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Cartas a mi amigo Antón VII Cartas a mi amigo Antón VII
La semana pasada todos salimos llorando de aquella parrilla argentina. Hoy, afortunadamente, todos hemos salido llorando de la parrilla argentina. Cartas a mi amigo Antón VII

26 de junio

Querido Antón,

aunque creí que no lo lograría, al final pude levantarme para ver el partido de Dinamarca-Francia. Sin embargo, me quedé dormido como un bebé en el sillón a los quince minutos. Por un momento creí que en medio de bostezos había quitado el sonido sin querer, pero luego descubrí que el partido simplemente había sido soporífero. La buena noticia es que no ha pasado nada durante la contienda y por mi parte he descansado bastante bien. Además, en el otro partido, Perú se cobró por fin los dos goles que el Mundial le debía. Un poco desabridos para los andinos por su inutilidad, pero a final de cuenta nadie rechazaría un buen gol durante el desayuno.

Otra historia ha sido esta tarde de tango y no hallo palabras para explicarla, pero lo intentaré: pongamos al mejor marinero del mundo en un barco durante una semana. Su camarote está lleno de ratas que constantemente le roban la comida y que además no dejan de mordisquearlo por las noches. Una tarde cae una tormenta y el barco se hunde. Nadie sobrevive. Sólo el marinero que ha logrado aferrarse milagrosamente a un tablón. Ahí pasará la siguiente semana, masticando un trozo de cinturón para engañar al hambre, sediento y rodeado de litros y litros de agua impotable. De pronto, como si aquello no fuera suficiente, una tormenta lo vuelve a arrastrar por todo el océano. Traga bastante agua de mar y los pulmones se le queman por la sal, pero al final, nuestro marinero llega a alguna orilla desconocida en una isla desierta. Entonces podemos preguntarle si después de toda esta travesía diría que es feliz y estoy casi seguro de que responderá con un contundente sí. De la misma manera ha sido la victoria argentina de hoy: una agonía de la que parecía prácticamente imposible que alguien se salvara.

En medio de toda esta milonga, un montón de desconocidos nos reunimos de nuevo en la parrilla argentina y hemos pedido que Messi fuera Messi y que Higuaín no fuera Higuaín. Todos juntos hemos orado con un clásico “sí se puede” antes de empezar a comer, si es que se le puede decir comer a todos esos trozos de comida con los que nos hemos atragantado frente a los embates nigerianos. Aquel trozo de choripán, por ejemplo, que se me ha pasado entero por el tracto digestivo cuando el árbitro marcó un penal.

¿Recuerdas, querido Antón, nuestros cursos de filosofía en la facultad? Recuerdas cuando leímos que Heidegger sostenía que el hombre es un ser para la muerte. Pues desde entonces lo he reflexionado y hoy podría decirte que frente a esto, todo futbolista crea, por otra parte, la resurrección cuando mete un gol. Cada gol es entonar ante la muerte un hurra victorioso. Y si alguno piensa que exagero es porque no vio el gol de Marcos Rojo al 86’. Diría Lezama que por no verlo quedó preso de los desastres, del demonio y de los círculos infernales.

La semana pasada todos salimos llorando de aquella parrilla argentina. Hoy, afortunadamente, todos hemos salido llorando de la parrilla argentina. ¿Que los argentinos lloran por igual cuando se pierde o se gana? Por supuesto que sí. Ya lo dijo el gran hincha Olivero Girondo: “Llorar a chorros. / Llorar la digestión. / Llorar el sueño. / Llorar ante las puertas y los puertos. / Llorar de amabilidad y de amarillo. / Abrir las canillas, / las compuertas del llanto. / Empaparnos el alma, / la camiseta / con un gol de Messi. / Inundar las veredas y los paseos / cuando seamos campeones / y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. / Asistir a los partidos de la albiceleste / si se gana, si se pierde /, llorando. / Festejar los cumpleaños familiares, / llorando. / Atravesar la Rusia, / llorando. / Llorar como un cacuy, / como un cocodrilo… / si es verdad / que los cacuyes y los cocodrilos / no dejan nunca de llorar. / Llorarlo todo, /pero llorarlo bien. /Llorarlo con la nariz, / con las rodillas / con el escudo en la mano. / Llorarlo por el ombligo, / por la boca. / Llorar de amor, / de hastío, / de alegría. / Llorar de frac, / de local o visitante. / Llorar improvisando, / de memoria / cada gol, cada derrota. / ¡Llorar todo el Mundial y todo el día!

