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Los cafés en el Centro Histórico, una experiencia imprescindible Los cafés en el Centro Histórico, una experiencia imprescindible
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Los cafés se convirtieron, sin quererlo, en una respuesta de integración noctívaga, la gente solía reunirse en ellos fomentando la integración comunitaria. Los cafés en el Centro Histórico, una experiencia imprescindible

En su célebre libro Los cafés en México del Siglo XIX, Clementina Díaz y de Ovando refiere que los novohispanos, contumaces bebedores desde el siglo XVI del don de la tierra, el chocolate, a fines del siglo XVIII probaron una nueva bebida, el café  ¿Cuándo llegó el café a la Nueva España?, se pregunta Clementina Díaz, para responder:

El poeta Salvador Novo, puntual cronista que fuera de nuestra ciudad, en “Cocina mexicana o historia gastronómica de la ciudad de México” (1967), informa que la introducción del cultivo cafetalero a México data de 1790.

El café, bebida importada de Medio Oriente, se atribuye a un Molaco, llamado Chadely, quien fue el primer árabe que usó del café, con el designio de liberarse de un entorpecimiento continuo que no le permitía rezar sus oraciones.

Desde la lejana Arabia llegó a Europa, luego cruzó el Océano Atlántico para instalarse en la Ciudad de los Palacios, que pronto se convertiría en una asidua consumidora de la bebida vivificante

Cafés en el Centro Histórico

EL PRIMER CAFÉ MEXICANO

El primer café del cual se tiene registro en la Ciudad de México, es el Café Manrique, que estuvo ubicado en la esquina de las calles de Tacuba y Palma (sospecho que donde ahora se encuentra una famosa pastelería).

De ahí “para el real”, los establecimientos con este giro se multiplicaron. Los cafés se expandieron como una moda, una forma de apropiación social; se convirtieron en un producto del imaginario de la modernidad en nuestro país.

Uno de los lugares más reconocidos en la segunda mitad del siglo XIX, fue el Café del Progreso, donde solían reunirse intelectuales, jugadores de billar, de ajedrez, y uno que otro haragán vestido con cierta elegancia afectada.

Este lugar fue inmortalizado, por cierto, en la novela El fistol del diablo, de Manuel Payno (1845-1846), donde el autor mexicano refiere, con capacidad crítica y un destacable tono irónico, la clase de conversaciones que se manifestaban entre los habitantes en este sitio:

Es verdad que a las nueve de la noche era menester separarse mareado y confundido, cerciorado de que la fidelidad de las casadas es una teoría, la castidad de las doncellas un problema, el valor de los militares una quimera, y la honradez de los empleados públicos una adivinanza, una charada.

Héctor de Mauleón refiere en una de sus crónicas que, antes de la llegada de la iluminación eléctrica, las calles de la capital solían ser oscuras, poco frecuentadas. La penumbra era propicia para asaltos en casas y casonas, también era cómplice de uno que otro asesinato

El homicidio múltiple de una familia fue el detonante de la indignación ciudadana. La gente, preocupada, exigió al gobierno seguridad, y sobre todo, iluminación nocturna.

Cafés en el Centro HistóricoLos cafés se convirtieron, sin quererlo, en una respuesta de integración noctívaga, la gente solía reunirse en ellos fomentando la integración comunitaria (sobre todo si se piensa que cada local colocaba antorchas y velas en el umbral de la calle, difundiendo la luz en corredores y callejones). Más tarde llegó la energía eléctrica, y los establecimientos hirvieron en actividad cultural.

Don Luis González Obregón, hombre ilustre que revolvió papeles viejos y hurgó en las Gacetas y los periódicos de principios del siglo XIX para escribir su insuperable libro La vida en México en 1810, hace mención de los cafés ya para ese año abundosos y concurridos que eran -se reitera- sitios de reunión, clubs políticos, de tertulia literaria, mentideros (lugares para “el chismorreo”), salón de lectura de periódicos.

Hacia finales del mismo siglo, los cafés seguían manteniendo su carácter heterogéneo, plural, animoso. Algunos sitios que ganaron prestigio en aquellos años fueron, por mencionar algunos, el Café Astrea  (localizado en la calle de Madero), el Café de Manrique (del cual ya hablamos), El Comercio, la Sociedad calle de la Joya (localizado en Cinco de Febrero), el Café Escalerillas, el Café del Cazador (situado a un costado del Zócalo, en el Portal de Mercaderes, el Café Águila de Oro (Isabel la Católica y 16 de Septiembre), el Café del Sur (donde se ubica el Gran Hotel de la Ciudad de México), y el célebre Café de Veroli (calle del Coliseo Viejo, hoy 16 de septiembre).

En la actualidad, los motivos de reunión no han variado, la gente se reúne para comentar detalles de -como diría Gabriel García Márquez- la vida pública, la vida privada, y lo más importante, de la vida secreta.

BREVE LISTA DE LOS ESTABLECIMIENTOS MÁS FAMOSOS

Los nombres y la ubicación de los establecimientos famosos, en cambio, sí han sufrido transformaciones. A continuación, publicamos una breve lista de los establecimientos que han ganado su prestigio después del año 2000 (algunos han desaparecido o han mudado de sede):

  • Hasta hace poco el Café Jekemir, ubicado en la esquina de Regina e Isabel la Católica, fue un punto de reunión de amigos y familias; también de periodistas, músicos y escritores. Allí podías disfrutar tu bebida humeante, junto a un delicioso “dedo de novia” (dulce tradicional de Medio Oriente). Después del sismo del 2017, el café cerró sus puertas. Ahora se halla localizado sobre la calle de Regina, junto al Claustro de Sor Juana y el Templo de Regina Coelli. Sigue manteniendo su efervescencia y el ambiente relajado, libre, con las mesas dispuestas al aire libre que le caracterizan. Si el lugar se encuentra lleno -lo que es frecuente-, muy cerca se encuentra el Café Regina, que igual permite la vista a la calle, a los paseantes, y mantiene un ambiente de cordialidad.
  • En la Alameda hay dos buenas opciones: la Panadería Regis, que en realidad es un café, y el famoso Café de en medio. El primero se halla en la calle de Dr. Mora, y apunta directo hacia el hermoso parque capitalino. Allí el pan es una delicia. El segundo, cercano al Museo mural Diego Rivera, da hacia la Plaza de la Solidaridad. Es posible apreciar el parque donde se juega ajedrez al aire libre, bajo el encanto de las notas de algún músico invitado o de una selecta música ambiental.
  • Para cerrar nuestro recorrido por el Centro Histórico, parece pertinente incluir el Don Porfirio Caffé, localizado frente al Monumento a la Revolución. Un lugar donde se puede asistir a leer, a disfrutar de la vista de la plaza, a matar el tiempo degustando unos deliciosos molletes preparados con queso de cabra y arándanos (no muy caros por cierto), acompañado de un rico capuchino.

Cafés en el Centro Histórico

En fin que, como puede comprobarse a través del artículo, los cafés del Centro Histórico en plena era posmoderna no han cambiado en sus dinámicas, aunque sí en su imagen, y están más vivos que nunca a 228 años de su arribo a México. No tengo nada en contra de las trasnacionales, de los “cafés boutiques” que han invadido la urbe como una moda snob; pero es aconsejable siempre mantener opciones que perpetúen la placentera tradición cafetera en México de forma natural, orgánica. “A beber café” se ha dicho.

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Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).