Toda la noche me quedé contigo Toda la noche me quedé contigo
Los árboles se mueven, dijiste. La blanca luz lunar entraba por la ventana hasta tus pechos desnudos. Tu pezón, como una semilla, se erguía... Toda la noche me quedé contigo

I

Los árboles se mueven, dijiste. La blanca luz lunar entraba por la ventana hasta tus pechos desnudos. Tu pezón, como una semilla, se erguía ante la noche. La noche… los árboles se mueven en la noche, cuando duermo. Con sus patas arácnidas cambian de sitio, y sus ojos diminutos, rojos como brasas, se advierten entre el movimiento. Sulfuran dentro de la obscuridad; entonces puedes verlos, antes no. Antes escuchas como crujidos, como un temblor en las rodillas, o el suelo; o como una voz que viene subiendo, pero no es nada, no hay voz, es el movimiento de los árboles anunciado. Cuando de verdad se mueven… Y entonces te quedaste callada, como buscando las palabras correctas. Cuando de verdad se mueven… es como una fractura en el tiempo… como si…

Un relámpago iluminó la habitación. Tu rostro se reveló un instante, todo lo que nos rodeaba: las sábanas sucias de leche, mis pies allá en el fondo, tu cuerpo blanco. Tu cuerpo que era como un pétalo liso y largo en medio de las rotundas sábanas. Tu rostro sereno y tus ojos fijos sobre la ventana, sobre la luna. Luego se hizo la oscuridad y vino el estruendo. Como si las dimensiones se volvieran sobre uno y todo lo conocido se volviera polvo, rocío, cenizas… Cuando de verdad se mueven se siente como si te fueras a morir, como si el peor terror imaginable se hiciera por fin presente. Así se siente cuando se mueven los árboles, en mis sueños.

Pero eso son, sueños, y metí tu pezón a mi boca. Mi mano sobre tu vientre, tus piernas tensadas sobre el centro. Un ligero gemido, una contorsión. Entonces mi dedo entrando delicadamente a tu ombligo y el pezón más duro y largo, y más saliva y un olor ácido.

Anoche, dijiste sin temblar, íbamos tú y yo caminando por un sendero, y todo estaba rodeado de árboles. Llovía ceniza y el aire era… tu pecho rebosante en mi mano y mi pene erecto, mojado, contra tu cadera, contra tu muslo, como una rama viva que busca… el aire era frío y se escuchaban cantos, sí, eran como cantos, pero muy bajitos, como escondidos dentro del aire. Se movía el follaje y tú sonreías con una cara de loco. Espérame aquí, me decías, y te ibas corriendo quién sabe a dónde, mientras yo te esperaba en el sendero viendo la ceniza caer. Volaban hojas muertas y el ruido del follaje se hacía más intenso. ¿Dónde estás? Te gritaba, pero mi voz no se oía. Entonces volteaba para todos lados, buscándote, y lo único que veía era el cielo gris, rotundo, lleno de nubes. ¿Dónde estás?, volvía a gritar, esta vez más fuerte, y mi voz era como un silbido, como un chillido de gato. Quería echarme a llorar, y lloraba… lloraba tanto y mientras más lloraba sentía que algo se me venía a acercando, que la oscuridad se cerraba sobre mí y… Tu lengua viva, tu lengua… y todo se hacía negro. Aquí está tu regalo, me decías, y cuando abría los ojos la tormenta ya había terminado. Dame tu mano. Yo te ofrecía mi palma abierta, y tú dejabas sobre ella una araña negra. Yo me echaba a llorar. Tú te carcajeabas… te carcajeabas mientras la araña subía por mi brazo sin que yo pudiera moverme. Te carcajeabas tan fuerte, tan fuerte… Por fin un titubeo, una pausa en la voz, y mi dedo sobre tu pubis abierto, mi dedo entrando a tu vagina caliente.

De todas las palabras que tenía en la mente, no entiendo por qué elegí esas, precisamente esas para disuadirte de que te mataras. Llegué esa tarde a la casa y encontré revistas sobre el suelo. Un montón de papeles rotos: prescripciones, recetas, y listas. Sobre todo listas: morfina o metadona, para el dolor, la disnea; dexametasona para evitar la retención hidrosalina; carbamacepina como anticonvulsivo; clorpromacina para evitar la crisis maniaca, los accesos delirantes, el síndrome confusional y detener el procesos psicótico; pembrolizumab, o ipilimumab, para la carga tumoral y la reactivación del sistema inmune.

