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Hace algunos años tuve la idea de que me gustaría vivir en una plataforma petrolera. No sé exactamente porqué, pero estoy seguro Volver a la isla

Hace algunos años tuve la idea de que me gustaría vivir en una plataforma petrolera. No sé exactamente porqué, pero estoy seguro que no tiene nada que ver con cuestiones laborales. Supongo que imagino que en ese aislamiento, al vivir en medio de la nada, podré encontrar algo sobre mí.

Un día, de camino a la Ciudad de México, conocí a un anciano llamado Ignacio. Platicamos durante más de seis horas, pues ya en la ciudad también coincidimos en el trayecto hasta la estación de La Raza.

Desde muy joven, Ignacio había trabajado para Pemex, primero en Silao, donde lavaba los vehículos de la empresa, hasta finalmente ser transferido a una plataforma ubicada en el Golfo de México (no recuerdo qué funciones me dijo que tenía allí).

Me contó cada detalle sobre la vida en alta mar. Parecía sentirse nostálgico por un empleo sin horarios y de temporada. “Se trabajan tres semanas en la plataforma por dos de descanso. Hay quien compra sus boletos de avión de todo el año para regresar a su casa”. Puso mucho énfasis en transmitir que la comida era deliciosa y gratuita, igual que las salas de cine y los juegos. “El alcohol era lo único que te cobraban. Eso sí, uno no podía emborracharse mucho porque nunca se sabía en qué momento te iban a necesitar”.

Luego de jubilarse, Ignacio se asentó en Isla del Carmen (Playa del Carmen), donde también viven algunos de sus hijos, dos de ellos estudiaron para ser ingenieros petroquímicos y ahora trabajan en la misma plataforma. Tuvo mucha descendencia, aunque nunca dijo exactamente cuánta. “Debes hacer una familia muy grande, porque cuando se muera tu esposa, como se murió la mía (un año antes), no te va a gustar quedarte solo”.

Para pasar sus días de retirado, mi amigo atendía a sus nieto, paseaba por la ciudad y bebía cerveza. “Me echo un cartón diario, en la plaza ni se siente y además es necesario para no deshidratarse. Voy a comprarlos al Sam´s los sábados”. No supe si creerle, tampoco tenía motivos para ponerlo en duda.

La vida de Ignacio parecía estar resuelta, su pensión le daba para vivir cómodamente, podía disfrutar a sus nietos y ver a sus amigos, pero estaba sentado en un autobús que iba de San Luis Potosí a la CDMX. ¿Por qué?

Tiempo antes de conocer a Ignacio, estuve en una conversación de bar en la que un amigo habló de un mal extraño: “islitis”. Aunque la etimología es incorrecta, el término es sencillo de comprender: los habitantes de islas padecen de una condición ambivalente en la que detestan la isla, porque se sienten encerrados, pero a la par desarrollan un sentido de arraigo y protección vinculado con ella, que los hace repudiar el estar lejos. Una nación en medio del mar.

Ese era el motivo por el que Ignacio estaba ahí. Había ido a Salinas (municipio del altiplano potosino) para concluir los trámites de la compra de un terreno en el que instalaría un rancho. Comentó que iría por sus cosas a casa e intentaría convencer a uno de sus hijos para que viniera a vivir con él, si no lo conseguía regresaría solo.

Insistió en que se mudaba de Isla del Carmen a Salinas, porque en la playa la vida es muy cara y ya no tenía dinero suficiente para sostenerse; sin embargo, creo que mi vecino de asiento padecía de islitis, pero no de la típica, su enfermedad tenía complicaciones.

El malestar de Ignacio jamás encontraría remedio ahí donde él vivía, a pesar de estar rodeado por agua. Requería de una isla ubicada en un mar más profundo. Tan segura que sólo los verdaderos lugareños pudieran acceder. Fuera de la vista regular.

No había vuelta atrás para recuperar el paraíso perdido de la plataforma de Pemex, pero tal vez una isla perdida al norte de San Luis Potosí, una isla en tierra, donde él, y tal vez su hijo, fueran los únicos habitantes, lo podría compensar.

Antes de llegar a mi estación del metro, me dijo una última cosa. Tomaría un avión directo a la isla, le gustaba llegar de este modo, porque si lo hacía en automóvil por el puente El Zacatal (un camino sobre el mar de 3.8 kilómetros) no podía llevar las teleras y tamales que compraba en la CDMX para hacer tortas de tamal, debido a que al inicio del puente las autoridades cuidan que no se introduzcan alimentos foráneos. Otra desventaja de vivir en Campeche.  Al despedirnos, le dije que nos veríamos pronto, como si eso tuviera todas las posibilidades de ocurrir.

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores

Luis Moreno Flores es un periodistas mexicano, entusiasta de la comida callejera, fanático del rocanrol, los perros, la literatura de la onda, Donnie Darko, las Chivas y el Athletic de Bilbao. Actualmente reside en San Luis Potosí y es subdirector editorial del periódico La Orquesta.mx. luismorenoflores@gmail.com /@LuisMorenoF_