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Aquí no es Miami, otra mirada sobre el Narcotráfico Aquí no es Miami, otra mirada sobre el Narcotráfico
La editorial Literatura Random House lanzó una edición revisitada de Aquí no es Miami, libro de relatos híbridos fruto de la aleación entre periodismo... Aquí no es Miami, otra mirada sobre el Narcotráfico

La editorial Literatura Random House lanzó una edición revisitada de Aquí no es Miami, libro de relatos híbridos fruto de la aleación entre periodismo y literatura, donde se abordan las condiciones que germinaron el terror de la llamada Guerra contra el Narcotráfico.

La periodista y escritora Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), se sitúa en su tierra natal, ciudad que deviene no escenario, sino personaje en la ola de violencia narrada por la autora a través de sus crónicas.

“Aquí no es Miami es un libro de crónicas devastador, luminoso y emotivo. Con facilidad estruendosa nos lleva de la mano por toda una gama de sentimientos que van de la compasión al asombro, de la dulzura a la impiedad. Parece que está escrito por un sobreviviente, o, digamos, por un ex convicto”, destaca la editorial en un comunicado.

En su relato, el ojo de Fernanda Melchor es implacable. Nos entrega un recuento de datos duros, pero también historias sobre personas: víctimas y criminales, sobre hombres y mujeres comunes entregados a la lucha por la supervivencia.

Aquí no es Miami, otra mirada sobre el NarcotráficoLa cercanía de la autora -quien ha escrito las novelas Falsa liebre (2013) y Temporada de huracanes (Literatura Random House, 2017)- con las historias que narra, y un uso siempre arriesgado del lenguaje, son las mayores fortalezas de esta nueva edición revisitada que cuenta con una nueva crónica.

Fragmento:

“Era un sábado como cualquier otro. La tienda mayoris­ta en la que trabajabas como cajero estaba a reventar de clientes y niños. Iniciaste tu día de la forma acostum­brada: con una junta de motivación en la que el gerente compelía a los empleados (“socios” era el término que prefería la empresa, para ahorrarse prestaciones laborales) a gritar y brincar abrazados. Tu sonrisa debía de ser tan amplia como la que lucía el botón que pendía de tu cami­sa, decía tu supervisor, pero rara vez lograbas mantenerla más de una hora seguida, lo que te restaba puntos de pro­ductividad y pesos en la quincena.

Todo transcurría con normalidad. El dolor de pies era aún soportable. Por la caja que atendías desfilaban las se­ñoras que compraban pasteles congelados y latas de con­serva gigantes; señores que iban por cartones de cigarri­llos, comida preparada y licores. Y de repente, por ahí del mediodía, se formó ante tu fila una caravana de monta­cargas que arrastraban un par de refrigeradores, tres lava­doras, cinco hornos de microondas, pacas y pacas de ro­pas, cajas de licores y de golosinas. Estabas acostumbrado a facturar grandes pedidos de restaurantes y hoteles, así que no te extrañó que el total de aquella cuenta ascendie­ra a poco más de 10 mil dólares. Detrás del último carrito apareció un hombre de mediana edad, acompañado de seis tipos con pinta de malandrines. Le sonreíste al clien­te, le deseaste una buena tarde y le preguntaste cuál sería su forma de pago. Sin decir una palabra, él te entregó una tarjeta de crédito que fue rechazada por el sistema al primer intento.

Le pediste disculpas al cliente, le explicaste que tu terminal señalaba que la tarjeta había sido cancelada. Sin inmutarse, el hombre sacó otra del bolsillo trasero. Era un plástico virgen, sin letras ni números ni logos de nin­gún banco. Le diste vuelta entre tus dedos y miraste la banda magnética mientras sentías cómo los poros de todo cuerpo se levantaban. Estiraste aún más tu sonrisa y te disculpaste nuevamente con el cliente: no podías pasar aquella tarjeta.

Pásala, coño, tú pásala, decía el tipo, con evidente mo­lestia.

Pásala, pendejo. No hagas panchos, añadió uno de los malandrillos.

Como no sabías qué hacer, seguiste el manual de la compañía: llamaste a tu supervisor. Los tipos te miraron con odio pero no serías tú quien les negara lo que que­rían.

El supervisor tardó 15 minutos en llegar; la tienda estaba a reventar. Le entregaste la tarjeta; la miró por to­dos lados y se negó también a pasarla.

El hombre ni siquiera alzó la voz para explicarles que, si no le cobraban con aquel plástico, tú y el supervisor acabarían muertos en el estacionamiento, con las caras llenas de agujeros y los sesos desparramados.

Tu supervisor pasó de inmediato la tarjeta. Los hom­bres se marcharon tranquilamente con su mercancía.

Al día siguiente presentaste tu renuncia. Necesitabas el trabajo pero no sabías si los tipos aquellos volverían. Más tarde te enteraste de que tu supervisor había hecho lo mismo.”

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Redacción Horizontum

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