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El Ángel, la Independencia y un cementerio en Reforma El Ángel, la Independencia y un cementerio en Reforma
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Todos los cementerios son lugares tranquilos. Están llenos de muertos para que los vivos los admiren y les lloren, pero en silencio. Tienen la... El Ángel, la Independencia y un cementerio en Reforma

Todos los cementerios son lugares tranquilos. Están llenos de muertos para que los vivos los admiren y les lloren, pero en silencio. Tienen la consigna expresa de parecer solemnes, grandilocuentes; propicios para la contención y el recato. Son, quizá, el mejor termómetro moral de una sociedad: somos lo que hacemos con los muertos, y lo que los muertos hacen en nosotros.

A despecho de la circunspección, los cementerios en México son escenarios de la paradoja fundacional que nos explica y marca.

Aquí, la muerte no es más que extensión de la vida. Quizá por ello la relación orgánica con los muertos y los espacios físicos donde se resguardan, asumidos como un escenario de la vida social,  marcada por la muerte, pero vida al fin.

El Ángel, la Independencia y un cementerio en Reforma

LA VIDA DE UN ÁNGEL

En medio del Paseo de la Reforma, donde las calles de Río Tíber y Florencia se encuentran, una columna de 48 metros es rematada por un ángel dorado: es el Monumento a la Independencia.

Su construcción siguió el tragicómico y habitual libreto de los íconos de la Ciudad de México: colocada la primera piedra el 2 de enero de 1902, tras 4 años de construcción, y 25 metros de altura alcanzada, el monumento en ciernes tuvo que ser demolido, una parte de los cimientos se hundía.

Sin embargo, con Antonio Rivas Mercado –arquitecto e ingeniero mexicano- al frente, el proyecto logró culminarse el 16 de septiembre de 1910, y ser inaugurado por Porfirio Díaz, a propósito de los festejos que, por el centenario de la Independencia de México, se realizaban en todo el país.

Así concluiría casi un siglo de dudas, inconsistencias y planes abortados, en torno a la construcción del Monumento.

Primero, durante una de las habituales y concomitantes visitas al poder que el general Antonio López de Santa Anna llevó a cabo a lo largo del siglo XIX, fueron convocados arquitectos de todo el mundo a presentar sus propuestas.

El jurado, compuesto por miembros de la Academia de San Carlos, se decidió por el proyecto de Enrique Griffon, de nacionalidad francesa; sin embargo, Santa Anna, resolutivo y entusiasta crítico de arte, entre otras cosas, desoyó la opinión de los sabios y optó por la propuesta del español Lorenzo de la Hidalga, segundo lugar del concurso, pero primero entre los amigos del mandatario. El proyecto, finalmente, no se concluyó.

Luego vendría el Segundo Imperio, con Maximiliano y Carlota al frente; monarcas austriacos, extranjeros a mayores señas que, amantes de la ironía, convocaron a otro concurso para erigir una columna en honor a  la Independencia del país conquistado por las tropas francesas. Su iniciativa no prosperó, entre otras cosas, porque Maximiliano acabó fusilado, y Carlota, loca y exiliada.

El Ángel, la Independencia y un cementerio en Reforma

ENTRE HÉROES, NIÑOS Y VENADOS TE VEAS

En la base interna del Monumento, mueren sus muertes los protagonistas principales del episodio armado que inició la madrugada del 16 de septiembre de 1810, y concluyó el 21 de septiembre de 1821.

El primer nicho lo conforman el matrimonio compuesto por Leona Vicario y Andrés Quintana Roo, Guadalupe Victoria –primer presidente de México, Vicente Guerrero –insurgente guerrillero-, y el caudillo jalisciense, Pedro Moreno.

La segunda sección resguarda los restos de la plana mayor del movimiento independentista: el cura Miguel Hidalgo, los militares Juan Aldama e Ignacio Allende –quien relevó de su cargo a Hidalgo, como líder del movimiento- y Mariano Jiménez, general potosino.

Por último, se encuentran los también sacerdotes, José María Morelos y Pavón, y Mariano Matamoros, acompañados de Nicolás Bravo, presidente de México en tres ocasiones.

Todos ellos comparten tumbas entre la oscuridad y las luces de neón que anuncian la propiedad de sus moradas.

A la compañía de sus ilustres restos, también deberá contarse a los invitados indirectos de su perenne homenaje. En efecto, de acuerdo con los estudios realizados en el 2013, por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, se concluyó que entre las osamentas que reposan en el “Ángel”, se hallaron cerca de 200 huesos cuyos dueños se desconocen.

La investigación arrojó, también, la presencia de restos óseos provenientes de niños de hasta seis años, y cuatro huesos de venado. Hasta donde se sabe, no se ha iniciado pesquisa alguna para develar, con rigor, lo que sucedió.

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UNA LÁPIDA EN LA AVENIDA

En las escalinatas del Monumento a la Independencia, turistas y parejas por igual, hacen patente su perplejidad, descubriendo un rostro extraño, una venturosa incógnita: unos la ciudad, otros el ser humano que les contempla.

De vez en cuando, es posible ver a esposos recién iniciados en la religión marital, formalizar su impronta en una fotografía con el  “Ángel” detrás. Ignorantes, conscientes o no, del ominoso augurio de hacerlo ante una lápida, se retratan sonrientes y satisfechos. No lo sabremos, pero quizá desde entonces se anticipe el futuro de su alianza. Igual, esperamos que no.

Por ahora, el “Ángel” funge como punto de reunión icónico de la protesta nacional. Marchas y manifestaciones de sino ideológico diverso se concentran en el Monumento, se apropian de su historia y figura para reconfigurarla y traducirla: ya no es el viejo homenaje porfiriano a los héroes de la Independencia. Su origen es otro, y está en el barullo de la inconformidad, en el grito de la desobediencia.

Es, también, el rostro de una ciudad; un brillo dorado en medio del desastre diario, de los cielos ocres, del concierto anárquico de los autos, amos y señores de la capital. Es un símbolo vivo, que se transforma y que cambia con su ciudad.

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Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.