Yoda dixit… Yoda dixit…
Por fin llegó a su casa. Aparcó frente a ella y antes de bajar de su automóvil hizo un recuento mental de todo lo... Yoda dixit…

Para Federico mi hijo, mi escudero.

Por fin llegó a su casa. Aparcó frente a ella y antes de bajar de su automóvil hizo un recuento mental de todo lo recorrido en siete días. Más de tres mil quinientos kilómetros de carreteras mexicanas llenas de baches, retenes de militares, retenes de narcotraficantes, casetas, traileros drogados para poder conducir más en menor tiempo. Para los choferes de tráiler, pensó, dormir es como si se les vaciara la cartera, porque para ellos los sueños en la duerme vela si tienen valor, no son gratis. La quietud que mostraba la casa le incrementó la felicidad de ya estar a unos pasos de su amada familia. Su hijo de nueve años, Rogelio II, estaba seguro, lo esperaría con los brazos abiertos, mientras el sultán, su perro beagle, le movería la cola de una forma tan tierna con lo que se ganaría su paseo antes de acabar el día. Su esposa, su amada Clotilde, su bella Cloti, estaría recargada en la pared de la cocina, deleitándose con aquellas escenas de recibimiento del primogénito y el can. Después seguiría ella, cariñosa, con cautela, se acercaría a mí, me quitaría la maleta de la mano, me daría un beso y extendería una Shiner bien helada, mi cerveza favorita. Bien merecida después de una semana de ventas que no había sido del todo mala si pienso en las comisiones ganadas y que ya estaba a punto de entrar a mi casa a descansar lo que resta de este domingo para tomar fuerzas y empezar mañana de nuevo. No importa lo cansado que esté, mi familia bien vale el esfuerzo, se decía mientras terminaba de bajar la maleta de la cajuela de su auto. Caminó a la puerta de su casa, le llamó la atención que las petunias que bordean el camino de entrada estaban algo secas, que no se veía la podadora donde siempre estaba y que el lobo, el conejo y el correcaminos que adornaban el jardín y que displicentemente mueven sus piernas a la velocidad que el viento les indique, tampoco aparecían en su lugar. Seguramente se los robaron, pensó con algo de fastidio.

Abrió la puerta entusiasmado, esperando aquel recibimiento soñado y nada. Ni Rogelio, ni sultán, ni Clotilde y mucho menos su cerveza shiner. En la barra de la cocina su banco, un sobre, una figura del Yoda de Star Wars, que además de hablar al apretar un botón en su estómago y decir frases de su propia filosofía, enciende las luces de sus ojos y despacha golosinas o cacahuates japoneses, como en este caso. El Yoda tenía un post it en color rosa pegado en su frente con la siguiente leyenda: Papi te quiero mucho. Llené a Yoda de japoneses, tus cacahuates favoritos. No me olvides. Ya las primeras lágrimas se asomaban en los ojos de Rogelio I. Cómo deseaba iniciar aquella genealogía, su hijo era el II, esperaban llegar como Star Wars a la ocho y las que vinieran más adelante. En el sobre estaban los papales del divorcio ya sólo para que él los firmara y aquello quedara en recuerdos, malos para ella, buenos para él, pues era el más sorprendido de aquella situación. En su recámara, una cama, la individual, la de Rogelio II, su ropa en el clóset, la mayoría en el cesto de la ropa sucia, lo que lo llevó a pensar que se había ido detrás de él, el domingo anterior. En el refrigerador, un six pack de shiner con las que pensó su amada Clotilde lo recibiría y que Rogelio I compró antes de salir a su viaje. No quiso entender que sólo eran ilusiones, su amada Cloti nunca haría aquello con lo que él soñaba, recibirlo con una Shiner bien fría. La prueba estaba a la vista. Marcó al celular de Clotilde y contestó una tal Bertha, quien le explicó al emisor de aquel telefonazo, que tenía ese aparato pues una mujer desquiciada se lo regaló mientras pasaba entregando las cuentas del agua de la ciudad, le sucedió en la colonia Los Colorines, calle Sinforosa, número 654. Su casa, entendió Rogelio I. Con razón me dijo que no le llamara, que ella lo haría de andar algo mal.

