hecho, tergiversan radicalmente a Bowie quienes suponen que el tipo quería, en algún punto de su apuesta artística, retornar hacia el pasado. Nunca. No fue un hombre interesado en las retrospectivas.

Y cuando llegaba a asomarse hacia lo acaecido era sólo para recuperar una o dos nostalgias musicales para incluirlas en sus letras, pero nada más.

Su mirada siempre estuvo puesta en el futuro. Como Orfeo, Bowie todo el tiempo caminó hacia adelante

Incluso, cuando se caracterizó de vampiro, Bowie no estaba pensando en Nosferatu ni en Drácula, que le parecían personajes folclóricos, sino en un vampiro posmoderno y glamuroso que vestía trajes Yves Saint-Laurent y calzaba intachables zapatos Armani.

Debido a ello, jamás congenió con Peter Murphy, a quien consideró “un sujeto anquilosado”. Por más que intentó seguir los pasos de Bowie, el exvocalista de Bauhaus ─que le consagró homenajes y distinciones ad infinitum─ jamás consiguió la anuencia de David.

Lo que es más, hasta su muerte, Bowie siguió pensando que Murphy montaba puros números anticuados y epilépticos, agobiados por una egomanía y un narcisismo incontinente que, una y otra vez, caía en el refrito

Y tenía razón: Murphy ─hasta hoy─ continúa suspendido en su trasnochado vampirismo y, de ser un epígono de Bowie, se ha transformado en un desgarbado bufón que, extraviado el pudor, se soba la panza en el escenario y eructa ante el micrófono, ya más parecido al engendro de Frankenstein. ¡Horror para el mesías alienígena, David Bowie, cuyo anhelo estaba en el porvenir y no en la decadencia!

Algo semejante pensaba de Bowie del suicida Ian Curtis y de sus herederos de New order: el rock puesto en barata, transformado en pintoresquismo gótico y, luego, en synthpoperismo de “madriguera”

Todos estos ángeles fatales, insomnes y sonámbulos, esas mescolanzas entre luciferinas impregnadas con cierta metafísica y propensiones cirqueras, la vanguardia musical como autopropaganda y sensacionalismo, le erizaba la piel al modernísimo Bowie, quien también dejó su bastardía en tipos como Marilyn Manson y Lady Gaga, que no dudaron en que se reclamaron sus herederos.

Bowie: el reformador del rock

Tras la muerte de Bowie, ocurrida hace un par de años, no podemos alejar la sospecha de que su jugada artística y musical estaba perfectamente meditada y concentrada en lograr, más que la tan cacareada innovación, el contraste: la diferencia. Y de ser así, ya Carl Schmitt nos advertía que “las diferencias se difunden activa y agresivamente”.

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Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla

Ricardo Sevilla (1974) es un tipo contestón y polemista. Maneja un go card y practica el periodismo y la ironía con la pasión de un luchador enmascarado. El retrato literario es uno de sus géneros favoritos. Twitter:  @sevillacritico . facebook: https://www.facebook.com/ricardo.sevilla.524