“Veo a los diablos andar allá afuera” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil” del escritor mexicano Eduardo Medina “Veo a los diablos andar allá afuera” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil” del escritor mexicano Eduardo Medina
Ha caído el telón. Las sábanas blancas yacen en la alfombra. Las ventanas están abiertas. Me pongo de pie. Salgo a mirar al mundo. “Veo a los diablos andar allá afuera” Fragmento de la novela “El viaje inmóvil” del escritor mexicano Eduardo Medina

“El rey nos corta la cabeza

Cuando ya no le servimos”

Leopoldo María Panero

Ha caído el telón. Las sábanas blancas yacen en la alfombra. Las ventanas están abiertas. Me pongo de pie. Salgo a mirar al mundo. La gente pasa por la calle sonriendo como en una última danza. Veo a los diablos andar allá afuera, aquí adentro mis barcos todavía zozobran, todavía piso una atrocidad mojada de lluvia. ¿Qué escribo ahora? ¿Qué digo ahora que no tengo ya nada más que el sol, esta cobija para el hombre, y mis barcos deshechos?

¿Quién soy ahora que ya no puedo más con ese soliloquio de muerto, ese sólo saber de la lluvia y la noche? ¿Dónde estoy ahora que sólo respira el mar y el viento es fresco y escribo escuchando una metamorfosis en el alma? Tengo en blanco la vida y la página. Soy un hombre al interior de un cuarto. Mi alfombra está vieja, se siente como un montón de arena mojada. El mar está allá, casi por la puerta. Voy a escribir.

Estoy escribiendo. Rezo y sólo el viento me responde. Soy sólo un poco de sangre en la mano. Una sombra que mancha el tiempo por un instante. Un susurro de extrañas canciones al viento. Veo este correr infinito de momentos; esta secuencia repitiéndose, repitiéndose: sólo un vuelo de ruiseñor; y allá del otro lado del quiebre, de la caída, fino límite entre uno y otros tiempos, encuentro al otro. Y el otro es un espejo que me revela que yo soy otro espejo. Y así ambos contemplamos en la sencillez de un marco la enormidad de la vida, su delirio, y su dolor que lleva siempre por frente una palabra. Y la vida no es más que una palabra, un montón de palabras como cayendo en una hoja, como cayendo en el vacío, como llevadas por el viento; y como un gigante pálido cayendo sin ruido sobre nosotros. Escribir y ver pasar la vida frente a los ojos, hecha tan solo de saliva. Y la mentira del dios embravecido y solo, en la ruina perfecta como cualquier hombre, anclado a los cielos como una lancha vieja sobre un lago, y a los hombres adorando su sombra. Padre nuestro que no estás, atrocidad interminable es tu nombre.

Haces tu voluntad en la tierra, en el infierno, y sobre nosotros cae tu mierda, tu ruina. No nos des más ceniza al límite de las horas, no espuma y mentira. Padre nuestro que escupes sobre el hombre, tu objetivo es destruir al hombre, porque eres un hombre.

Padre nuestro que no eres más que un borracho que no sabe explicar ni por qué sale el sol, que respondes con hierro lo que nosotros preguntamos con flores, déjanos en paz. No regreses a nosotros, quédate con tu puta disfrazada de virgen, con tu buena nueva, y todas tus pendejadas, allá en el oscuro olvido. En el eterno olvido de los muertos sin alma. Madre nuestra que no sabemos dónde estás, perdónanos por no saber tu verdadero nombre, por destruir el templo, por dejar que se secara tu saliva.

Madre nuestra que nos esperas como una perra herida a la orilla del camino, sabemos que lloras… y nosotros lloramos contigo, Parra lo dijo. Nombra una vez más lo viviente. Regálanos una vez más el viento, una vez más el alto cielo, una vez más los cocodrilos. Que se derrame tu sangre negra sobre nosotros, que nos encienda en fuego. Danos hoy y sólo hoy de comer y perdona nuestras ofensas, perdona nuestras terribles ofensas… porque lo hemos destruido todo.

Escribir y perdonarlo todo, y en la dulzura extrema de un grito celebrar la nada, el corazón desnudo, acariciar al elefante; escribir y elevarnos contra el aire. Escupir antes de que hiele. Abrir el alma como un hueso de aguacate. Bailar ballet como un toro, la danza macabra sobre la nieve.

Escribir y dejar un reguero de sangre sobre el espejo, y ser sólo un espejo que cae sobre la página blanca y deja su estampa. Escribir antes de que hiele, antes de que hiele besar el vacío entero del alma, al pájaro del cuerpo, y a esta sangre que, lo supimos siempre, era para jugar tan solo. Escribir solo, imperfecto siempre, siempre escribir con una rosa encerrada en el pecho.

