Un infierno llamado Candy        Un infierno llamado Candy       
Cuando la conocí, lo primero que vi en ella fue que estaba buenísima. Lo demás me cayó encima precipitadamente, como una tormenta. Un infierno llamado Candy       

Cuando la conocí, lo primero que vi en ella fue que estaba buenísima. Lo demás me cayó encima precipitadamente, como una tormenta. Nunca me han atraído las mujeres de cuerpo perfecto, me da la impresión de que son de otro planeta o que han venido a este mundo sólo a burlarse de los que tenemos mucho de más o de menos. Mi caso es el segundo: de chico mi familia hizo gala de una imaginación creativa superior y durante años me llamó así, simplemente, flaco. Flaco para acá, flaco para allá. Con artículo cuando se trataba de algo formal, en tercera persona: el flaco hizo esto, ¿quién crees que fue? pues el flaco. Buenos para echarme la culpa y para provocar en otros, desconfianza hacia mí. Puede que sea por eso, pero entre mi familia y yo hay una repugnancia indisoluble. Cuando me ven me abrazan y me dan un beso al aire, me aprietan, mientras sus lenguas viperinas dicen a mi oído: flaco, flaco. Se me hace que fue por tanto recordatorio malintencionado que nunca pude engordar ni un kilo. Así empieza esto. Yo flaco como un estambre y ella buenísima. No es un gran comienzo, pero es lo que tengo.

Cuando llegué al taller de crucigramas por primera vez, Candy, la moderadora, empezaba a explicar cómo se llevarían a cabo las dinámicas. Mientras daba una presentación de sí misma, dio un par de vueltas en redondo a la mesa; con una sonrisa inocente y un cuerpo imposible de ignorar, traspasó prácticamente a todos los que ahí nos encontrábamos, antes de posar su esponjoso trasero en la silla de la cabecera. Continuó su exposición, aun cuando nos tomó unos segundos retomar la atención en lo que decía: todos los días trabajaríamos con una letra, elegida al azar del alfabeto. Contándome a mí, éramos diez en total, entre hombres, mujeres y Candy, la maestra espectacular. Expuso con lentitud algunos ejemplos, como si se hubiera tomado un Valium antes de salir de su casa. Ya después supe que arrastrar las erres era algo cotidiano en su discurso.

No lo niego. Uno tiene que asumir sus decisiones. Cuando vi el anuncio en el Solo ofertas del OXXO, me pareció una modalidad interesante para una ciudad en la que lo más excitante son los talleres de cuento, por lo general en manos de urracas que creen sabérselas de todas, todas. Después del último intento, cuando saliera huyendo de la Casa Museo José Clemente Orozco, creí que todo contacto humano se había acabado para mí. Fue cuando el destino me dio otra posibilidad y precisamente, en el mismo recinto: ¿a quién se le ocurre inscribirse en un taller de crucigramas? A mí. Yo lo hice. Caí en la trampa de la novedad y me enredé en un infierno llamado Candy. Una buena historia pudo surgir de nosotros, pero me dejé hipnotizar por su modo de mover ese cuerpo imposible y todo ardió sin remedio.

