¿Y si Trump fuera presidente? ¿Y si Trump fuera presidente?
Lo que hace escasamente menos de un año, se presentaba como algo remoto, hoy día tiene visos de amenazante realidad. ¿Y si Trump fuera presidente?

Cualquier presión por parte de EE UU podría causar serios daños a nuestra economía

Lo que hace escasamente menos de un año, se presentaba como algo remoto, hoy día tiene visos de amenazante realidad. Para la mayoría de los analistas políticos al arranque de la carrera que llevaría a la contienda presidencial del 2016, Donald Trump, cuyo mayor déficit era su falta de experiencia política, se antojaba poco probable como ganador. Al paso del tiempo, a pesar de muchas otras debilidades mostradas para gobernar al país más poderoso de la tierra, Trump, contra todos los pronósticos, aseguró la nominación a la candidatura por parte del partido republicano y se perfila como un contendiente muy sólido para ocupar la primera magistratura de su país.

Apoyado en sus habilidades histriónicas, el controvertido magnate logró captar la atención de la opinión pública, primero, con un ataque –que muchos consideraron como un golpe bajo- en contra del presidente Obama, relacionado con su acta de nacimiento y luego, transformando su aparente debilidad en el área de la política, en una fortaleza, al justificar su interés en la presidencia, señalando una supuesta crisis en Estados Unidos, derivada de la decadencia de la clase política en su conjunto, pero en especial de las erráticas políticas públicas del gobierno norteamericano bajo la presidencia de Barack Obama. Trump encontró oro en esa forma de razonar y, de hecho, ha fincado su campaña durante varios meses en un posicionamiento súper crítico con respecto al liderazgo internacional de su país, venido a menos, según él,  y en un deterioro económico que, desde su punto de vista, está devastando a la clase media norteamericana. Los datos duros no avalan el discurso de Trump en ninguno de los dos casos, pero mucha gente en Estados Unidos parece preferir ignorarlo.

¿Y si Trump fuera presidente?

El empresario convertido en político logró mantener la atención del público e incluso ir superando a sus rivales en las encuestas, sin tener siquiera que molestarse en exponer con puntualidad sus ideas sobre cualquiera de las políticas públicas que implementaría, en caso de llegar a la presidencia para resolver los problemas denunciados. Basado en ataques personales en contra del gobierno y en contra de sus rivales, descalificaciones y un discurso predominantemente racista, xenofóbico, misógino, lleno de clichés y vaguedades, Trump supo aferrarse al liderazgo de campaña por la nominación republicana, impulsando la idea de un reposicionamiento de la hegemonía norteamericana, basado en la fuerza y no se ha cansado de gritar a los cuatro vientos que sólo alguien como él, desligado a la política y sus falsas promesas, es capaz de reorientar el rumbo del país. “¡Yo devolveré a EE UU su grandeza!” declaró el candidato[1].

No cabe duda que, en alguna medida, las condiciones económicas, políticas y sociales del país, sin ser lo caóticas que dice Trump, han contribuido a dar proyección al discurso del neoyorkino, quien las ha exagerado notablemente. Es verdad que no ha sido fácil recuperarse del enorme descalabro que representó la gran crisis del  2008, cuyas repercusiones han tenido resonancia mundial, pero es claro que, comparativamente hablando, el liderazgo norteamericano en el sistema internacional se mantiene sólido a pesar de los crecientes desafíos. Pero, aunque el proceso de recuperación ha sido un tanto mejor en Estados Unidos que en otros países, es claro que la clase media norteamericana está bastante molesta con el establishment del país, por lo que, a estas alturas, el camino de Trump hasta la presidencia se ve, por lo menos tan factible como el de cualquier candidato demócrata –si no es que ligeramente mejor.

El fenómeno Trump puede abordarse desde varios ángulos y, en todos ofrece amplio tema de reflexión. El giro hacia el proteccionismo, el llamado exacerbado al nacionalismo, la creciente desconfianza hacia la otredad, y el correspondiente incremento de la intolerancia agresiva que pueden apreciarse en diversas partes del mundo pueden ser interpretados como reacciones a los efectos adversos de la globalización, que han aparecido ya entre varios de los propios países desarrollados, otrora considerados como inmunes a ese impacto negativo que, desde mediados de la década de los noventa del siglo pasado asoló a las economías en desarrollo.

¿Y si Trump fuera presidente?

