Tenochtitlan, nos movieron el corazón Tenochtitlan, nos movieron el corazón
Si uno llega al Zócalo, esa plancha de concreto custodiada por edificios monumentales (Palacio Nacional, Catedral Metropolitana, Palacio de Gobierno de la CDMX), lo... Tenochtitlan, nos movieron el corazón

Si uno llega al Zócalo, esa plancha de concreto custodiada por edificios monumentales (Palacio Nacional, Catedral Metropolitana, Palacio de Gobierno de la CDMX), lo hace casi invariablemente por la calle de Madero. Es tan frontal este trayecto, que uno camina con el convencimiento de que Madero ha sido desde tiempos prehispánicos la principal avenida de la ciudad. Sucede que no es así, que los capitalinos tenemos el corazón “movido”, que los ejes de la traza urbana han experimentado transformaciones que inciden en la morfología de la otrora “Ciudad de los Palacios” (como la llamó Charles Latrobe, en 1834). De allí este sentir errabundo que suele acompañar el carácter de los habitantes del antiguo Distrito Federal.

Tenochtitlan, nos movieron el corazón

Al mirar la maqueta que se halla en el Museo del Templo Mayor, o en su defecto, al rondar la Tenochtitlan a escala que se encuentra en la estación “Zócalo” del STC (Metro), uno puede darse cuenta de que algo ha cambiado desde la fundación del imperio mexica, en 1325. En la maqueta, la plaza principal se hallaba donde hoy se erige la Catedral. En aquellos años, la avenida principal que comunicaba hacia el nor-poniente era la México-Tacuba, es decir, la actual calle de Tacuba. La calle de Madero no figuraba en el mapa. La México-Tacuba era una calzada concurrida. En ella se establecieron, durante el periodo colonial, importantes comercios, hostales y fondas. Luego se fundaron fábricas tabacaleras y mansiones. El esplendor de esta calle terminó con el periodo de post-Independencia, con el arribo a Plateros, hoy Madero, de cafés, teatros, bares y actividades culturales (más tarde, Maximiliano de Habsburgo adoptaría este espacio, fusionando el corredor Plateros-La Alameda-Reforma, donde circulaban lujosos carruajes que conducían al emperador, desde su castillo en Chapultepec, hasta el Zócalo de la ciudad).

¿Qué pasó? ¿Dónde quedó el centro de Tenochtitlan? Hay que considerar que en la cosmogonía mexica, la orientación era mucho más que una traza geométrica. Una vez encontrado el islote con el águila devorando la serpiente (los códices describen un pez en lugar de un reptil), los antiguos mexicanos se dieron a la tarea de celebrar rituales, ofreciendo a las deidades copal, cantos, danzas. Pidieron permiso a los cuatro vientos: al norte (Tlatelolco); al sur (Iztapalapa y Xochimilco); al oriente (Texcoco); al norponiente (Tlacopan). La fundación de la urbe fue, sin duda, un acto sagrado.

Tenochtitlan, nos movieron el corazón

¿Conscientes del poder simbólico, los españoles decidieron destruir el centro de energía mexica, originando su propio centro? Si no, ¿para qué imponer un templo católico sobre la plaza principal? Los conquistadores se cercioraron de destruir una urbe esplendorosa, plena de agua, comparada con Venecia por los cronistas europeos. Intencional o no, el acto de barbarie cometido por los conquistadores removió las entrañas de los capitalinos, dejándonos en la orfandad espiritual. ¿Será que alguna vez recuperaremos nuestro corazón? ¿Algún día habremos de encontrarnos con nosotros mismos?


Ulises Paniagua

Ulises Paniagua

Ulises Paniagua (México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015).