 

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5 de junio

Con estos resultados en la fase de grupos, no debería sorprendernos si vemos a Italia en octavos de final. No hay quiniela que vaya a soportar de pie esta fase de grupos. Seguramente, y que bueno, los que se han llevado las bolsas hayan sido los mismos que constantemente confunde a Cristiano Ronaldo con Ronaldo Nazario. Los equipos que son nadie han puesto contra las cuerdas a las grandes potencias, y justo cuando creíamos que no se levantarían han soltado contraataques que ya han mandado a la lona a varios. Polonia terminó fuera, pero Colombia aún se disputa contra Senegal y Japón. Nigeria e Islandia hicieron que Argentina se arrodillara; Perú, Corea, Panamá y Costa Rica no pudieron poner ni las manos y las silenciosa Inglaterra y Bélgica vienen como tanques blindados dispuestas a derribar todo a su paso. Ni hablar de Alemania, ese titán que no matamos cuando podíamos y que ahora nos persigue para devorarnos.

Con las jornadas dobles del Mundial, más que nunca, sentimos que una vida no es suficiente para sacar los pendientes. Es cuando más difícil se vuelve llenar oficios, recoger a los niños de la escuela, e ir al súper sin perderte un Irán-Portugal o un España-Marruecos. Quizá por eso antes de cada Mundial deberíamos tomar clases de budismo, yoga o cualquier otra cosa que nos enseñe a desprendernos de las mundanerías de la vida aunque sea por treinta días. Hasta el momento van dos semanas y no lo he logrado. Sigo intentando continuar con mi vida en plena gesta mundialista. Pero cuánto más puede resistir un hombre citadino con este ritmo de vida. Corriendo de la casa a la oficina, tomando taxis y bicicletas, para, con suerte, perderse solo los primeros cinco minutos de un partido. Quizá la duración del Mundial sea la medida exacta que aguanta el cuerpo antes de colapsar como pulmón de minero.

Por lo mismo pienso con envidia y con cierta nostalgia en que la edad de oro de nuestro tiempo son aquellos lugares en los que uno puede pasar la tarde frente a la cancha, echando la reta con unas caguamas y, al final, por pura casualidad darle el trofeo a alguno de los equipos que siga jugando al caer la tarde.

No sé si te hayas enterado, querido Antón, pero Cristiano Ronaldo falló un penal: que alegría.

 

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24 de junio

Esta mañana Inglaterra masacró a Panamá. La paliza de seis a uno me pareció excesiva. He tenido que desayunar un par de cervezas a las siete de la mañana para poder soportar el partido. Y sin embargo, a diferencia de mí, más de un panameño se ha puesto contento porque su equipo logró anotar el primer gol en una contienda mundialista. Una alegría que me parece lejana y que, sin embargo, todos hemos sentido alguna vez.

Recuerdo que en la secundaria un amigo se peleó contra uno de esos bully de los que ya hemos hablado. Y por pelear me refiero a que recibió una tremenda paliza. Mi amigo era de esos a los que le echaban bronca siempre en el recreo por el mero hecho de gustarle cosas que a otros no: anime, rock indie y matemáticas. Una tarde lo encontré en el baño mientras se enjuagaba la boca llena de sangre. Sobre el lavabo tenía uno de sus dientes.

¿Qué pasó?, le pregunté.