Para los que tienen la venda en los ojos y la balanza en alto, para ellos escribo. Mirar las cosas desde afuera. Tal parece que la única manera de atravesar el día es montándome sobre el humo de la marihuana.

Inhalo el sueño brillante del poema, la locura helada de la página, y con los labios voy tocando el verbo. Saliva atroz de la locura, saliva del viento y de la página. Y me detengo para pensar. ¿En qué estoy pensando ahora? Y miro mis manos como dos arácnidos moviéndose sobre el teclado y no sé qué estoy pensando. El día es frío y gris, y allá hiela el corazón del mundo. No quiero salir. Estoy fumando. Saco la mirada por la ventana mientras escribo, mientras no me escucho, y veo a tres gatos jugar. Son como tres látigos que restallan locura y divinidad. Los miro y sobre mis ojos oxidados cae la tempestad. Las casas pintadas y las flores de mi calle son poemas. Esos tres gatos son poemas. El hombre que pasa con un carrito de lata es un poema. Y allá el viento habla a solas con el viento. No sé quién soy y me miro escribir y no sé qué pienso. Regreso los ojos a la página. ¿Qué digo? Digo que se me está pasando ya el efecto de la marihuana. Regreso aquí y ahora, no allá y entonces.

Aquí y ahora en donde el tiempo es un esputo brillante como un desierto, un ácido equilíbrico de corazones que caen al suelo y ciegos que maman estiércol. Aquí y ahora parado en el mundo digo que es mejor el mundo de la marihuana. Ya no sé ni qué es lo que estoy diciendo.

Mi cuarto está frío. Allá canta un pájaro. ¿Qué pájaro será? No sé nada de pájaros. La arena bajo mis pies, el mar, mis cuatro paredes blancas, mi cama, superpuestas aquí dentro ambas dimensiones, están en equilibrio, pero no se palpan.

Esta novela es una canción fugaz que imaginó una boca, un cadáver, un espejo. Es una canción de mansedumbre y de tempestad. Esta novela es una espera erguida, un mástil al viajero, una exploración. Un remordimiento de barco encallado, una fibra clara de calcetín podrido, una flor carcomida y una respiración. Es un cansancio de esperar y haber esperado; una espera del cansancio y estar cansado. Una isla sepultada en el alba, un árbol partido, una tristeza de hueso y un latido. Me detengo. Allá afuera se escucha un andar de autos. Ya no siento la marihuana, tomaré agua de mango.

Me sueno la nariz poblada de mocos y alucinaciones. Tengo una visitación nocturna, un temor. ¿Cómo sigo? ¿Qué escribo ahora? Puedo escribir ahora por ejemplo: anunciación, rescoldo. O mejor milagro, vino. Pero voy a escribir que aquí dentro, en mi cuarto, vuelto del sueño de la marihuana, las cosas viejas tienen nuevos nombres. Y me sorprendo al mirarlos. Y lo que antes era un ir tocando a ciegas es hoy un sentir plena el alma de las cosas. Y el lugar desde donde ejerzo este oficio terrestre es una tierra apenas descubierta.

Quiero decir que aquí y a solas tengo algo naciente. Y no es más que una reconciliación con los rincones; con el librero, con la cama, con la lámpara y con las axilas. No es más que un bello licor para la mirada y la sorpresa de las mismas cosas bajo nombres diferentes. Hoy respiro y miro formándose la tierra nueva. Tengo en el pensamiento el futuro del sol: ahora sé qué estoy pensando. Voy por más marihuana.

Loca carrera la que llevamos para ir sólo a morir. ¿Qué es lo que tanto apura a nuestros huesos? ¿Por qué esa insaciable necesidad de mirar hacia adelante? Y después sólo nos sentamos a recordar.

Heridos atravesamos el desierto, el desierto cantado del tiempo, y se nos va la historia en el instante. El infinito en el instante.

Mezclamos la boca y el abandono, el corazón y el silencio, el sexo y la cuerda del ahorcado. Heridos somos como una pura piel colgada entre las ramas, meciéndose en silencio. Las palabras caen sin cesar como la lluvia y sobre la lluvia caen estrellas y sobre las estrellas caen tus labios. Tú me nombras. Yo soy esta verdad que hiere y mata en la sombra, porque yo soy tu sombra. La estrella grita contra el cielo y dios es como un niño hundido en una triste sin identidad que nos acompaña en silencio, hasta la calma. Y todo acto tuyo repercute en el cielo, en esta página, en esta palabra. Por eso tu vida y mi vida son prácticamente imposibles, son prácticamente hermanas. Y tu voz que emana de tu frente y mi voz que emana de mi sangre dibujan un collar de cráneos, una rosa que cae al suelo, una palabra que cae al suelo, y es como la victoria del papel en llamas. Estoy fumando marihuana.

