Umbral Umbral
Llegamos de noche a aquel hotel de mala muerte. Nuestras andanzas por los pueblos del país a veces nos llevaban a pernoctar en lugares... Umbral textoasasas

Llegamos de noche a aquel hotel de mala muerte. Nuestras andanzas por los pueblos del país a veces nos llevaban a pernoctar en lugares peculiares. Esta vez yo no estaba conforme con el hospedaje, pero nos encontrábamos exhaustos y no nos quedaba otra posibilidad.

Hicimos el amor como tantas noches. Solíamos bañarnos juntos y beber vino antes de acostarnos. Después de un sexo suave y placentero me quedé profundamente dormida. Sin embargo el sueño que me acometió no fue tranquilo, más bien fue un sueño revuelto y lleno de inquietudes. Los ruidos del hotel me sobresaltaban y a lo lejos no dejaban de oírse los motores de vehículos en un constante trajín.

En algún momento de la madrugada, me despertó un profundo silencio. La noche había sido hasta ese punto tan caótica que el silencio alertó mis nervios. La habitación estaba en una oscuridad casi total. El sobresalto hizo que me quedara  sentada sobre la cama de un golpe. Con las telarañas del sueño aun nublando mi mente miré a mí alrededor tratando de recordar donde me encontraba.

Apoyé mi mano en la pared. Al posar la palma sobre la superficie rugosa sentí que la temperatura era inusualmente alta. Esto me confundió. Mi mente aun desvariaba luchando con las nieblas de las pesadillas. Apoyé la otra mano sobre la pared para corroborar la sensación y me di cuenta que en ese punto estaba fría. Entonces moví la mano un poco a la derecha, este movimiento descubrió un minúsculo punto de donde emanaba una luz naranja e intensa. Mi primera reacción fue volver a tapar el agujero, como si se tratara de una fuga de agua que se fuera a derramar por toda la habitación. Podía ver claramente como la luz luchaba por traspasar mi piel, dándole a mi mano una consistencia fantasmagórica, a través de la cual se podían adivinar, los huesos, los músculos y los nervios.

La sensación era enormemente placentera. La luz, mesmerizante. Después de estar mirando aquel extraño fenómeno por un rato, aparté la mano. Quedé pasmada, el agujero se había ensanchado y ahora era del tamaño de una pequeña moneda de pocos centavos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, sentí como el cabello en mi nuca se erizaba, la habitación se tornó gélida. Me quede inmóvil y comencé a sudar. Quería acercarme al agujero y atisbar a través de él, pero se había adueñado de mí el pánico. Sin embargo, no era capaz de apartar la mirada de aquella extraña luz. Como atraída por un imán, la pared comenzó a encontrarse cada vez más cerca de mi cara. Las gotas heladas de sudor que perlaban mi rostro comenzaron a chorrear. Quise echarme hacia atrás pero el pánico me impidió cualquier movimiento. Desde la boca del estómago un grito se abrió paso en mi interior como una lengua de fuego, pero se detuvo justo en mi garganta. La pared se acercó tanto que instintivamente traté de apartarla con las manos. Ahora el agujero luminoso estaba justo frente a mí a la altura de los ojos. Un impulso irrefrenable me llevó a asomarme a él.

Horizontum-umbral-2

Cuando pude ajustar mi vista a la intensa luz distinguí una enorme extensión abierta, que tenía una textura extraña, como si hubiera vapor. La luz que traspasaba esta neblina se distorsionaba produciendo enigmáticos efectos luminiscentes. La niebla se movía como impulsada por corrientes de aire cruzado. Comencé a ver vagas formas más oscuras, que la luz no penetraba. No podía distinguir bien de que se trataba, y la reducida visión que alcanzaba mi ojo por el agujero me me hacia desesperar.

Evidentemente algo se movía al fondo, y yo no podía verlo con nitidez. Intenté meter un dedo al agujero para ensancharlo. Entró con facilidad. Probé rasgarlo como si se tratara de una tela mientras acercaba el ojo para poder ver mejor. Bajo la presión de mi dedo sentí que la pared cedía un poco, por breves instantes el panorama visual fue ligeramente mayor, pero en seguida el agujero volvió a su tamaño original. Rasqué con las uñas, intentando meter más dedos para que el agujero no volviera a colapsar. Después de un rato de forcejeo logré tener tres dedos dentro, lo que me permitía abrirlos y tener una visión un poco más amplia. Una de las sombras que se movían pasó muy cerca, mi corazón se aceleró, introduje los dedos lo más profundo que me fue posible y sentí como llegaban al otro lado, el calor casi quemaba mis yemas. Busqué algo a que asirme, mis nervios estaban crispados, la respiración agitada, me encontraba en un estado de paroxismo que no me permitía discernir con claridad, mi mente buscaba frenéticamente alguna respuesta lógica.

De pronto sentí un leve aire que rozaba mi espalda. La atención total que había puesto en ese hoyo luminoso, había hecho que olvidara por completo lo que pasaba detrás de mí en la habitación. En mi cerebro se abrió paso como un rayo una punzada de alerta -error de principiante-, pensé -cuantas películas de suspenso he visto, como para saber que esto es un error de principiante- me invadió el pánico. Sentí una presión sobre mi hombro -esto no puede estar pasando- susurraba mi mente alarmada, -esto no es real-. Con el corazón desbocado volteé la cara milímetro a milímetro, hasta que distinguí tres largos dedos que avanzaban despacio por mi hombro. Proferí un grito de terror.