El simio de Fuentes me soltó un puñetazo en la quijada.

Vaya, lo siento mucho. ¿Quieres que vayamos a la dirección o algo?

Que va, si me ha hecho el día. Me tiró un diente cariado que me estaba matando de dolor desde hace un par de semanas, me dijo.

Ese tipo de alegría creo que es la que sintieron hoy los panameños. Incluso puede que haya sido superior a la de Kane y sus tres tantos.

Por otra parte Colombia ha ganado sin miedo. Dominó la cancha y desde el minuto 40 se puso arriba. Me tranquiliza un poco esta victoria, pues espero que Pékerman haya roto la maldición del entrenador argentino. Esperemos que sea el primero de los cinco técnicos argentinos en ganar un partido y que detrás de él venga muy de cerca Sampaoli con la clasificación de la albiceleste.

Déjame contarte, Antón, que con tanto himno en el Mundial no sólo he regresado incontables veces en mi mente a aquel patio de la secundaria. También he regresado a los salones y a sus clases de matemáticas. Podría decirte que incluso en los últimos días varios mexicanos ya nos hemos inscrito en cursos de regularización. Queremos entender las eliminatorias, pues al parecer la ecuación del equipo nacional es bastante complicada. Sólo algunos ingenieros náuticos la han podido descifrar. Y aunque nos han dicho que son puras matemáticas y aunque han hecho gráficas, esquemas y desgloses para que el resto podamos entender, la mayoría de los tenochas seguimos aferrándonos a viejos rituales como no lavar la playera, no cambiarnos los calcetines o poner un Vela de cabeza. Es cierto que la suerte no ha jugado para México. Que lo nuestro hasta el momento ha sido puro trabajo y esfuerzo. Pero no está de más tener siempre un cambio preparado en la banca.

 

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23 de junio

He descubierto que el mejor invento es, al menos para los mexicanos, la máquina portátil de hacer tortillas. Al parecer este pequeño artefacto ha logrado lo que ningún psicólogo, sociólogo o brujo pudo. Neutralizar el famoso síndrome del jamaicón. Los jugadores mexicanos han estado de buen ánimo y felices desde que llegaron a Rusia y, más sorprendente aún, se mantienen así. No sólo comparten tiempo con sus familias, entrenan sin distracciones y hasta se ponen en su tiempo libre a hacer tortillas como nuestro capitán Andres Guardado. Más sorprendente aún es verlos sonriendo todavía. Un evento insólito: un Mundial sin mexicanos que sufran. Dicen los centros migratorios de Rusia que incluso cada vez llegan más y más mexicanos a la gran fiesta mundialista. Y lo hacen sin boletos para los partidos ni hotel y lo hacen además sin importarles que vayan a dormir en las calles de Rostov. Es decir, por primera vez viajaron para estar con los suyos en la felicidad y no en la derrota. Y la única razón lógica que encuentro es esa pequeña máquina de hacer tortillas que todos llevan en sus maletas. De haber sabido que para hacerle frente al síndrome del jamaicón bastaba con cargar una mochila por todo el mundo donde cupiera la patria, que es lo mismo que decir chiles y tortillas, seguramente ya llevaríamos dos o tres Copas del Mundo.

Por otra parte, querido Antón, debo reiterarte que en este Mundial me he vuelto un hombre bastante religioso. Hoy nuevamente me he despertado temprano para rezar frente al televisor. Le he pedido a dios que hiciera su voluntad: que ganara México o que perdiera Corea y, al final, como pocas veces, me ha escuchado. Además pude ver el partido tranquilo, pues varios compatriotas estuvieron de manera responsable con un ojo en el partido y otro en el gobierno federal cuidando que no nos fueran a privatizar la piña en los tacos al pastor o, peor aún, las salsas. Afortunadamente los fanáticos podemos confiar en los intelectualizadores que cada cuatro años incansablemente hacen guardia durante dos horas para que no privaticen nuestro patrimonio cultural. Nosotros, los salvajes, por otra parte, cuidamos que esa felicidad redonda no se salga del televisor.