Aquella casa vacía lo aplastaba, lo minimizaba, lo hacía sentirse mierda entre la mierda. Se sentía como aquel que fue a una discoteca a divertirse y al lugar entraron terroristas de extrema religiosa disparando sus kaláshnikov matándolo entre los otros sesenta y ocho caídos aquella noche. De no ser porque en algún momento de aquella maquiavélica introspección volvió a leer la nota que su hijo le dejó pegada en la frente de Yoda: Papi te quiero mucho. Llené a Yoda de japoneses, tus cacahuates favoritos. No me olvides, habría tomado su carro para ir a estrellarse contra el primer tren que se le atravesara. Cansado del viaje, de darle vuelta a las cosas y ya de extrañar a su hijo, abrió el refrigerador y tomó aquella shiner que, en sus sueños, le correspondía a Cloti dársela como bienvenida y que no lo hizo y que quién sabe en aquel preciso momento a quién se la estará sirviendo. Quizás no fuera una cerveza artesanal, pues siempre fue mundana para sus apetitos cerveceros, pero sería ya el trofeo de algún gañan labioso y sin escrúpulos que se la robó. No pudo dejar de pensar en José Luis Perales y sus canciones. Destapó la primera de las shiners y accionó las virtudes del Yoda que le había dejado su hijo. Se lo trajo de un viaje que había hecho a Mérida, Yucatán el mes anterior. Lugar en el que por cierto le tienen mucha simpatía al líder de los Jedi, por tener un extraordinario parecido con una de las principales figuras artísticas yucatecas, de reconocimiento universal, Don Armando Manzanero. Después de que Yoda le otorgara una buena cantidad de cacahuates japoneses, le lanzó una de sus máximas filosóficas: Mucho que aprender todavía tienes. La pescó en el aire, en medio de aquel silencio aplastante. La quietud que otorga una casa vacía no sólo en lo material sino también en lo emocional, devora.

Tiene razón Yoda, pensó. Siempre había considerado que aquel matrimonio forzado por el embarazo del niño que llenaría sus anhelos sería todo para él y se guardó en el morral del alma tantas cosas que hubiera querido hacer y que quizás ahora, sin Clotilde y su disciplina nazi, podría realizar. La primera shiner se la tomó como agua. Aunque, por la sorpresa de haber encontrado su casa vacía, había olvidado la sed con la que llegó, el cuerpo se la recordó cuando aquella sabrosa cerveza texana humedeció sus labios en el primer trago. Nunca había sido de más de dos cervezas, ni en su casa ni en reuniones, mucho menos en las posadas del trabajo en donde la mayoría de sus compañeros perdían postura y en los días subsecuentes difícilmente se podía saber quién había hecho qué cosa con cada cual. Eso lo ubicaba en el nivel de serio y buen compañero de trabajo, difícilmente lograría cruzar la línea de la amistad. Se paró y abrió la segunda cerveza, el hambre le calaba y la primera dotación de cacahuates otorgada por el Maestro Jedi, ya eran parte del pretérito, se dijo. No dudó en despacharse de nueva cuenta, sin saber que la máxima que ahora le otorgaría Yoda sería aquella que tanto le movía los entresijos: Siempre dos hay, no más no menos. Y es que aquella máxima resumía lo que siempre le dijo Clotilde y que él siempre fue reacio en aceptar: Una no puede tener sola al hijo, Rogelio; Una no puede tener sola celos, Rogelio; Una no puede sola disgustarse, Rogelio. Dos, siempre debe de haber dos, para nacer, para vivir y hasta para matar. Así lo concluyó ahora Rogelio, algo que nunca había querido aceptar y que la shiner, la soledad de su casa y Yoda le habían prodigado como patada en los huevos. Siguió con los cacahuates y aceleró los tragos de los 13° de alcohol de aquella cerveza artesanal.

