Una máscara llamada Donald Trump Una máscara llamada Donald Trump
Finalmente, en Nueva York, tuvo lugar el primer debate de tres entre los candidatos presidenciales Hillary Clinton y Donald Trump. Un evento devenido en... Una máscara llamada Donald Trump

Finalmente, en Nueva York, tuvo lugar el primer debate de tres entre los candidatos presidenciales Hillary Clinton y Donald Trump. Un evento devenido en forcejeo del que, según la mayoría de los expertos, salió victoriosa la exsecretaria de Estado.

Hillary llevaba semanas preparándose para este primer encuentro. Por el camino, le habían declarado una “neumonía” y se había “desmayado” en público, el 11 de septiembre frente a las Torres Gemelas. Todo estaba listo para que fuera vista con cierta compasión, o empatía, durante su enfrentamiento con el irascible “Donald”. Esta condición neutralizaría relativamente, indirectamente, la principal arma del empresario, que suele ser una mezcla de bullying y soberbia alardosa. Un grandote haciéndole bullying a una mujer enferma, alardeando mientras ella lo observa sonriente a la espera de que le permitan expresarse… un escenario que los asesores del magnate seguramente le habrían recomendado evitar.

Una máscara llamada Donald Trump

Y Trump lo evitó parcialmente –tan groseramente como sólo puede hacerlo él–, consciente además de que su campaña atravesaba, atraviesa, circunstancias extremadamente propicias, y no era necesario arriesgarse. Porque, desde un punto de vista racionalista, hay que decir que no habría forma de que Donald Trump perdiera en noviembre. Nunca en la historia moderna una situación nacional e internacional fue más favorable a un candidato presidencial en Estados Unidos. Numerosos atentados de naturaleza islamista sucediéndose en territorio estadounidense. Revueltas raciales en decenas de ciudades americanas, circunstancia cuyo denominador común es la necesidad de mano dura contra una delincuencia amparada en la protesta y que ya se ha cobrado decenas de vidas. Una candidatura demócrata –la de Hillary– con índices de desaprobación popular espectaculares y muchos oscuros episodios pendientes. Sin mencionar que del éxito de Trump depende que el Tribunal Supremo de Justicia no se incline a la izquierda definitivamente, supuesto que tanto la derecha trumpista como la anti-trumpista quieren evitar a como dé lugar.

Pero hay un problema montado en la cresta de la ola de todas estas situaciones desfavorables para los demócratas y que, de cierta manera, compensa la mala suerte del obamismo reciclado: Una máscara llamada Donald Trump.

Una máscara llamada Donald Trump

De cara al electorado indeciso, digamos moderado, todo o casi todo en la actual representación de Trump resulta desagradable, y esto se vio exponencialmente en el debate del lunes pasado. La voz quebrada, hosca, a ratos aflautada. El rostro coagulado en la expresión porcina. La presuntuosa supuración de la gestualidad, rústica, maleante, como si no fuera Trump el que hablara sino la caricatura de Trump interminablemente reproducida por la sobreactuación de Trump. O la procacidad de la máscara. Uno esperaba que de un momento a otro la faz de Trump fuera arrancada de cuajo por el propio Trump y brotara de una vez por todas el rostro real, secuestrado por Hillary Clinton. Si esta mujer fue capaz de desaparecer 33,000 emails relacionados con su gestión de gobierno bien podría tener amenazado al magnate con no devolverle su verdadera cara hasta tanto la máscara que se hace pasar por Trump no fuera derrotada en las urnas.

¿Cuál es el verdadero candidato republicano? ¿La careta que se pasea por los sets de televisión de Estados Unidos derrochando muecas a diestra y siniestra, creyéndose seductora u ocurrente, un objeto de complot clintoniano –la teoría conspirativa– o existe algo más capaz de describir planes de gobierno, mantenerse dignamente frente a las cámaras o sonreír con naturalidad mientras habla de economía y lucha contra el terrorismo? De que haya un Trump más sobrio y argumental al acecho, esperando saltar como un tigre en los próximos dos debates, depende en mucho que los republicanos consigan retomar la Casa Blanca en 2017. O mejor dicho, que el trumpismo acceda por primera vez al Despacho Oval. El trumpismo ni siquiera es republicano. La máscara ni siquiera es conservadora.


Armando Añel

Escritor cubano residente en Miami