Sincretismo y “Pasión” en Iztapalapa Sincretismo y “Pasión” en Iztapalapa
El sincretismo ha forjado buena parte de los más entrañables festejos religiosos en México. La peculiar combinación de elementos sagrados de distintas épocas Sincretismo y “Pasión” en Iztapalapa

El sincretismo ha forjado buena parte de los más entrañables festejos religiosos en México. La peculiar combinación de elementos sagrados de distintas épocas, dota a su aleación de un respaldo poderoso por partida doble, tanto por el componente histórico que le antecede, como por la sacralidad intrínseca que posee. Un recurso tan complejo como infalible.

Fueron los primeros evangelizadores españoles quienes, astutamente, echaron mano de la fórmula sincrética para hermanar la cosmogonía religiosa del pueblo mexica con su propia devoción, el catolicismo. Así se conjugaron, en un lento proceso de asimilación, las principales muestras religiosas del país. Desde el extendido culto a la Virgen de Guadalupe –o Tonantzin, diosa madre para las culturas mesoamericanas-, hasta la celebración anual de la “Pasión de Cristo” en Iztapalapa, rito que tiene lugar en un icónico centro sacral para el credo azteca.

Los antecedentes

Tanto para la cultura azteca como para las mesoamericanas, el tiempo era una construcción circular. Cada cierto lapso, todo debía acabar para dar lugar a un nuevo ciclo. En el Cerro de la Estrella -conocido también como Huizachtépetl-, un árido montículo de tierra que mira al oriente, se levantaba el sitio sagrado donde cada 52 años el sol se apagaba y luego era renovado. La ceremonia del Fuego Nuevo.

Cada 52 años, los moradores de Tenochtitlan se deshacían de cualquier clase de fuego, en particular el asociado Xiuhtecuhtli, divinidad proveedora de ese elemento. Llevaban a cabo una limpieza profunda de su entorno, y luego orientaban su atención hacia el Huizachtépetl, donde tendría lugar la parte medular de la ceremonia.

Semana Santa

Ahí, ataviados en sus mejores galas, poderosos sacerdotes verificaban que Xiuhtecuhtli hubiera favorecido al pueblo mexica con un nuevo sol. De lo contrario, monstruos feroces acabarían con el mundo conocido. Como se supo, esto nunca ocurrió.

La Pasión

Hacia 1833, los pueblos de Iztapalapa vivían –o mejor dicho, morían- asolados por una inclemente epidemia de cólera. En respuesta, la comunidad organizó una procesión hasta el “Señor de la Cuevita” –uno de los santos más importante de la región-, quien concedió la cura para los peticionarios mediante un afluente cuyas aguas podían curar a los enfermos de dicho mal.

Fue así que desde 1843, según el cronista de Iztapalapa Jorge de León, los ocho barrios  de Iztapalapa – La Asunción, Santa Bárbara, San Ignacio, San Lucas, San Pablo, San Pedro, San Miguel y San José- en agradecimiento al gesto, se arrogaron la compleja tarea de montar una procesión dolorosamente similar a la verificada en los años bíblicos, con el Cerro de la Estrella por el Gólgota, y a Cristo mismo por un miembro de la comunidad.

El papel estrella, Jesucristo, demanda del actor a ejecutarlo de una particular convicción y condición física para hacer frente al castigo corporal y a las extenuantes jornadas de actuación, compuestas, entre otras cosas, en llevar sobre sus hombros una cruz –literalmente-, de 90 kilos y seis metros de largo, por los dos kilómetros de recorrido establecido. Debe dejar crecer su cabello y teñírselo si fuera necesario. También se exige el que no se encuentre casado, tal y como ocurrió recientemente – https://www.youtube.com/watch?v=vt1t2_YVqXo-  Su condición de católico e iztapalapense se da por descontada. Aquí no hay dobles.

En el almanaque de anécdotas históricas que acompaña cualquier hito de magnitudes similares, nunca sobran las paradojas. En este caso, se sabe que Benito Juárez, campeón del laicismo mexicano, dotó de oficialidad a la “Pasión” de Iztapalapa mediante un decreto que protegía su celebración. También se cuenta que, al menos en una ocasión, el general revolucionario Emiliano Zapata solventó la ceremonia con dinero para su feliz montaje.

Semana Santa

Se estiman en miles los extras que participan de la “Pasión de Cristo”, y en cientos de miles, incluso millones, quienes asisten a los episodios interpretados. El “Domingo de Ramos”, el “Jueves Santo” –cuando las calles se visten de blanco y morado- y el “Viernes Santo” – el día de la tragedia litúrgica-.

Durante el “Jueves Santo”, la procesión emula la visita a las “siete casas” y la celebración de la “Última Cena”; se lleva a cabo el “Lavatorio de pies” y tiene lugar la “oración en el Huerto de los Olivos”, epilogado todo ello con la “Aprehensión” de Jesús, a expensas de las 30 monedas que Judas recibió del Estado romano.

Sin embargo, el pináculo de aflicciones litúrgicas tiene lugar el “Viernes Santo”, cuando Jesús es condenado por Poncio Pilatos, y su espalda es azotada por las armas de los soldados romanos. Luego viene el Vía Crucis con sus tres caídas –en el 2003, el Cristo de Iztapalapa cayó cinco veces, agobiado por el cansancio-, y la penosa subida al Gólgota –Cerro de la Estrella- por la procesión, para cerrar, hacia las tres de la tarde, con Jesucristo flanqueado por Dimas y Gestas, el ladrón bueno y malo respectivamente, con la Virgen María dolorida y Judas ahorcado por su consciencia.

Ésta será la representación 174 de la “Pasión de Cristo” en Iztapalapa, y ya hay, se sabe, una larga lista de actores ansiosos por interpretar a Jesús.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.