Me despertó un agudo dolor en las yemas de los dedos. Abrí los ojos, frente a mi había un precioso círculo azul incandescente, en el medio del cual se abría un profundo y negrísimo pozo. Parpadeé para enfocar la vista, eran los ojos de Juan Pablo. -Hola bonito- lo saludé. La cara de Juan Pablo estaba seria. Miré a la pared a mi derecha, la adornaban dos manchones rojos de sangre, las yemas de mis dedos estaban desolladas. Me sentí desconcertada y avergonzada.

-Tuviste pesadillas y estuviste sonámbula otra vez- la expresión de mi novio era de gran preocupación.

Yo no dije ni una palabra.

Después de nuestra expedición por el pueblo y los alrededores le sugerí a Juan Pablo que volviéramos al hotel para pasar la noche. Su cara no podía ocultar lo disparatado que le parecía ese deseo.

-Hemos pasado una noche de perros Mía

Yo balbuceé una lánguida excusa y el asunto quedó zanjado, continuamos nuestro camino.

El hotel en el que nos hospedamos esta noche es una vieja casa acondicionada, con un patio central alrededor del cual se acomodan los cuartos de techos altos. La habitación es acogedora. Después del baño intento conciliar el sueño, estoy exhausta, pero las imágenes de lo que vi anoche no me dejan dormir. En la madrugada me levanto y poso mi mano sobre la pared junto de la cama, está fría. Recorro en silencio toda la habitación, la temperatura es más o menos uniforme en todas las paredes, no hay nada inusual. Vuelvo a la cama, concentro toda mi atención en un punto del techo sin parpadear y pienso en un pequeño agujero naranja y luminoso. Al cabo de un rato el techo se vuelve acuoso, es como la superficie de un mar en calma, puedo ver como se mueve en pequeñas olas.

Mi corazón late con rapidez. Lo que acaba de pasar es una muestra de que con mi mente puedo transformar la realidad. Entonces intento con la pared que está más cerca de mí a la derecha, la vuelvo líquida. Acerco mi mano pero no alcanzo a tocarla. Me pongo de pie frente a frente con el muro y aplico toda mi fuerza mental. Ante mis ojos comienza a licuarse, en suaves ondas que reverberan a todo lo ancho de la habitación.

¿Qué haré si puedo cruzar la pared?

Extiendo poco a poco mi brazo derecho, suavemente lo muevo hacia arriba, se acerca a esa superficie blanca como la leche. Cierro los ojos, no quiero ver el momento en el que el brazo cruzará la piedra. De pronto siento un vaho que roza mi cuello y un susurro en el oído.

Cuando abro los ojos estoy en la cama, Juan Pablo a mi lado con la luz de la mesita de noche encendida

–¿Qué pasó?- le pregunto.

–Estabas otra vez sonámbula, cuando fui por ti, te desplomaste, -creo que debemos  ir al doctor…

-Tonterías, debe de ser el cansancio.

Decidimos quedarnos en ese apacible hotel unos días más.

Las dos siguientes noches dormí profundamente, pero la tercera me desperté en la madrugada. Me incorporé en la cama a oscuras y frente a mí, en el lugar en donde debería de estar la puerta del baño, había un portal abierto. Dejaba ver nubes blancas, densas, compactas. Las balanceaba un movimiento suave y cadencioso, hechizante. Me levanté despacio de la cama y caminé hacia el portal. Mientras me acercaba el movimiento de las nubes se iba haciendo más intenso, formando círculos concéntricos.

Cuando llegue al quicio de la puerta sentí un aire fresco y dulce. Me apoyé en los bordes del vano y miré dentro. No se veía nada más que nubes, probé a meter un pie, pero no logre encontrar ningún apoyo. Cerré los ojos y permanecí así unos minutos, dejándome sentir.

Mis meditaciones fueron interrumpidas por un fuerte aire que desde mi espalda se internaba en el remolino, abrí los ojos, las nubes ahora estaban grises y cargadas, a lo lejos se veían luces como relámpagos, las ráfagas de aire eran cada vez más intensas y amenazaban tumbarme. Me agarré al quicio del portal con todas mis fuerzas, luchando para no ser succionada. Gire con violencia la cabeza hacia donde se encontraba la cama y le grité a Juan Pablo a todo pulmón. La cama se alejó de mí a una velocidad de vértigo y el grito fue tragado por la vorágine. Los relámpagos me cegaban, la fuerza del aire no me permitían abrir los ojos, el ruido era ensordecedor. Del ojo del huracán surgió una luz naranja muy brillante que fue llenando todo el espacio.

Algo despertó a Juan Pablo súbitamente, entre las penumbras del sueño vio un resplandor, escuchó un chasquido. Frente a él, ocupando el lugar de la puerta del baño se abría un portal en llamas. Instintivamente llevó su mano al lado derecho de la cama. Mía no estaba. Se levantó de un salto y de dos zancadas se acercó a la vorágine. En ese momento el umbral se cerró. Juan Pablo se encontró a si mismo con una mano sobre la puerta cerrada del baño, solo y rodeado de penumbras.

L.E.F. Castanedo

L.E.F. Castanedo

Linda Elisa Fernández Castanedo Flores estudia el doctorado en Lengua y Literatura Catalanas y Estudios Teatrales, Maestra en Artes Escénicas y Licenciada en Filosofía. Directora Académica del Centro de Estudios de Diseño y Arte, CEDA; Editora en Jefe de la Revista Digital Seres de Moda, ha colaborado en revistas especializadas como Mexcostura y Assaig de Teatro en Barcelona, España.