Toda la noche me quedé contigo

Subí las escaleras y tus tacones estaban rotos y las paredes agujeradas. En la habitación estabas tú, con el revolver en la mano derecha, apuntándote a la cabeza. Me arrojé sobre ti, y tu cuerpo estaba flácido, completamente flácido. No opusiste ninguna resistencia. Tanto que el revolver cayó hacia la cómoda y se oyó un disparo. Los ojos cerrados súbitamente, un olor a pólvora y los oídos zumbando. Tú, abrazada a mí, llorabas. Sentía tu cuerpo rompiéndose. Los ojos que se abren  lentamente: tú llorando desconsolada, como entregándote por fin a la vida. A la puta vida.

Cuando dejé tu cráneo sobre la almohada ya te habías dormido. Tu cabello marrón, todavía brillante, te cubría el rostro. Los oídos zumbando. La cama deshecha, y tu cabello, mucho de tu cabello, enredado entre mis dedos.

De todas las palabras que tenía en la cabeza no sé por qué elegí esas, precisamente esas, para arrancarte de la muerte, ¿pero de cuál muerte? De la muerte roja de la bala, de tu cráneo abierto en dos y la sangre rociada en la pared. De ésa muerte.

Estaré contigo hasta el final, te dije mientras dormías.

II

Llegamos al pueblo una tarde de abril, cuando la luz estaba dorada. La vida alrededor era como un temblor en los ojos. Todo se sentía rígido y solo. Pero la luz era inquieta, tanto que tú te alegraste. Mientras pagaba las medicinas, tú te quedaste en el quiosco mirando todo lo que te rodeaba. Me habías dicho que le tenías miedo a la sombra de los árboles, así que te quedaste en un claro. Yo te miraba desde el otro lado de la calle, al tiempo que una desconocida me extendía una bolsa llena de líquidos azules. Tu muerte líquida, tu muerte azul y negra que custodiabas en todo tu sistema sanguíneo como una bestia diminuta, como un millón de pirañas microscópicas mordiéndote la sangre, acabándote. Tú me dijiste que te sentías como si la sangre se te estuviera secando, como si te estuvieras convirtiendo en una rama.

La noche del estruendo yo estaba prendiendo la fogata, con un cigarrillo entre los labios; tú, arriba, te arrastrabas por el piso con tus pantuflas. Yo podía escuchar el raspar del plástico contra el suelo, de modo que sabía para dónde ibas, cómo te sentías. Si tu paso era más o menos firme, si era errante, o si era lúcido como pájaro. Lo preocupante era no escuchar tus pasos. Me quedaba atento al silencio cada vez que te quedabas quieta, sosteniendo la respiración para escucharlo todo. No había pájaros afuera, pero sí un raspar de grillos y cigarras, un viento sostenido, constante en su honda voz. Aquí adentro el crepitar del fuego y más adentro y mi corazón ensombrecido. Boom, y luego una sensación de tener demasiada sangre en el cerebro; boom, otro latido, otro silencio, y otra vez boom, hasta que tú por fin te movías. Reanudabas tu paso, y supe que estabas desnudándote, ¿o era vistiéndote? Yo volví a respirar y la sangre corrió por fin hacia mis brazos, hacía mis dedos. El humo azul expulsado de mis pulmones inundó el espacio. Dejé el azadón y subí para verte. Estabas mirándote al espejo, casi desnuda.

Vinimos aquí para que te curaras, te dije al ver en tu rostro el asco. No, respondiste, yo vine aquí a morir. Nuestras miradas encontradas en el espejo. ¿Cómo puedes ser tan cruel? Y me senté en la cama. Te acercaste lentamente con tu paso roto, cansado, como queriéndote esconder entre las sombras. Me tomaste la mano y clavaste tu cabeza ya calva sobre mi hombro. El fuego está listo. Ya bajo.

Cuando la luna estaba en su punto más alto te despertaste con un grito y un estruendo sacudió la casa. Tu respiración fue como la de haber resurgido del agua, como quien llega por fin al oxígeno, a la preciada respiración. Y antes de que pudieras romper en llanto, te sacudiste. La violencia del espasmo te retorció los músculos faciales, y rugiste. Luego la calma. Dios, mío, ¿qué es lo que tienes? Y otro espasmo, los dedos tensados como garras, y tu voz rompiéndose. ¿Qué te pasa?, grité, y tus carcajadas abrieron la noche. De par en par se abrió ante mí la verdadera razón de tus estruendos. Conteniendo el espanto, te saqué del cuarto en mis brazos y tu cuerpo era ligerísimo, como si cargara un montón de leña. Te llevé hasta la luz de la luna y tus ojos estaban completamente blancos. Los árboles rugían a nuestro alrededor, pero no soplaba el viento. Entre tus espasmos, pudiste articular una palabra: allá. Y con tu dedo puntiagudo, tu garra negra, apuntaste hacia el sendero, en medio del bosque.