Después de la victoria de México frente a Corea, el sueño de ser campeones del mundo está  más efervescente que una Cocacola con Mentos. Incluso parece prudente seguir los consejos de Javier Hernández, nuestro John Lenon contemporáneo, que días antes que no se dejó amedrentar por las preguntas excesivamente reales de Faitelson. Con esto quiero decir que aún hay gente con costumbres tan salvajes como la de despertar a los soñadores. De zangolotearlos y agitarlos hasta que se caigan de la cama: en una entrevista que Faitelson le hizo a Chicharito parecía que no sólo quería enterrar de una vez por todas a la esperanza nacional, sino que quería apisonar y amacizar la tumba, diciéndole “ahí te quedas, de aquí ya no sales”. Afortunadamente Chicharito ha estado especialmente brillante en las últimas semanas y no ha dejado de maravillarnos con un sinfín de frases que ya han pasado a los libros de filosofía tenocha: “Esto es de todos!! Se juegue o no!!”, “El mundial es una competencia y competir es del ego. Yo sé quién soy y no me define una competencia pero el ego es mi contrincante y por eso prefiero ganar!” o por ejemplo el famoso mantra que no dejamos de repetirnos: “Imaginemos cosas chingonas”. Quizá por eso hoy, al ver al Chicharito cantando el himno nacional nos hemos conmovido como pocas veces. Quizá también sea porque hace años que los mexicanos no cantábamos con el pecho hinchado de alegría en lugar de hacerlo para alegrar nuestros corazones.

Por otra parte hemos descubierto esta mañana, querido Antón, que sin duda los coreanos destacan a nivel mundial en el taekuando, pues como buenos pateadores le dieron a todo menos al balón. Frente a esto, el mejor defensa fue nuestro atacante estrella, pues incluso hubo un momento en el que Hirving Lozano se aventó literalmente a las patadas coreanas para evitar los goles. Lo bueno es que sacamos el resultado y todo va viento en popa. Es más, te das cuenta, querido Antón, que en México hay una generación de niños que crecerá creyendo que México siempre gana en los Mundiales. Quizá nosotros los adultos seamos incapaces de creer en la frase de Chicharito y hasta nos dé risa; quizá su mensaje nos parezca ingenuo porque no iba dirigido a nosotros; quizá sean los niños los que a partir de ahora imaginen cosas chingonas. Y eso está chingón.

Ha de ser difícil ser Alemania y tener a todo el mundo por enemigo. Incluso las estadísticas están en su contra, pues éstas dicen que los dos últimos campeones del mundo han sido eliminados en fase de grupos. Pero Alemania es Alemania y no debemos estar tranquilos hasta que, ya no digamos la hayamos liquidado, sino hasta que esté bajo cinco metros de tierra con tres toneladas de mármol encima. Solo así puedes estar medianamente tranquilo de que no te va a ganar. Le pasó a Oberyn Martell contra Gregor “la Montaña” Clegane en Game of Throne y le puede pasar a México en el Mundial. Por eso siempre es bueno que un pájaro te cague en la cabeza como me ocurrió hoy. Sobre todo cuando estás teniendo un espléndido día como yo con el partido de Corea. Algunos pensarán que es una manera en la que tu mañana puede quedar arruinada, pero en realidad deberíamos estar agradecidos. Pocas veces el universo se toma la molestia de recordarnos que no hay que tomarnos la felicidad demasiado en serio. Que la vida está llena de mierda. Por eso si te caga un pájaro habríamos de dar gracias. Así cuando nos demos de frente contra la realidad de nuevo, la cosa no será tan mala. Por eso deberíamos estar agradecidos por aquel gol de Alemania al minuto 94, aunque nos deje fuera del Mundial.

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Redacción Horizontum

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