El tema es sumamente complejo como para intentar siquiera sintetizarlo en tan breves líneas, pero sus efectos son contundentes: la globalización desenfrenada ha contribuido enormemente al proceso de generación de riqueza, sin embargo, el problema de la distribución se ha agravado notablemente, incluso entre los países desarrollados, haciendo la brecha entre ricos y pobres cada vez más distante, insalvable y vergonzante. Trump puede ser ajeno a la clase política tradicional, pero de ninguna manera lo es respecto del funcionamiento del sistema del capital. De hecho, puede decirse que conoce a la perfección todas las marrullerías características de la lucha despiadada por el monopolio de la riqueza y parece dispuesto a implementarlas en contra de las dos economías que, desde su provinciano punto de vista, mayor daño han hecho a su país, la china y la mexicana. ¿Debemos temer los mexicanos la llegada del rubio platinado a la Casa Blanca?

Desde mediados de la década de los ochenta, la tecnocracia mexicana eligió el camino de una mayor integración con la economía norteamericana. A través del Tratado de Libre Comercio, nuestro comercio exterior pasó del orden de un 60% a cerca del 90% con Estados Unidos, en el transcurso de las últimas dos décadas, de 1995 al 2015, de hecho se multiplicó por un factor de cinco, pasando de unos 108 mil millones a más de 530 mil millones de dólares. Aunque el campo mexicano y el sector de las pequeñas y medianas industrias han sufrido enormemente, el sector exportador se ha beneficiado con toda claridad y el problema de la distribución de la riqueza sigue plenamente vigente. Pero, hasta la fecha, el gobierno mexicano no parece demasiado preocupado ello.

No obstante, una administración dirigida por Trump podría significar agudos dolores de cabeza para nuestro país. Si, como ha declarado, el aspirante republicano, realmente llega a aplicar mano dura contra la inmigración ilegal en su país, la situación de nuestros connacionales del otro lado de la frontera podría verse seriamente afectada. Incluso, un pequeño incremento porcentual de deportaciones incrementaría la presión del desempleo en México. Las remesas que envían nuestros paisanos son desde hace años una muy importante fuente de captación de divisas –en 2016 rebasan los 26 mil millones de dólares y han tenido en el último lustro un crecimiento sostenido superior al 5%. Es justamente gracias a ellas que México ha logrado solventar parte de los problemas derivados de la notoria baja en los precios del petróleo. Cualquier medida legaloide para dificultar las transferencias de dinero significaría, de nueva cuenta, fuertes problemas para nuestra economía nacional.

¿Podría Trump realmente ejercer presión al gobierno mexicano para la construcción del mentado muro del que ha hablado en repetidas ocasiones durante su campaña, o bien, obligar a las empresas norteamericanas que han venido a nuestro país a regresar a Estados Unidos? Estrictamente hablando, resultaría difícil, pero dada la enorme dependencia que tenemos respecto de la economía de su país, cualquier medida de presión con un ligero margen de efectividad podría causar serios daños a nuestra economía nacional. Es en este sentido que el discurso populista, proteccionista y xenófobo de Trump resulta preocupante.

Ciertamente no es lo mismo el discurso de campaña que el desempeño en el cargo, pero dada la magnitud de todo lo que está en juego, no podemos permanecer de brazos cruzados, esperando tranquilamente el desenlace de la contienda presidencial. La más elemental prudencia sugiere que el gobierno mexicano ya debe estarse preparando para la eventualidad de una presidencia bajo este individuo y diseñando estrategias para confrontar los ataques que pudieran venir desde cualquier frente, discriminación racial en contra de los mexicanos en Estados Unidos, presiones para revisar el TLCAN, coartar el envío de remesas o el flujo de inversión extranjera directa hacia nuestro país. El estado mexicano va a requerir del concurso de sus diplomáticos más firmes, más hábiles y mejor preparados para  confrontar la ofensiva.

Sin ánimo catastrofista, es claro que el aspirante republicano, a pesar de sus deficiencias políticas, tiene en mente un firme reposicionamiento de la hegemonía norteamericana, que puede implicar un desdén manifiesto por los principios de cooperación internacional y respeto a los derechos humanos en los que tradicionalmente se finca la idea del progreso para todos. Alguien le tiene que recordar que no se puede lograr un liderazgo hegemónico sólido pisoteando los derechos de los demás.

[1] http://internacional.elpais.com/internacional/2015/06/16/actualidad/1434472511_948735.html Rescatado el 21 de mayo de 2015.

David J. Sarquís