Un cuento fantástico Un cuento fantástico
El Señor de Suna, Hiroshi, fue rescatado de las fauces de un lobo por el Señor de la noche. Hiroshi quedó muy agradecido por... Un cuento fantástico

El consejo de niwa

El Señor de Suna, Hiroshi, fue rescatado de las fauces de un lobo por el Señor de la noche. Hiroshi quedó muy agradecido por tan noble acción y prometió darle todo aquello que quisiera. El Señor de la noche entonces dejó ver su rostro y, con sorpresa, el amo de las tierras de Suna descubrió que su salvador era un vampiro. El caballero nocturno le habló para pedir su recompensa:

—Quiero entrar a tu aldea como cualquier buen forastero y nutrirme en ella. Sólo te pido que no me niegues el paso y que me abras las puertas de tu fortaleza.

Hiroshi ya había dado su palabra y, aunque aquello era como dejar entrar a la peste, tuvo que acceder:

—Sea pues como tú quieres. Abriré las puertas de mi fortaleza y entrarás a la aldea como cualquier buen forastero.

Un cuento fantástico. El consejo de niwaDurante un año el vampiro desoló aquella villa llevándose consigo un festín de sangre. La gente confiada le abría sus casas, le ofrecía su mesa, le tendía la mano. No reconocían en él peligro alguno. Se mostraba agradable, pagaba muy bien en las posadas, en los comedores. Contrataba los servicios de músicos y fingía beber y comer las mejores viandas. Nadie sospechó en aquel hombre de figura noble, de ropajes de amo de tierras prósperas, otra intención que la del placer.

Mas al caer la pulpa oscura de la noche, cuando él fingía ir a sus habitaciones, asaltaba la aldea. Sus ojos cordiales se convertían en dos tizones encendidos y sus colmillos, prominentes, afilados, se escurrían por entre sus labios. Salía a cazar niños, ancianos, mujeres, hombres. Buenos, malos, ricos, pobres. Creyentes, infieles, guerreros, monjes. Todos eran dignos de su paladar y él no conocía ni remordimientos ni abstinencias.

Pasaron los meses y justo al año el pueblo no soportó más. Se reunieron a la puerta del palacio del Señor de Suna reclamándole protección. Hiroshi fue  consumido por la angustia. Él era un noble cuya palabra había entregado. ¿Cómo cumplir entonces con las demandas de sus fieles vasallos? ¿Cómo protegerlos sin dejar de prohibirle la entrada, sin cerrar las puertas de su fortaleza a aquel monstruo?

Decidió hacer penitencia. Diez días huyó al fondo de sí mismo para encontrar la respuesta. Diez días bebiendo agua, comiendo pan. Y al onceavo apareció entre sus sueños el Señor de Niwa que le regaló una flor azul de cuyo tallo salían pequeñas hojas violetas con mensajes cifrados. Hiroshi, después de aceptarla, se sentó cerca del riachuelo para deshojar la respuesta. Cuando despertó se vistió de seda púrpura y ató a su cabeza un listón verde. Lavó sus manos con agua de jazmines y ordenó que pusieran incienso de musgo sobre el barandal de su balcón. Ofreció cien aves al cielo, doscientos peces al mar. Buscó sus sandalias doradas y abrió todas las ventanas de su palacio para bañarse de luz. Pidió los servicios de su calígrafo personal y le hizo escribir el mismo mensaje sobre cientos de pequeños papeles en forma de mariposas. Unas horas más tarde sus guerreros fueron a repartirlos por la mañana. Tres días después convocó a todos los habitantes de la villa y habló:

—Prometo que aliviaré su dolor y sus penas. Yo no puedo cerrar las puertas, ni impedir el paso a ese fantasma de la noche porque a él he dado mi palabra. Tampoco puedo ordenar matarlo porque me ha salvado la vida. Pero sé dónde habita y cómo detener su cacería. Hoy he dado cita a todos los tatuadores de esta villa y de las tierras vecinas, les ordenaré que sobre el cuerpo de esa bestia tatúen su nombre: Kyuuketsuki. Que no quede un centímetro de su piel donde su nombre no aparezca. Así, cuando él se atreva a entrar a las posadas, sentarse delante de sus mesas o tenderles la mano, ustedes lo reconocerán.

Se cumplió su orden. El vampiro fue tatuado esa misma mañana. Terminaron justo antes de que el sol se ocultara en las tierras de Suna. Cuando el sanguinario despertó descubrió su cuerpo como un pergamino cetrino que repetía un solo y único nombre. Encolerizado se observó la piel, mientras su furia hinchó sus vacías venas. Esa misma noche se dirigió al pueblo intentando disfrazarse bajo sus finos ropajes. No pudo ocultarse más. Aquí o allá alguien lograba identificarlo cuando ante ellos aparecía la caligrafía grabada con tinta  roja, violeta, amarilla o azul. Todo él era una enredadera marchita construyendo su nombre.

Paulatinamente abandonó la aldea. Ya no conseguía cuerpos para saciar su apetito. Sólo recibía insultos, le lanzaban piedras, lo amenazaban con fuego. Sin soportar más, desistió y se perdió entre la noche. La paz volvió a las tierras del amo Hiroshi, que vestido de púrpura y calzando sus sandalias doradas, ofrecía cien pájaros al cielo y doscientos peces al mar el onceavo día de cada mes. Así agradecía al Señor del Niwa la fertilidad de sus consejos…

Cecilia Eudave

Cecilia Eudave