Tambores de guerra en el oriente: Trump desafía a China Tambores de guerra en el oriente: Trump desafía a China
La jerga diplomática, repleta de grises eufemismos y retruécanos léxicos, repela de la crudeza y altanería del término preciso para describir tal o cual... Tambores de guerra en el oriente: Trump desafía a China

La jerga diplomática, repleta de grises eufemismos y retruécanos léxicos, repela de la crudeza y altanería del término preciso para describir tal o cual circunstancia. En buena medida, el propósito de su cultivo es el de alejar, para el sensible equilibrio de las relaciones internacionales, los exabruptos de las pasiones desbordadas. El objetivo de ese lenguaje edulcorado, diluido hasta la insipidez, es, por ejemplo, vedar las posibilidades de que un sustantivo como “confrontación” acabe rematado por el  adjetivo “devastadora”.

El empleo, pues, de ambas palabras jamás anticipará nada bueno; mucho menos si fueron emitidas por un gobierno –en este caso el chino-, en respuesta a otro –el estadounidense-.  “Tales observaciones no merecen tomarse en serio –dice el gobierno chino, a través del China Daily: http://www.chinadaily.com.cn/opinion/2017-01/13/content_27941924.htm-   porque son una mezcolanza de ingenuidad, miopía, prejuicios desgastados y fantasías políticas poco realistas. Si actuara sobre ellos en el mundo real, sería desastroso. Como muchos han observado, establecería un curso para una confrontación devastadora entre China y los EE.UU”.

Las “observaciones” de marras fueron pronunciadas por Rex Tillerson, futuro secretario de Estado del gobierno norteamericano, durante su audiencia de confirmación ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de su país. Ahí, entre otras cosas, afirmó lo siguiente: “(China) no ha sido un socio fiable para usar toda su influencia para frenar a Corea del Norte; (además) ha demostrado una disposición a actuar con desidia en busca de sus propios objetivos, que a veces han entrado en conflicto con los intereses de Estados Unidos. Tenemos que lidiar con lo que vemos, no con lo que esperamos”.

Tambores de guerra en el oriente: Trump desafía a China

Pero, por si no fuera suficiente, el rapapolvo transnacional, proferido por el futuro jefe de la diplomacia estadounidense, también abordó el polémico expediente de la construcción de las islas artificiales que el gobierno de Pekín realiza al sur de su territorio continental. “(…) Es una toma ilegal de áreas disputadas –dijo Tillerson- sin consideración por las normas internacionales”.

Las declaraciones de Tillerson no forman parte, como ya se verá, de la trama de incorreciones y excesos discursivos que el equipo de Donald Trump –al parecer ansioso por emular a su jefe- ha desplegado con singular desparpajo. Los duros términos con los que el futuro secretario de Estado se refirió al gobierno de China, son consecuencia de una consistente –aunque muy peligrosa y, por ello mismo, irresponsable- estrategia de confrontación, que tiene su origen en la animadversión personal que el presidente electo de los Estados Unidos dejó traslucir, con obsesiva frecuencia, a lo largo de su campaña por hacerse de la Casa Blanca.

Si bien es cierto que las relaciones entre Estados Unidos y China no eran precisamente las de dos Estados amigos; al menos, hasta hace poco, ambos países mantenían estables ciertos parámetros en la correlación vigente que les permitía contener las hostilidades en un marco mínimo de moderación discursiva y fáctica. En cambio, pese al dilatado esfuerzo diplomático que todo ello significó, la inminente administración de Donald Trump parece decidida a echar por la borda el fino tejido sobre el que descansó la frágil relación bilateral.

Tambores de guerra en el oriente: Trump desafía a China

En efecto, si existe algún apartado por el que el Estado chino se muestre particularmente receptivo en identificar hostilidades o intromisiones, es en lo que toca a su política de unidad territorial, en concreto, en todo aquello que tenga de por medio el reconocimiento de la República de China (Taiwan) por otros países. Se trata de un añejo conflicto internacional que tiene, como telón de fondo, la abierta hostilidad que la República Popular China despliega contra todo Estado que reconozca a Taiwan como sujeto de Derecho y, por ello mismo, acepte formalmente su independencia y régimen.

Así, pues, Trump parece empeñado en dilapidar las inercias propias del sistema internacional, perturbando, con particular acritud, un tópico sensible. Estrategia –si así puede calificarse el despropósito- , que ejecutó poco después de conocerse la inevitabilidad de su llegada.

A principios del mes de diciembre del 2016, Trump inauguró su embestida contra los delicados principios que soportaban la conflictiva relación entre Estados Unidos y China, al llamar telefónicamente a la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, quien celebró, afirman medios estadounidenses, la victoria del magnate. Aunque  la llamada de entonces fue interpretada como una más de las escandalosas pifias del presidente republicano -acosado por su ignorancia en el ejercicio político-, poco después se supo que dicho contacto se inscribía entre las tácticas de una estrategia formal.

Apenas el sábado 14 de enero, Donald Trump declaró ante el Wall Street Journal que la política de reconocimiento a “una sola China” -refrendada por el gobierno estadounidense en 1972, 1978 y 1982- estaba sujeta negociación, siempre y cuando el gobierno de Pekín  modificara sus políticas comerciales. La respuesta no se hizo esperar. Con la brusquedad que le es característica al régimen chino, cuando de responder a gobiernos extranjeros se trata, Lu Kang, vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores, declaró lo siguiente: “En el mundo hay una sola China y Taiwán es inalienable de su territorio”.

Frente al acelerado proceso de descomposición en las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y China, un protagonista de la escena mundial, Rusia, con acreditadas aspiraciones por hacerse de la  hegemonía global, podría ejercer su influencia en ambos gobiernos para distender, de alguna manera, la complicada coyuntura. Con ello, fortalecería aún más su nivel de influencia en Washington –con la administración de Trump- y Pekín, además de apuntalar con mayor énfasis sus históricas ambiciones de superioridad internacional.

Inesperadas y, en efecto, “devastadoras” podrían ser las consecuencias de un conflicto de pronóstico reservado entre Estados Unidos y China.

Y el gobierno de Trump ni siquiera ha comenzado.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.