Cartas a mi amigo Antón II Cartas a mi amigo Antón II
Mi muy querido Antón, la vez pasada dejé muchas cosas por decirte en el teclado y ahora tengo aún más por decirte. El Mundial... Cartas a mi amigo Antón II

15 de junio, 2018

Mi muy querido Antón,

la vez pasada dejé muchas cosas por decirte en el teclado y ahora tengo aún más por decirte. El Mundial por fin empezó y qué manera de empezar. Si mi olfato no me falla, la competencia entre Egipto, Rusia y Uruguay será muy reñida. De Arabia Saudita mejor ni hablemos. Pareciera que el equipo sólo viajó a Rusia para quemar gasolina de avión. Lo que es tener infinidad de pozos petroleros. En fin, habrá que irlos despidiendo. Hasta pronto, árabes, gracias por participar.

¿Por otra parte has visto el partido de Uruguay? Donde ponían el ojo, no lograban poner la bala. El pistolero Suárez estuvo bastante desconcentrado. Parecía que los fantasmas de los mundiales pasados lo acechaban. Y no era para menos. Todos estamos a la expectativa de que haga por tercera vez consecutiva alguna pifia. Con esto no quiero decir que Lucho sea una mala persona en la cancha. Simplemente sabe que los verdaderos pistoleros no son como los pintan los westerns de Jaligud. Sabe que a veces uno tiene que hacer cosas desagradables que normalmente no haría; mancharse las manos haciendo cosas de las cuales esperas que tus hijos nunca se enteren. Patear al rival, meter mano para impedir un gol o soltar una mordida, por ejemplo. Pero sin duda en este partido a Suárez le faltó colmillo. Ese que todos los niños de Uruguay le pidieron que no usara. Pero a fin de cuentas un lobo es un lobo y no puede negar su naturaleza sin traicionarse a sí mismo. Quizá por eso le faltó gol. Afortunadamente, Suárez también sabe que si vas a tener un duelo al amanecer siempre vale la pena tener a alguien que te cubra la espalda. Como Giménez que metió ese gol que tanto se le negó a Luis Suárez y Cavani. Un héroe al que no le importó demostrarnos en la zona mixta que el protagonista del western también puede llorar por el simple hecho de que todo salió bien. No era para menos: en la vida a uno pocas veces le salen, ya no digamos bien, sino como las espera.

Sin embargo, los charrúas empiezan a ganarse el mote de agua fiestas con su particular manera de ganar partidos mundialistas, esa manera “uruguaya”. Ya sea echándoles a perder la fiesta a 200, 000 almas cariocas en el Maracaná o simplemente tirándole el pastel de cumpleañero de Mohamed Salah. El único que por cierto no pudo jugar en el día de su cumpleaños. Pero a pesar de que la victoria fue latinoamericana, el peninsular Sergio Ramos sigue siendo el enemigo más odiado de Egipto. No quisiera ser Ramos y tener que cruzarme con Egipto en las eliminatorias.

Otra historia fue el partido de Marruecos contra Irán. Fue un partido del que no se esperaba mucho y en el que nadie se hizo daño. Un preámbulo de 95 minutos para un espectacular golazo de palomita. Lamentablemente, fue en puerta propia. ¿Error o un gesto de amabilidad? Quizá Aziz Bouhaddouz simplemente haya querido regalar a la tribuna una pequeña alegría en un gesto de agradecimiento hacia el público que fue a verlos jugar. Lamentablemente sólo los de Irán salieron contentos del estadio, pues por más que lo intentes nunca puedes quedar bien con todo mundo. A veces, —habrá pensado Aziz— es mejor ser un buen anfitrión y hacer que los invitados se lo pasen de lo mejor, aunque al otro día te toque recoger todo el desastre de la casa.

No quería hablar de esto, pero es inevitable. ¡Has visto la tremenda joya que nos regaló el Mundial, querido Antón? Cómo puede retomar uno la vida después de tremendo despliegue futbolístico. Hemos visto a un titán enfrentarse a uno de los cuatro mejores equipos del mundo. Y no es por quitarle mérito a la Roja, sobre todo por la delicada situación del casi inexistente cuerpo técnico. Muchos esperábamos que el porrazo de billetes del Real Madrid tirara abajo a la selección española. Pero al parecer han logrado sobreponerse. Nos han hecho recordar a esos viejos equipos de los años 30 y 40 en donde la figura del entrenador era secundaria. Ahí los que verdaderamente mandaban eran los jugadores y, en lugar de seguir complicadas fórmulas, se dedicaban a hacer lo que sabían hacer: jugar al fútbol. De la misma manera los jugadores han tomado las riendas del partido y han jugado a lo que saben. Habrá que ver cuánto dura este democrático equipo en la gesta.

