Viajar en el siglo XXI Viajar en el siglo XXI
Viajar en el siglo XXI es un ejercicio de resistencia, más si es de los lugares más populares del mundo. Todo empieza desde escoger... Viajar en el siglo XXI

Viajar en el siglo XXI es un ejercicio de resistencia, más si es de los lugares más populares del mundo. Todo empieza desde escoger el lugar, hay tantas variables. La seguridad siendo una de las principales, nuestro país es verdaderamente un paraíso, pero ¿seguro? No que el resto del mundo lo sea, en Europa se palpa el miedo al terrorismo. Soldados, tanques, revisiones exhaustivas acompañan cada paso del turista. Al menos en los lugares más concurridos.

La decisión fue a Italia, veinte años de casados ameritaba algo que cruzara el charco. Y sí lo cruzamos después de casi encuerarnos dos veces en el aeropuerto ir como sardinas en el avión por 14 horas y medio probar tres “comidas”. Llegamos y a pesar de que en todas lo que has leído antes de ir te dicen que no tomes el primer taxi que se te cruce, que hay que rebatir el precio, que te cobran por pasajero, por maleta, etc. Paras al primero que pasa y le pagas lo que sea con tal de llegar por fin a tu destino. Sí, esta vez sí llegaron todas las maletas y salieron a tiempo.

Es de noche, y llevas más de 20 horas en el trajín del viaje. Porque ahora hay que llegar casi tres horas antes al aeropuerto, haces una hora para llegar al aeropuerto… así se van juntando horas insomnes, cambio de horario, y cuando empiezas a preguntarte quién me manda a mi pasar por esto, ves el Coliseo alumbrado a lo lejos, ah sí te acuerdas era por esto. Abres la ventanilla del taxi, es verano y de noche están a más de 34 grados en Roma, respiras, y te parece que huele a viejo, a historia. Llegamos a nuestro airbnb porque sí una de las ventajas de viajar en este siglo es ese tremendo invento que es el airbnb, ya no más pensiones rascuachas con baños compartidos. Ahora te espera un anfitrión para darte las llaves de tu departamento con vista a San Giovanni, con el refrigerador lleno de líquidos revitalizantes, hasta un pequeño Proseco, y algunas galletitas y frutas. Te explica, te da la bienvenida, su teléfono por si algo se te ofrece y una serie de tips para conocer todo lo que hay conocer. Solo Roma daría para una vida.

Viajar en el siglo XXI

Hace 20 años hice casi el mismo viaje sola. Una maleta pocas liras (no había euros) a dormir en hostales y comer fruta y jamón en los mercados. Conocí gente de todos lados, me enamoré en Venecia, pedí un marido a San Antonio en Padova (hicimos la parada para agradecer), me perdí en Florencia… Regresar a un lugar visitado siempre carga la nostalgia de lo antes vivido. Así todo era más bonito más limpio con menos gente y menos calor. Roma no ardía a casi cuarenta grados, ni había hordas de turistas frente a ti en filas interminables. Aun así, quién no ha retenido la respiración al mirar el Coliseo, Venecia al amanecer,
Florencia al atardecer, cuando estás frente a la Piedad de Miguel Ángel, aunque esté detrás de un vidrio y tú estés detrás de cien turistas, vale la pena, de repente se abre el camino y llegas al frente y la miras, ha estado ahí parece que siempre, esperándote. Cuando logras salir a empujones de una ciudad te deja sin aliento un lago…

Hace hambre bajamos a ver qué se nos cruza es el bar de Rafael, un salvadoreño que llegó hace veinte años a Italia y no habla ni pizca de italiano, pero hace una pasta, entre eso y la inagotable (y mucho más barata) fuente de cerveza nos salvó la vida.

En Roma en verano las colas son tales que hay que pagar para no hacerlas, vimos todo lo que había que ver, hicimos todo lo que había que hacer. Aprendimos todo lo que había que aprender, aunque tengo que decir que extrañé un poco el desparpajo del italiano que iba gritando siempre piropos, con eso de lo políticamente incorrecto y que a las mujeres ya nos molesta hasta demasiado. Van callados los pocos que hay, en Verano Roma parece una ciudad habitada por todos menos por romanos.

Viajar en el siglo XXI

Me llevo del viaje, las pastas de Rafael en Roma, la sala de mapas en el Museo Vaticano; un atardecer en Florencia donde la ciudad sube a mirarla y en el momento hay un silencio absoluto que cuando el sol se mete estalla en aplausos, y es que ningún ser humano jamás ha sido capaz de crear un atardecer.  La casa de Fiorenza, una italiana que no solo te abre las puertas de su preciosa villa, sino que te ofrece su amistad y hasta mermelada de sus árboles frutales, un restaurante en Venecia donde los viejos de la ciudad comen y cuentan historias. Una casa con vista al lago Di Garda, donde sí tengo que decirlo hay que compartir baño, pero la dueña te regala un excelente desayuno y sí más historias, sobre una higuera de más de cien años que sembró su padre y cómo ha cambiado la vista del lago desde que era niña. Un spritz y una pasta al pesto como solo lo hacen en Liguria, una terraza ajedrezada y más barcos de los que he visto en mi vida. Una Focaccia con queso di Recco, unos ñoquis en salsa de piñones, otro Proseco una tarde con vista al mar. Un paseo en lancha en Portovenere, una carretera junto al mar, el mar, el olor a mar. Sombrillas de colores, playas de piedra. Y un último atardecer en una playa de Ostia junto a una mujer que se asoma en medio del mar esperando a que él regrese.

Y sí algunas reflexiones viajar en el siglo 21 es darse cuenta de los estragos que la naturaleza sufre. Florencia llegó a los 45 grados nunca antes. Los ríos aparecen medio secos algunos como pequeños arroyos, los cultivos sufren. No ha llovido en más de 4 meses y nunca había hecho tanto calor. Todo esto mientras leo que la Ciudad de México se inunda. La huella humana tan profunda. La sombra del terrorismo está. Un día después del atentado en Barcelona, la plaza del Duomo de Milán se blindo, cuatro camiones, tanques, soldados que revisan hasta los bolsillos de los niños.

Aun así, viajar es vivir por un momento la vida de otro.

Anitzel Díaz