Que ella fuera la guía del taller de crucigramas me sorprendió. Por lo general las moderadoras son gordas, viejas o cuando menos, han sido traspasadas por la lanza de la amargura. Convocó, con una risita de por medio, a que nos conociéramos: lo que quieran decir, siéntanse libres que a eso venimos a este taller. Los demás la trataban con familiaridad, como si se conocieran desde siempre. Si alguna mirada sentí cuando me tocó mi turno fue precisamente la de ella. Dije cualquier cosa, lo primero que se me ocurrió.        Después hicimos palabras con la i, con la a, en seguimiento a un programa de lo más pendejo. A la salida, Candy me increpó con cara de salvadora de almas: ¿por qué no te gusta el ambiente bohemio de Guadalajara? Y a mí que me encanta. Amo esta ciudad, la amo. Seguramente algo se me había salido en mi discurso de presentación, si no, ¿cómo podía saber de mis intolerancias? No tenía ni puta idea de quién era yo y ya me estaba preguntando por qué. Dotada de un cuerpo lleno hasta los bordes de una osamenta discreta y menuda, era consciente de su magnificencia. Mientras seguía cuestionando y caminaba inquieta, como hacen todas las que se saben buenas, supe que era de Jalapa y tenía pocos años en la ciudad. Todo esto me lo dijo, junto con las preguntas, mientras bajábamos la escalera y nos dirigíamos a la salida de la Casa: el mural de José Clemente Orozco nos siguió con sus ojos paradójicos de festividad y calma, de libertad y prisión, de vida y muerte. El guardia nos dijo adiós a todos, en especial a ella, quien corrió a su coche a buscar un papel donde tenía apuntada la dirección de un lugar; regresó diciendo que no estaba, pero que no importaba porque nos podíamos ir juntos. Que la siguiera, esa fue la indicación.

Todavía antes de subirse a su auto, cuando yo ya estaba dentro del mío, la vi despedirse de beso de los otros miembros, a todas luces sus amigos, no sin antes arrancarles la promesa de que también llegarían al lugar. No me cuestioné si realmente deseaba ir, de haberlo hecho me hubiera ido a beber una cerveza solo, como acostumbraba al salir de aquellas sesiones de cuento. Para mí, claro, que soy un tipo aburrido, como me lo dijo ella más de una vez, me pareció una idea aceptable lo del taller de crucigramas para matar el tiempo entre el trabajo y esa primera cerveza de la noche. Pero ella ordenó y yo me dejé llevar, como un títere.

Candy, sus amigos y yo, llegamos al camellón de Chapultepec. Para mi asombro, se había convertido en algo muy distinto a lo que yo recordaba. Las imágenes en mi memoria eran nebulosas: un descampado de fraudes con objetos de calidad pésima, pulseras hippies, artículos viejos, rotos. Una imagen surgió como un pinchazo en mi memoria y se me ocurrió contársela. Tarde para comprender el error. El caso es que una mujer me vendió una escudilla como pieza barroca genuina. Yo le creí, le pagué lo que traía para toda la semana y le di la pulida de su vida. Cuánto hace de eso, interrumpió Candy. Eso no importa, dije y continué. Así la presumí a mis compañeros de departamento cuando todavía tenía el afán de vivir acompañado. Les gustó tanto que ellos la mostraban con orgullo prestado a quienes nos visitaban. Hasta que yo mismo -nadie me lo contó- la encontré en el departamento de Hogar de Aurrerá de avenida México, entre una hilera de al menos dos decenas de piezas idénticas. No tuve que decirles nada. Lo descubrieron pronto, pues allí hacíamos el súper por turnos. Me empezaron a decir flaco farolón y quién sabe qué más. Candy no dejó de reírse por cinco minutos, sus amigos también, hasta que algo se activó en ella y empezó a mover los pies y las caderas y a mirarme de modo inquisitivo.

Odio bailar. No supe qué decir y, aunque tuve la precaución de decirle que eso no era lo mío, me jaló de la cintura y me metió en ese vértigo que no quisiera recordar, pero que traigo todavía vívido y caliente en mi memoria de flaco. Como la cosa es al aire libre, no puedo decir que me sentía asfixiado, pero sí que poco faltó para que mis rodillas se hicieran pedazos. Flaco de trapo, eso le faltó decirme a mi familia. De su juguete me traía Candy, y como sobra decir que soy liviano, pues no creo que le costara ningún trabajo. En eso estábamos, cuando de la media luz repleta de cabezas surgió un grandote con espalda de caricatura de la mesa de amigos y después de un intercambio de códigos y señales aparentemente muy graciosos, la arrancó de mi vista. Ella soltó una exclamación chillona, haciéndose la sorprendida, y se fue para no volver hasta mucho después, cuando yo ya me había cansado de dar vueltas por las jardineras viendo las plantitas, apreciando la evidente campaña de protección a esos pobres tallos imberbes, escuálidos como a sus órdenes.