A medida que nos alejábamos de la casa tus espasmos eran menos violentos. Volvías a tu cuerpo como venida de un lejanísimo sueño, uno de extrañas quimeras potentísimas que, comparadas con la realidad, aun con esa realidad oscura y atemorizante, te brindaban calor. Te emanaba luz de los ojos como si toda la vida se te hubiera concentrado ahí, en la mirada. No dejes que se me acerquen los árboles. No, respondí, ¿a dónde vamos? Tú sigue, sigue derecho.

Te llevaba entre mis brazos; íbamos por el sendero en medio del bosque y apenas hablabas. No los dejes, no los dejes, decías una y otra vez, hasta que caías dormida. Luego despertabas con un brinco, como si hubieras recordado que no podías volver a dormir. Mantenme despierta, dime cosas. Te llevaba entre mis brazos, casi desnuda, con un camisón transparente de seda. Y la luz lunar se frotaba contra tu cuerpo, contra la tela, otorgándote un brillo desmedido. Más adelante está el claro, llévame ahí, no me dejes aquí sola… ¿Para qué quieres ir hacia el claro? No hay nada allí. Quiero ver el amanecer. ¿El amanecer? Estamos en la mitad de la noche, falta mucho para el amanecer. Esperaremos allí el amanecer.

Los árboles agitados se callaron de pronto, y fue como si dos puertas negras, pesadas de siglos, se abrieran de par en par. La luna caía hasta nosotros con una potencia… delicadísima… Fue la luz lo que te despertó. La luz del claro; es decir, la oscuridad desnuda del claro. Es aquí, dijiste sin abrir los ojos, déjame ponerme de pie. Tus pies livianos hicieron crujir las hojas muertas y tu paso lento se fue haciendo firme. Tenías el cuerpo casi desnudo, sólo la seda cubriéndote de… la luz, de… la noche. Tus glúteos se fueron alejando como certeros, como vacilantes, y entonces el ruido de una rama rompiéndose a lo lejos me despertó. Clavé la mirada hacia el fondo del bosque y creí ver movimiento. Otro crujido, ahí están, son ellos. Y tu grito fue como mil cristales rompiéndose. Volví la mirada con horror hacia donde tú estabas, pero ya no estabas…

Toda la noche me quedé contigo

Te cubría la seda de las hojas muertas, y tenías las piernas como torcidas, en el brazo una marca, una… mordida. Algo entre las sombras se movió. Grité tu nombre, pero tus ojos eran ya solamente vidrio, polvo, y tu cuerpo una materia punzante, inmóvil, dolorosamente inmóvil, que se iba apagando, apagando…

Te tomé entre mis brazos con todas mis fuerzas y tu cuerpo crujió, ¿o fue a lo lejos? Del borde boscoso alcancé a ver una criatura moviéndose, una criatura… arácnida… un árbol… ¡Ven aquí, malnacido! ¡Sal para que te mate! Tenía el puño cerrado levantado en el aire. Y la criatura salió… sus pequeños ojos eran como dos brasas de fuego, y sus patas como raíces… un árbol… Su respiración quieta me llenó de horror. Sus largos, lentos ojos fijos sobre mí, me dejaron quieto. No sé cuánto tiempo estuvimos así, mirándonos. Después de un resoplido el árbol se movió, regresó a las sombras, hacia adentro del follaje que lo recibió como una madre. Entonces miré todo alrededor, al bosque entero, y un escalofrío mortal me partió el cuerpo.

Toda la noche me quedé contigo, esperando el amanecer. Cuando el sol por fin cayó sobre el claro, y todas las sombras se fueron guardando en sus madrigueras, corrí hacia el bosque buscando a la criatura. Rompí los árboles con mis propias manos, pero eran sólo árboles… ramas inmóviles. Ante mis gritos los pájaros volaron, y fue como si todo el lugar diera un profundo suspiro.

Te enterré en ese claro, en época de siembra, cuando todo estaba quieto, y ellos mirando.

Eduardo Medina

Eduardo Medina (Edo. de Méx, 1989) es escritor y melómano. Escribe sobre jazz, hip hop, psicodelia y otras músicas en revistas digitales como Noisey, Yakonic y Letras Explicitas. Ha escrito también en diarios como El Universal, La Jornada; y suplementos como La Cultura en México. Sus textos se han publicado en algunas antologías, las dos más recientes: Andan sueltos como locos (2016), del premio Amparo Dávila; y El Pulso de la Tribu (2015), del Estudio Matanga. Ensayo para un saxofonista (Abismos, 2016) será su primer libro publicado bajo su nombre.