Cartas a mi amigo Antón XII Cartas a mi amigo Antón XII
Querido Antón, el Mundial empieza a escasear. Es como cuando se empiezan a terminar los hielos y los refrescos en la fiesta y sólo... Cartas a mi amigo Antón XII

05 de julio

 

Querido Antón, el Mundial empieza a escasear. Es como cuando se empiezan a terminar los hielos y los refrescos en la fiesta y sólo quedan unas cuantas cervezas y botellas a medio beber. No queda sino un sentimiento de tristeza mezclada con felicidad. La persona que te invitó se fue hace horas y sabes que es cuestión de tiempo para que llegue el dueño del departamento, se dé cuenta de que no te conoce y te corra junto con tus amigos. Los mexicanos, aun cuando ya no estamos en el Mundial, creemos que el futbol es una fiesta que no se termina hasta que se termina. Nos tienen que echar prácticamente a patadas. Nos gusta ir al Mundial a cambio de nada. Acaso sea por un par de cervezas o para pasar el rato con unos cuantos desconocidos. Nosotros no viajamos al Mundial para ser campeones del mundo.

Han pasado ya unos cuantos días desde que Brasil nos eliminó y aún persiste un dejo de tristeza en la ciudad. Claro que ya no es tanto como aquella mañana en la que incluso pensé que la eliminación de México había sido mi culpa, pues un día antes me había ido a cortar el cabello. Todos sabemos que en el Mundial cualquier vuelo de mariposa puede alterar el curso de un balón al otro lado del mundo. Seguramente, pensé, ha sido ese mechón de cabello que me cortó el barbero la razón por la que no entraron los balones de Layún. Sobre todo porque solemos pensar que los futbolistas no cometen errores en los Mundiales. Pero si hay médicos que se han equivocado en alguna cirugía, ¿por qué no habría futbolistas que fallan un tiro al arco?

A ratos he pensado, Antón, que la vida no vale nada es una estrofa apócrifa de nuestro himno nacional.México está en ruinas desde hace años. Cuando inició la ridícula Guerra contra el narco de Calderón, creímos que ya no podía haber más muertos. Sin embargo en el 2017 hubo un asesinato cada 19 minutos. A la fecha además hay incontables fosas y cementerios clandestinos. El país está prácticamente en ruinas, pero por fin llegó un cambio de régimen. En la Selección la historia no es muy diferente. Parecía que todo estaba bien, pero no. El equipo se fue a tu país sin convencer, jugando sin un estilo, como los mismos vicios de siempre. La Selección solo pateaba la pelota y a sacaba resultados como fuera. Ganar perdiendo, dirían algunos. Hoy la patria y la selección están en ruinas. Y no hay mejor momento para empezar a construir.

En las calles se pueden ver aún letreros de “Viva México, cabrones”. Banderas y playeras de la Selección que todavía ondean. Es difícil saber si son los restos de una patria, el puro vestigio de lo que no fuimos, o si en realidad es un imperativo. Un levántate Lázaro y anda. O quizá esos letreros que cuelgan aún están entre el pasado y el porvenir. Quizá están en el presente.

Nuestra selección es modesta. No tenemos jugadores en grandes equipos internacionales. Nuestra mayor promesa es un chavito de 22 años que apenas fue campeón en el PSV, y nuestro jugador más caro creo que es el Chicharito: un jugador que triunfó a base de fracasos en varios equipos grandes con sus heroicos goles de nariz, joroba, buche y nenepil. Sin embargo, en México nadie duda de que nuestros jugadores corran y tengan entregan. De hecho son grandes soñadores; se quieren comer el mundo a puños. Lamentablemente eso no es suficiente. Tenemos que aprender a definir: Contra Brasil, los jugadores mexicanos llegaban hasta la puerta del área, pero por algo consiguieron únicamente tres goles. Al mexicano no le pesa el trabajo duro, le cuesta únicamente concretar: cuando había que tirar a puerta, los jugadores gambeteaban; cuando había que gambetear, tiraban a puerta. Cuando el compañero estaba solo, trataban de esquivar a dos defensas; cuando el compañero tenía encima a dos defensas, se la pasaban.

Si lo pensamos quizá no seamos los únicos a los que les pasa. Hablando de política y futbol. Cuatro años dura la espera del Mundial y bastaron tan sólo cuatro días para que Argentina, España, México, Colombia quedaran fuera. Sólo Uruguay puede mantener viva nuestra lengua en tierras Rusas. Curioso que sea el país más chiquito el que más a resistido. Por eso ya estoy aprendiendo a cebar mate a la uruguaya. Porque seguramente tenemos que aprenderles dos o tres cosas más. Mañana, cuando leas esto, ya sabremos si ha valido la pena aprender a cebar mate.

El futbol es una de esas utopías en las que las fronteras no existen. Uno puede escoger de pronto, por ejemplo, ser uruguayo. Pero incluso, si ya no llegan a quedar hispanos, uno encuentra similitudes con algún país árabe, africano o europeo. Al final, el futbol nos ayuda a darnos cuenta de que puede que no seamos tan diferentes a pesar de las nacionalidades, razas, religiones o tendencias políticas. Sin embargo, nada sería más triste para mí que ganará Suecia, por ejemplo, pues si me preguntan por qué lo apoyaba sólo me quedaría responder que pues porque en ese país juegan futbol. Si gana Suecia no es algo para llevarse un disgusto, pero tampoco es algo como para alegrarse. Al menos no en este lado del charco.

Por eso depósito más expectativas en Uruguay. Así como en algún momento le quisimos aprender a Mujica una que otra cosa sobre honestidad, humildad y política, deberíamos hacer con el maestro Tabárez. El maestro Tabárez anda como un mesías con su cayado arreando jugadores por el buen camino. Pero no es uno de esos mesías que abren mares por la mitad, sino uno de esos a lo que te sientas a escuchar cuando habla sobre los beneficios de comer cebolla o de por qué es bueno tomarse una copa de jerez por la mañana. Para ti no tiene sentido nada de lo que dicen, pero los escuchas con atención, porque sabes que en algún momento de tu vida lo que dicen tendrá sentido como muchas otras que de niño no la tenían. Desde hace tiempo le escuchamos sentencias filosóficas en las salas de prensa: “El fútbol no es lo más importante, pero es un vehículo para llegar a las cosas más importantes”, “tenemos que tener cuidado cuando nos consideramos únicos en algunas cosas”. Incluso ha inculcado reglas que antes se consideraban pilares de la civilización y que con los años se olvidaron como el latín o el griego clásico. Decir, por ejemplo, buenos días antes de hablar ante la prensa, dar las gracias a los meseros, no utilizar el celular durante las comidas o, incluso como alguna vez te reclamó tu mamá, llevar los platos a la cocina. Cosas que forman parte de la rutina de los seleccionados uruguayos y de cualquier persona medianamente decente. A mí, me parece, es una buena manera de empezar a reconstruir el país y la selección. mexicana.

Redacción Horizontum

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