El caso es que ahí estaba, haciéndome pendejo, cuando oí el taconeo y Candy se me plantó enfrente, más cerca imposible, y me plantó un beso. Al rato pasaron a pedir coperacha para el sonido, le dimos una moneda ella y otra yo, nos fajamos otro rato y de pronto, le dieron unas ganas enormes de cruzarse al Oxxo por una botella de agua. Los ojos de toda Guadalajara se clavaron en ella mientras cruzábamos. Yo soy un simple flaco, que no se espere demasiado de mí, pero ya se me habían encendido los motores y un piquete en el culo me hacía caminar más rápido, casi volar. Si me hubieran dicho en ese momento, párate aquí y fíjate en ese flaco, podría decir que el tipo se veía feliz.

Después de aquella salida hubo otra más y luego otra, pero todavía es muy pronto para terminar. La segunda vez anunció que íbamos a ir al Salón Corona, que me iba a encantar. Yo ya conocía, y se lo conté: otra cagazón de mi parte. Le cubrí a un compa que limpiaba las mesas y una vez que no me salieron las cuentas de lo que dejaban los clientes, casi me dan una tranquiza creyendo que yo me lo había robado. Esa misma noche me confundieron con él y me reclamaron una cuita de amor. En fin, casi me matan. Entonces, cuando ella soltó esa risa demoniaca, me di cuenta de que yo estaba tratando de hacerme el chistoso con ella al contarle mis penurias con lujo de detalles. Esa vez del Corona traía Candy un pantalón de mezclilla con roturas intencionales, y una camiseta de muñecas de ojos saltones, con cara de sapos, algo así. No traía nada debajo y sus pechos se movían a cada paso que daba.

Es de las que les encanta preguntar todo el tiempo, como si fuera una obligación o le pagaran una comisión por hacerlo. Es una experta para comunicarse con todo y el ruido, para que su voz se escuche cristalina y directa; así les contó a los otros lo de la escudilla falsa de Aurrerá y, cuando estaba a punto de empezar con lo del mesero sustituto, me salió lo gallo bravo y le apreté la mano. Lo tomó como una invitación a bailar. Preguntó: ¿todo bien? Cómo iba a ser si yo me estaba cagando. Pero sonreía como el flaco que soy y me dejaba conducir por todos los mirones y mironas que se la tragaban al paso.

Lo peor estaba por venir, como aquella vez en Chapultepec. Los nervios tuvieron tiempo de gestarse lentamente, pues lo primero fue un baile de salsa: tres mujeres muy inferiores a la personalidad de la buenísima Candy se discutieron con un baile muy cabrón, de pegarse, de frotarse, de embarrase con todas las ganas. Me gustó, no lo niego; soy flaco, pero no estoy ciego y a quién no le gusta ver mujeres. A Candy le cosquilleaban los pies por demostrarles quién era la más buena, y que ellas podrían estar más altas, pero ella movía las caderas mejor que nadie y hasta se daba el tiempo para preguntarme ¿estás bien? cada dos minutos. El atasque en la pista se me hizo una grosería para los sentidos de un ser sensible como yo, y lo peor, se lo dije. No dejó de decirme que era un anticuado – lo dijo con otra palabra que ya no recuerdo – y que ella me lo iba a quitar. Se quiso hacer la guerrera que lo consigue todo.