Sin embargo, no es de extrañarse que el partido haya sido una verdadera pieza de orfebrería. Toque a toque fueron dándole forma al partido y, a pesar de los destellos de genialidad, nunca se desesperaron, nunca abandonaron la pieza artística en la que trabajaban a un desenfrenado golpeteo de genialidad. Lentamente lijaron cada espacio del campo, buscando la belleza más que forzándola. Y todo esto a pesar de que se fueron abajo en el marcador gracias al clavado más rápido en los Mundiales. Un clavado con el cual Cristiano posiblemente quería cobrarse esos dos años de cárcel y el pago de 18,9 millones de euros que le imputó la justicia española.

Y nunca sobra mencionar a Iniesta, querido Antón. Tú mismo lo has dicho: si el mole se lo debemos al sincretismo entre España y tenochas, no hay razón para que ambas selecciones no compartiéramos a Iniesta. Lamentablemente alguna vez Luis Enrique se nos adelantó y proclamó a Andrés Iniesta como patrimonio de la humanidad. Algo que en mi opinión es sin duda lo más justo, pues no me atrevería a negarle al resto del mundo el talento de este manchego.

Otros dos momentos que me han dejado sin palabras, amigo. No sé qué opines tú, pero ha sido una verdadera maravilla de la física el gol de Don Ignacio Fernández. Y le digo así porque mi amigo Ulises me ha reprendido, con toda razón: “pero cómo te atreves a decirle todavía Nacho después de tremendo gol”. Y aquel gol de Cristiano Ronaldo de tiro libre, simplemente una maravilla, que no tenía explicación lógica para mí. Al menos hasta que otro querido amigo, Víctor Hugo, tuvo la gentileza de compartirme su teoría. Desde que Cristiano se preparaba para el tiro libre, me dijo, ya miraba como dice Borges en “El Jardín de los senderos que se bifurca”, “el ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado”.

16 de junio, 2018

Quizá para ti haya sido más fácil ver el partido de Francias y Australia, pero aquí la única manera de verlo era si te ibas a un bar desde el día anterior. Y es que incluso en pleno Mundial es difícil madrugar a las cinco de la mañana en un sábado.  Lo peor fue que el partido no ofreció nada extraordinario más que el uso del VAR por primera vez. Algo que a la mayoría nos tiene sin cuidado y más si siempre hemos estado a favor del BAR: Borracho Assistant Refferee.

En fin, amigo. Te tengo una pregunta que quizá nos acompañe durante todo el Mundial. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Messi? ¿De un héroe?, ¿de una leyenda?, ¿de un sueño? Quizás de todo eso y más. Sí, falló un penal, pero de por sí a Messi le pedimos más que a dios. A estas alturas deberíamos estar agradecidos por el simple hecho de verlo jugar en el Mundial. Dicen que para ser una leyenda del futbol hay que ganar un Mundial o perder una final contra Alemania como hizo la Naranja Mecánica de Cruyff. Y Messi ya lo ha hecho. Si los argentinos no le piden la cura contra el cáncer, es porque aún les debe una Copa del Mundo.

Por otra parte, he descubierto, querido Antón, que Perú y México tenemos muchísimo en común. Y no sólo es porque ambos fuimos grandes imperios antes de la llegada de los españoles. Sino porque en el Mundial siempre nos complicamos las jugadas que prácticamente están resueltas. Perú juega lleno de corazón, pero como dice Clint Eastwood en Million Dollar Baby: “a un boxeador que sólo tenga corazón sólo le espera una paliza”. Algo perfectamente aplicable también en el futbol. Por suerte Dinamarca sólo ganó por un gol y Perú sólo falló un penal tras 36 años de ausencia en la gesta mundialista.

17 de junio, 2018

De los juegos de Croacia-Nigeria no tengo nada que decirte que no hayan dicho los comentaristas. De Costa Rica y Serbia sólo puedo comentar, querido amigo, que a veces de poco te sirve compartir vestuario con Cristiano Ronaldo. Hay genialidades contra las que uno no se puede preparar. Como le pasó a Navas frente al tiro libre de Kolarov. Hay jugadas en el futbol que incluso resultaría grosero impedirlas.

Posiblemente quieras saber qué sucedió en México y sólo te puedo decir, querido Antón, que aquella mañana todos los mexicanos nos sentimos infinitos. Y posiblemente lo fuimos. Sé que apenas fue ayer y que hablo de esto como si ya hubieran pasado milenios. Pero es que hay momentos en la vida que pasan directamente a la vitrina de los recuerdos inolvidables. Sobre todo aquellos sucesos que parecían imposibles y que, cuando ocurren contra todo pronóstico, no queda sino anotarlos inmediatamente en los libros de historia. Por ejemplo, es posible que los troyanos ya hablaban de Héctor en tiempo pasado mucho antes de que Aquiles lo matara, porque sabían que tenerlo ahí, caminando entre ellos, era algo único y especial que perduraría por los siglos de los siglos. Así fue la victoria de México.

