Un músico que hacía filosofía Un músico que hacía filosofía
Federico Nietzsche murió loco. La demencia que abotagó su mente luminosa, lo abordó un día de invierno en 1889 en Turín, Italia, para no... Un músico que hacía filosofía

Una mirada a las composiciones de Federico Nietzsche

“La finalidad de la música es trasladar

al movimiento de las notas todo cuanto

se mueve en la naturaleza”

Federico  Nietzsche

Federico Nietzsche murió loco. La demencia que abotagó su mente luminosa, lo abordó un día de invierno en 1889 en Turín, Italia, para no abandonarlo hasta su muerte, 11 años después. Las cartas que enviaba a sus amigos, durante los más oscuros días de su aflicción, estaban plagadas de sinsentidos, renglones retorcidos sin asideros a la lógica; muy lejos quedarían las misivas que reflejaban su talante sensible y cultivado, igual de lejanas se veían sus obras más entrañables.

Federico NietzscheAquel día de enero,  Nietzsche comenzaba un tortuoso recorrido por los resquicios más oscuros de su mente. En cierto sentido, un ciclo se cerraba y otro se abría, para reafirmar, si acaso quedaba alguna duda, el sino trágico de la vida del filólogo alemán. Ya en 1872, luego de publicado su primer libro, El nacimiento de la tragedia, Nietzsche comenzaba a sufrir el costo de su genialidad: el mundo académico de la Universidad de Basilea –donde impartía clases de filología clásica- le dio la espalda, desde los alumnos hasta sus compañeros de cátedra. Ese episodio inauguraba el camino del vilipendio y la incomprensión, la misma ruta que Nietzsche recorrería una y mil veces.

Tras los muros de un carácter volcánico e impetuoso, pero de modos retraídos, Nietzsche resguardaba la sensibilidad necesaria para orientar sus inquietudes intelectuales y humanas hacia fronteras distintas. Por un lado, adivinaba en la poesía un recurso expresivo de límites insospechados, pero en la música volcó su vocación holística. A ella dedicaría, además de sus aforismos, la potencia de su ingenio.

Nietzsche, el músico

La obra escrita de Nietzsche, asediada por la mano implacable de Elisabeth Förster- su hermana antisemita y, en su momento, militante convencida del Partido Nazi- tuvo un largo y singular periplo. Hace no mucho que el pensamiento original y sin tergiversaciones del filósofo, vio la luz gracias a los buenos oficios de Mazzimo Montinari y la delicada labor de espeleólogo que sobre los manuscritos de Nietzsche realizó.

Del mismo modo que su obra filosófica logró ser acogida, luego de expurgarla de las desviaciones ideológicas de su hermana, en los círculos filosóficos modernos, la música de Nietzsche –compuesta por poco más de 70 piezas- ha comenzado un lento proceso de revalorización. Los saldos de ese proceso han sido, hasta el momento, favorables y diferentes a las primeras ácidas críticas recibidas, en buena medida inspiradas por el juicio fulminante que Richard Wagner, amigo personal del filósofo, enderezó – a causa de los celos profesionales, dicen algunos- contra la música de Nietzsche.

Federico NietzschePara Paulina Rivero Weber -académica de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)- y cultora de la obra de Nietzsche, su música es “sorprendente, porque (…) en su música ves la evolución de su pensamiento. Al principio era música religiosa, tiene quiries, misereres, tiene una misa incompleta. Nietzsche era muy religioso, y luego, la música posterior no tiene nada que ver con la religión; hay mucha alabanza a la naturaleza, retoma poemas de grandes escritores alemanes que alaban a la naturaleza (…) Y la última composición es un himno a la vida”.

Se trata de la pieza Gebet An Dass Leben (Oración a la vida), compuesta hacia el final de su existencia. Esa obra, argumento elocuente de la tragedia que cruzó su vida, se logró tras la adaptación de un poema que Lou Andreas-Salomé –la mujer de la que Nietzsche se enamoró desde el primer momento en que la vio- dedicó a la vida que se diluía entre sus pulmones desahuciados. Como sea, el filósofo ubicaba en esta obra, su mejor legado y el más estridente grito para celebrar la vida, su vida, tan llena de dolor y soledades, pero vida al fin.

Al margen de los cantos a la vida, la música de Nietzsche también hizo eco a las grandes tristezas que lo aquejaron, ejemplo de ello es Heldenklage (Lamento heroico). Habla Rivero Weber: “Él tiene esta idea de que para pensar libremente tienes que ser heroico, para alejarte de la corriente filosófica de moda  pensar por tu cuenta. Y eso es muy doloroso porque te deja muy solo. Entonces sí hay música muy triste”.

Del conjunto de su obra, la profesora de la UNAM hace notar lo siguiente: “Yo cuando empecé con la música, dije ‘seguro son pensamientos de él puestos en música’. No, nunca compuso música para aforismos de él, o pensamientos de él, siempre tomó grandes poetas y lo musicalizó”.

Un concierto que se hizo disco

A Rivero Weber, además de gustarle la música de Nietzsche, le gusta tener amigos. Ignacio Solares –escritor y director de la Revista de la Universidad- , por ejemplo, es uno de ellos, y su amistad se la debe a un concierto que, por poco, los compromisos académicos de Rivero hubieran cancelado.

Paulina Rivero Weber. Fotografía por Pablo Luna

Paulina Rivero Weber. Fotografía por Pablo Luna

Para aquél concierto, promovido por Rivero durante el 2000 para conmemorar los 100 años de la muerte de Nietzsche, tuvieron que conseguir las partituras de su música. “No sabes lo que fue conseguir las partituras en Alemania; se tuvieron que mandar a pedir (…); pero gracias a Curt Paul Janz existe esto”. La académica se refería a la meticulosa recuperación de las partituras firmadas por Nietzsche, y realizada por Janz en el marco de su reconstrucción biográfica del filósofo.

El éxito del concierto puso de relieve, para Rivero y muchos más, que la música de Nietzsche tenía una gran oportunidad con el público mexicano. Así nació Nietzsche, su música,  el disco de 16 pistas, cuya sexta edición da cuenta de su relevancia. En él se dan cita el actual director de la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata, Gustavo Rivero Weber, y Natasha Tarasova, como ejecutores en el piano; Lourdes Ambriz, como soprano; mientras que la mezzosoprano, Encarnación Vázquez, comparte créditos con el barítono, Jesús Suaste y con Leonardo Villeda, tenor.

Paulina Rivero Weber. Fotografía por Pablo Luna

Paulina Rivero Weber. Fotografía por Pablo Luna

A manera de conclusión

La paradoja de Nietzsche tiene, aún ahora, visos de incógnita irresoluble; su obra posee, después del tiempo transcurrido, cierta condición de novedad que sólo la originalidad descubre. De su ambigüedad esencial, habla Rivero: “Nietzsche (fue) un hombre que sufrió mucho, muchísimo. Aprovechaba tres días de salud para escribir, y el resto estaba vomitando con dolores de cabeza. Eso es amar la vida; amar la vida es facilísimo cuando te va bien, pero cuanto tienes migrañas cinco veces al mes (…), amar la vida, eso es amar la vida”.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.