Al ir por la tercera cerveza, sintió ya la rotación de la tierra en los pies. Así mismo se sentía que flotaba, pero y cómo entonces sentía el movimiento del planeta, fue algo que lo entretuvo pensando antes de sacar su tercera dotación de cacahuates. Yoda ya lo veía directamente, antes veía a la pared. Se inquietó, pero se calmó con un nuevo trago a su bebida. Yoda entregó los cacahuates no sin restregarle una nueva de sus máximas para la vida: Un misterio infinito la fuerza es. En un arrebato de furia, lanzó con fuerza inaudita los cacahuates hacia el espacio en el que se colocaba la sala. Se sintió preso sin salida del misterio de lo inacabable, de lo indescifrable del infinito. Se sintió bailando sobre la mesa con el disco de su grupo favorito sonando en la tornamesa, la noche en la que invitó a Clotilde a su departamento. La misma noche en la que le hizo el amor, al ritmo de Frank Zappa y sin usar condón. Se sintió fuerte y misterioso. Por eso Clotilde nunca me entendía, pensó. Decidió despacharse otro puño de cacahuates ante el avance de la texana embriaguez que le provocaban aquellas shiner. Se sirvió y los comió en calma, uno por uno, recordando a Rogelio I cuando empezaba a caminar y se recargaba de las paredes y las ensuciaba todas de Gerber de zanahoria, imposible de lavar. Tuvieron que repintar la casa de nueva cuenta una vez que el niño controlaba su caminar. Pasó por alto la máxima del Jedi: Caminos a la victoria hay. La desdeñó pues no estaba ya seguro de ello. Dormitó un poco en la barra, sueño reparador de no más de quince minutos, se despertó con sed y hambre. Lo primero que vio al levantar la cara fue a Yoda, quien lo veía directo a los ojos y el muñeco los tenía encendidos, cosa que sólo hacía mientras despachaba cacahuates. No le dio importancia y fue al refrigerador, se enteró que esa sería su cuarta cerveza, le sorprendió pues nunca pasaba de dos, pero bueno, nunca había llegado a su casa y la había encontrado sola y sin su hijo y sin su perro y sin saber a dónde se habían ido. La ocasión ameritaba el six completo.

Destapó la cerveza y se despachó los cacahuates yodianos, ya no japoneses, como ya los había bautizado resultado de la soledad y la monotonía. Vamos, anda, ahora qué me vas a decir Armando Manzanero de las galaxias, preguntó. Cuando el camino inseguro es, mejor esperar debemos, le soltó Yoda sin haber aplastado el botón, de eso estaba seguro Rogelio I. Claro cabrón, así debe de ser, tienes toda la razón, eres grande pinche enano orejón, eres grande, por eso te quiero, por eso fuiste regalo para mi hijo, sabía que contigo aprendería más que conmigo, estaba seguro de que tú le enseñarías más de lo que yo podría enseñarle. Qué le puede enseñar un pinche vendedor de mierda que no puede ni sostener a su mujer y que no ha sido capaz de otorgarle la confianza necesaria para que le confesara que lo dejaría, que se llevaría a su hijo, que ya no lo esperaría. Eres chingón Yoda. Sí que lo eres, y además me regalas cacahuates japoneses, mis favoritos, los que nunca compré mientras estaba con Clotilde por su alergia. No mames Yoda, en qué pinche galaxia, por más lejana que sea, puede haber alguien alérgica a los cacahuates japoneses. En cuál Yoda, dímelo tú que todo lo sabes. Se empinó la botella y de un solo trago y terminó con los tres cuartos de cerveza que le quedaban. Cayó borracho en la barra. Aquella noche durmió sentado. A la mañana siguiente, despertó exaltado, revisó su reloj y estaba en tiempo, a la misma hora que siempre se despertaba los lunes y todos los otros días en que debía ir a trabajar, cayó en la cuenta del abandono de Clotilde y apesadumbrado subió las escaleras para darse un baño. La cabeza le dolía un poco. Bajó a la cocina, no había nada para desayunar, salvo los cacahuates que podía ofrecerle Yoda que lo seguía viendo a los ojos. Se despachó un puñado de cacahuates y escuchó el consejo, ya como costumbre, como un juego que le otorgaba algo de diversión
en aquellos aciagos momentos. El apego, al lado oscuro te llevará consignó el Maestro Jedi. Rogelio I subió a su cuarto por su maletín de vendedor, regresó a la barra, abrió el sobre que le había dejado Clotilde y firmó los papeles del divorcio. Vació al Yoda de cacahuates japoneses, se los comió, el desayuno de los campeones pensó y salió de su casa. Puso en el buzón el sobre para Clotilde, las cervezas que quedaban las tiró a la basura, subió a su coche y se fue a trabajar.

FIN

Eric Lara