Desde antes que rodara el balón, se veía que México jugaba de local. Desde la tribuna no dejaba de corearse el “Cielito lindo” y el himno nacional hizo retumbar las tumbas de los zares. ¿Recuerdas, querido Antón, que te comenté lo mucho que envidiaba a tu país por empezar la gesta mundialista con goliza contra un equipo débil? Pues bien, es justo decir que me equivoqué. No hay nada más hermoso que ganarle contra todo pronóstico al campeón el mundo.

Gary Lineker alguna vez dijo que “el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Alemania”. Mkhitaryan dijo que “no puedes estar seguro de una victoria ante un equipo alemán hasta que su autobús se haya ido del estadio”. A toda esta enciclopedia de conocimiento universal quisiera agregar una acepción: “El fútbol es como el ajedrez, pero sin los dados, y hoy México sacó Flor Imperial”.

Por eso aquella mañana fue México fue un puño apretando el cielo. Millones propusieron incluso rebautizar todas las escuelas secundaria técnicas de la república con el nombre de Hirving “Chucky” Lozano, las pancartas que protestaban contra el gobierno las cambiamos por unas nuevas que decían “golazos, no balazos” y más de un marxista desertó para afiliarse al zapatismo. Incluso dos sensores detectaron un sismo en la Ciudad de México que se originó por los saltos de los chilangos durante el gol de México a las 11:32 y mí tía dice que en Noruega los periódicos ya lo llama el “Milagro mexicano”. Es más, con decirte que si todos los mexicanos cumplimos las promesas que hicimos en caso de que México le ganara a Alemania, te juro que en seis meses seremos potencia mundial y desembancaremos a los chinos y a los gringos.

Todo el mundo sueña con ganarle a Alemania. Esa máquina perfectamente aceitada que sólo el invierno ruso puede frena. Pero como es verano, no hay nieve que nos proteja. Por eso cuando México empezó a dominar a la selección alemana creí que justamente estábamos cayendo directamente en su trampa. Los alemanes quieren que te alegres, que saltes del sillón, que te hagas ilusiones para después reventártelas como si fueran un globo. Justamente como le hizo a aquella Argentina en el 2014. Sin embargo, Alemania no contó con que los mexicanos llegamos sin esperanzas ni ilusiones. De hecho, todas las quinielas en el país eran mínimo de Alemania 4, México 0. Un amigo incluso puso un letal 10 de Alemania. Pocos, casi nadie,  dijo que México le ganaría a Alemania, como mi abuelo. Pero mi abuelo está roto por dentro desde hace semanas. Has de saber, querido Antón, que lamentablemente su hija murió hace poco. Pero a veces son las personas que están rotas, las únicas capaces de sacar a México adelante. Fueron esa personas las únicas que creyeron en México. Aquellos que de verdad estaban derrotados. Los que no tenían nada que perder. Esas personas a las que dejó su pareja, a los que los corrieron del trabajo tras pedirle al banco una hipoteca, a los que se les murió su perro. Son ellos los que mantuvieron al país en pie con esa esperanza de quien no tiene nada que perder. Esas persona son a quienes deberíamos agradecerles por creer cuando hasta el mismo director técnico y los jugadores dudaron de que podíamos ganarle a Alemania. Esos que no se dejan amedrentar por la realidad ni sus estadísticas ni su lógica.

El Mundial podría terminarse el día de mañana y a los mexicanos no nos importaría. Con gusto nos regresaríamos a casa, si pudiéramos dejarlo así, aunque los hoteles, los tours y las cenas estuvieran pagadas. Mis compatriotas seguramente se regresarían alegres. Porque los mexicanos nunca sabemos qué diablos hacer con el triunfo. Lo nuestro es soñar, ilusionarse, tener esperanza. Nos cuesta tanto enfrentar la victoria que nos es imposible hacerlo sin los nuestros.

Por eso mismo me dirijo ahora mismo a festejar con mis amigos. A veces vale la pena dejar las camisas sin planchar, la casa sin barrer y los trastes sin lavar por festejar con los amigos. Abandonar la vida por un día, porque ya habrá otros días para planchar barrer y lavar, pero no sabemos cuándo habrá otra alegría por la que valga la pena abandonar al yo rutinario.

 

Emmanuel Herrera

Emmanuel Herrera

Emmanuel Herrera (1991, Ciudad de México) Fue portero del equipo local y boxeador amateur. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM y fue alumno del VIII Diplomado en Creación Literaria del Centro Xavier Villaurrutia coordinado por Conaculta y el INBA (2013-2014). Textos suyos aparecen en las antologías La crónica como antídoto: la calle como espacio de intercambio, y las dimensiones del ocio (UNAM, 2016 y 2018). Ha publicado en medios como Noticias, Regeneración, Punto de Partida y Punto en línea, Ágora Colmex, entre otro. Actualmente es becario en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Ensayo.TW: @Escrivividor