Lo más provocador, ahora puedo verlo con más claridad a la luz de la nostalgia, era su cara de niña. Eso es matador. Una mujer buenísima con cara de niña. Esa noche bailamos bachata, según me informó, bueno, ella bailó y yo nomás me le pegué lo más que pude para que no se notara tanto mi presencia. Un tal Prince Roy prendió a todos los presentes. Con Juan Luis Guerra le salió lo romántica y me volvió a besar, me dejó acompañarla al baño y chuparle los pezones colorados en lo oscuro. Allí nadie se daba cuenta de nada. El flaco fantasioso que soy ya estaba con ganas de meterle la mano más abajo cuando, como si la hubiere picado el mosco del dengue, se prendió otra vez y me jaló a la pista. Sé que soy tieso como rama de árbol, pero no tenía por qué burlarse cómo lo hizo. Los amigos del taller la rodearon y al cantar de Candy, Candy, Candy, la hicieron bailar como trompo en medio de aquella rueda del infierno. Después se le arrimó uno y luego el otro, quién sabe cuántos serían. Yo estaba alelado viendo cómo se movía, por eso ni sentí en qué momento me aventaban al centro de esas entrañas. Quedé justo frente de los pechos sudados de Candy, a punto de brotarle del escote. Los ojos de todos estaban en ella, pero en cuanto solté algunos desatinados pasos se volvieron hacia mí. Las risas surgieron de todos lados, y mientras más se reían yo menos conseguía agarrar el ritmo. Me paralicé. Quedé como una estaca, clavado en la tierra con la mirada fija en mi epitafio. Candy no podía más de divertida. En ese calvario me encontraba, cuando se hizo otra vez la sorprendida, echó otra vez su gritito matador y se puso a bailar con otro mastodonte que brincó a la pista atléticamente. Me escurrí: algo imposible para una estaca, pero posible para un corazón mexicano que acababa de ser traspasado. Todavía alcancé a escuchar el río de burla que corrió tras de mis trancos, casi pude ver flotar mis huesos en las aguas puercas de mi vergüenza. El cabrón aquel era una bestia para la bailada, se cagaba en todos los flacos empeñosos de este mundo, Apenas había yo pedido una cerveza en la barra, cuando la vi pasar, no caminando sino bailando hacia la barra con el gorila de verga parada. Al pasar, me dio unas palmadas en la espalda. Se acercó a mi oído y me dijo con la voz más dulce: ¿estás bien?

La tercera vez, revestida ya en mi memoria con mucha decepción, me esperé a la salida del taller, según yo enfrascado en resolver las palabras del ejercicio. Para entonces ya me había dado cuenta de que la bailada era una cuestión de rutina, de tal forma que al salir como siempre, rodeada por todos, escuché que ella capitaneaba el acuerdo para el dónde de esa noche. Me negué con toda la valentía que me fue posible. Dije que no, y me pareció que mi dignidad de flaco se recuperaba un poco. Pareces mi papá, dijo con el afán de ofenderme. Le pude haber dicho algo memorable, algo que tal vez recordara un día, pero me quedé miserablemente callado. Después puso esa cara de ángel, su muy ensayado gesto de rescatadora. Me salió lo macho y me aguanté; ella, más insistente que una alarma de coche que se enciende en la madrugada, no aceptó mi negativa a la primera. ¿Por qué no?, ¿estás bien?, ¿qué te pasa?

Sé que habla de mí con ellos, que los divierte con mis historias. Que se precia de que su alma de socorrista ha fracasado conmigo. Ser flaco tiene sus ventajas; nada resiste más que una vara de nardo, como me decía mi mamá con ojos de amor. Y aunque todavía me acuerdo de lo cerca que tuve a Candy y aquellas cosas que me dejó hacerle, ahora no me queda más que mirarla mientras habla y habla y se mueve y se mueve, mientras estira las erres y se le ocurren los ejercicios más idiotas de la creación, en lo que menea ese cuerpo divino para un lado y para el otro. A veces me invita con el mismo tono en que se dice buenas tardes, ya sin insistencia, con cierta resignación. Siempre digo que no. Llegará un día en que Candy asumirá que soy un caso perdido y dejará las cortesías. Y yo aquí sigo, sin atreverme a dejar este absurdo encuentro de crucigramas, de palabras encontradas, de sentidos opuestos. Sin animarme tampoco a unirme de nuevo a esa bola de fuego. Todo se me va en resistir.

 

Gabriela Torres Cuerva 

Este cuento forma parte del libro Río entre las piedras. Narradores e ilustradores. (2016, Editorial Paraíso Perdido).


Gabriela Torres Cuerva