Escribo, me detengo para descansar un codo en la mesa. Pienso en los rifles y en los lobos. En el psicoanálisis y en las casas que deben estar solas en este momento. Me meto los dedos a la nariz y mi nariz está reseca. Fumo más marihuana. Otro poquito más y ya está. Bueno, otro poco más, un poquito. Ya está, ahora sí ya está. La redacción y el universo y el fuego y las conversaciones. Y las criptas y los nadie buscando y la metáfora. No olvidemos nunca la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, el oxímoron, las serenas tempestades. El deseo del ojo, la llanura estúpida de la aliteración, la aposición, la pus del anagrama, la caca críptica del palíndroma. Ah esta lengua mía tan cagada por los pájaros. Este azul descanso en las ruinas. Ah esta verdad de simio y del séptimo sello, este placer del cuerpo y la marihuana, ah esta tierra de amor y asesinos, ah esta ley del mínimo esfuerzo, ah este pseudocristianismo de morir, ah los obreros sin dientes, ah mi alma, ah, ah, ah chú. La mente está en el culo del ser y esta novela es una colección de pedos.

La vida es un cigarrillo de marihuana. Un cuento que nadie oye, contado por un idiota que nada cree: una tempestad para nadie. Una cruz para el vacío del tiempo, y flota en el viento y se enreda en la nada. Y en medio de esa nada vuelan los pájaros, los tordos, los fiordos, los gorriones. El señor colibrí de la tarde. Tengo muchos libros aquí en el librero. Muchos no he leído. Pero éstos, éstos que tengo aquí a mi lado mientras escribo, son los mejores. La vida es humo de marihuana llamada viento, llamada hambre. Me duele la cabeza y la garganta. Ha anochecido, no hay espectros en la tormenta, no hay nadie esperando a dios. Estoy yo, aquí, hablando y viendo pasar el tiempo. Su línea recta, desafiante. Su desorden cósmico. En la casa de enfrente han matado a un gallo. Pude escuchar desde aquí su aullido, su dolor de oro. Por la calle pasa gente más o menos limpia.

Pasan novios de la mano, pasa un perro. Y la calle es un río por el que se arrastra desmedido el tiempo. En el clóset tengo una caña de pescar, voy a despertarla. Con un pedazo de mía carne por carnada arrojo al río el hilo de la caña. Quiero que pique, va a picar. Mezclado el resplandor lunar de las aguas con el techo de mi cuarto, desde aquí lucho con aquella bestia. ¡Se agita! Tiembla en mis manos la caña y el hilo tenso corta el viento. ¡Y se eleva por fin! ¡Sale del agua el gallo! ¡El divino gallo solar y voraz de mundos! ¡El gallo que tembló como una perla ante el cuchillo! ¡El gallo, el resucitado gallo! Ven gallo, ven a mi cuarto, ven a este pedazo de mar que yo poseo, estoy solo, tú estás solo, pero miremos juntos el mundo que se abre inmenso. Esta playa perdida entre mi cuarto y el tiempo, entre mi memoria y la piedra. Ven, gallo mío, amigo, que tu indolente corazón nos adormezca, tu ala de dios nos de sueño, porque ya es noche, ya cayó la noche y tengo miedo de la primavera. El gallo camina aquí en mi cuarto. Camina y me mira de pronto, agita sus plumas. Se va a acurrucar a aquel rincón. Duerme, gallo.

Despiértame, gallo, cuando haya pasado por fin la estrella herida.h

Eduardo Medina

Eduardo Medina (Edo. de Méx, 1989) es escritor y melómano. Escribe sobre jazz, hip hop, psicodelia y otras músicas en revistas digitales como Noisey, Yakonic y Letras Explicitas. Ha escrito también en diarios como El Universal, La Jornada; y suplementos como La Cultura en México. Sus textos se han publicado en algunas antologías, las dos más recientes: Andan sueltos como locos (2016), del premio Amparo Dávila; y El Pulso de la Tribu (2015), del Estudio Matanga. Ensayo para un saxofonista (Abismos, 2016) será su primer libro publicado bajo su nombre.