Cartas a mi amigo Antón V Cartas a mi amigo Antón V
Querido Antón, no hay felicidad que sea perfecta. Siempre habrá una gota de desgracia que lo oscurecerá todo. Esta mañana me he despertado pidiéndole... Cartas a mi amigo Antón V

21 de junio

Querido Antón, no hay felicidad que sea perfecta. Siempre habrá una gota de desgracia que lo oscurecerá todo. Esta mañana me he despertado pidiéndole sólo una cosa a la fortuna. Que ganara Argentina, por amor a Messi, exclamé y Samuel Zepeda me reprendió inmediatamente. ¡Ahorita andamos con Perú! Y cuánta razón: es en los momentos difíciles cuando todos los pequeños debemos estar más unidos que nunca. Aunque sea a través de una televisión. De cualquier forma no ha servido de nada. Tú mismo has visto el resultado de este día.

Me siento triste por los hermanos peruanos que se marcha del Mundial sin siquiera haber metido un gol. Un gol que supiera a gloria. Cierto, aún les falta un partido por jugar y ahí pueden marcarlo. Pero seamos sincero: eso está muy lejos de lo que hubiera sido un gol que supiera a triunfo mundialista. Un gol con sabor a “nosotros también podemos ser campeones del mundo”. Sobre todo porque a veces un gol es más que un gol. Incluso es más que una victoria. Ya no digamos obtener un triunfo: hablo de sólo un gol. A veces el gol es la consagración de un mundo mejor: es creer por un momento que todo está bien, que de repente todo es posible, que treinta y seis años no son nada, y en caso de que sí hayan pesado, un gol hace que valgan la pena. A veces sentimos que la vida se puede definir en un instante extraordinario y, aunque esto no sea verdad, sirve para sobrellevar el día a día, un mes o incluso el resto de la vida. Me mantengo optimista con esta derrota de Perú: quiero pensar que si el Mundial nos une a todos los humanos, al terminar nos seguirá uniendo la derrota. Una de las casi nulas ventajas de que haya sólo un ganador.

Otro que no ha logrado meter un gol ha sido Argentina. Varios me propusieron que apostáramos algunas cervezas o una comida, pero, hasta yo lo sabía: ir con Argentina no era una inversión prudente ni favorable. Lo sabía, mas no me la creía. Quizá por eso aposté a favor de Argentina.

Porque en la vida hay pequeños actos sin sentido que le dan todo el sentido a la vida. Como aquellos pantalones que compraste y que nunca usas porque al final no te quedaron. Y aun así los guardas en el fondo del clóset porque sabes que si los tiras, perderías el norte. Un día dejarías de pensar en la dieta. Una dieta que nunca has hecho pero que te sirve de recordatorio cada vez que quieres un plato de pasta   a la boloñesa extra. Si tiras esos pantalones empezarías a engordar más rápido de lo que lo hubieras hecho de haberlos guardado. Y de pronto, sin darte cuenta, tendrías gota, colesterol alto y, finalmente, un infarto fulminante. Y todo por no guardar esos pantalones que nunca te quedaron. Por eso voy con Argentina aunque eso no tenga ningún sentido. Porque de qué serviría ver la Copa del Mundo si pensara que de cualquier forma Messi jamás la va a levantar. Mejor, entonces, olvidémonos de este asunto y démosela de una vez por todas la copa a Trinidad y Tobago.

Tanto creía que Argentina podía ganar que incluso me pareció buena idea ir a comer a una parrilla argentina con un amigo. Qué mejor opción para gritar un gol de Messi que en medio de un montón de argentinos. Lamentablemente entramos en busca de la felicidad y terminamos saliendo entre lágrimas. ¿Fue por empatía, amor a la camiseta albiceleste, admiración a Messi? No lo sé, sólo puedo decir que cuando he visto a la dueña y su esposo rotos en llanto, yo también me he venido abajo. Incluso me di cuenta de que si tuviera un hijo de seis años no sabría explicarle esta derrota. No sabría cómo explicarle que los héroes, ya no digamos sangran o se rompen huesos, sino que mueren brutalmente. Cómo le dices a alguien que luce tan pequeño y frágil que los hombres más grandes, esos que uno admira toda la vida, se duelen hasta el alma como cualquier otro. Cómo decirle a un niño que en esta vida nadie llega a ser totalmente feliz. Ni siquiera Messi. Simplemente me parece una lección demasiado dura para esa edad. Yo ni a mis veintiséis lo he podido asimilar del todo.

Aquella tarde, la tribuna, la parrilla y el mundo se encogió, se hundió en un silencio profundo. Un silencio que a ratos fue llanto. Nadie puede explicarse a la fecha los errores de Caballero. Pero espero que Siberia le parezca un lugar acogedor para vivir, porque sin duda jamás podrá volver a salir a la calle. Mucho menos volver a Argentina. Aún recuerdo la expresión de la dueña de la parrilla cuando le pedimos la cuenta y se me eriza la piel.

Que arquero tan boludo.

No va a poder regresar al país, comentó mi amigo, medio en broma.

Lo van a matar, respondió. Pero lo hizo con tal frialdad que por un momento  creo que ella misma sería el sicario.

Sólo espero que nadie culpe a Messi. Porque ni siquiera Dios es capaz de escapar a una marca de seis croatas. Es más, si Dios no se dedica de manera profesional a jugar al futbol, es porque le da miedo quedar en ridículo frente a Messi. No hay quien pueda atraparlo. La única manera en la que Messi frena es cuando el balón está clavado al fondo de la red. Claro, cuando no tiene que cargar con otros 10 argentinos que se hacen llamar sus compañeros de selección. A pesar de eso, creo que como dictaron las escrituras, no falta mucho para que el pueblo rioplatense mande crucificar al Messias a pesar de que ha venido para salvar, no solo a los argentinos, sino a todos los hinchas del fútbol.

Total, querido Antón, que hoy me he despertado implorando una alegría y nadie me ha escuchado.

Redacción Horizontum

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