Sin retorno Sin retorno
Es curioso. Lo único seguro en esta vida es la muerte. La muerte esta tan segura de atraparte, que burlonamente te da de ventaja... Sin retorno

Parte I

Mercedes

Horizontum. Sin retorno. Julio César Hernández Galván, Cuervo de Hojalata

Es curioso. Lo único seguro en esta vida es la muerte. La muerte esta tan segura de atraparte, que burlonamente te da de ventaja una vida. Casi todos tenemos miedo a la muerte como si fuese algo tangible.

La brújula está perdida en el espacio, su aguja gira absurdamente hacia todos lados. No existe el tiempo. Mi mente aún no termina de desarrollar ideas. Sin saberlo me vi envuelta en un mundo de gris cristal que estalla contra mí. A cada paso que doy, a cada movimiento improvisado, y se cuenta la misma historia.

Nunca sabré si mi destino estaba fijado. Si él lo sabía o si buscaba con ansiedad la destrucción del mal que me rodeaba. Tal vez había nacido loco, en un mundo de sádicos y sangrientos buitres que devoran las ideas de los hombres.

Yo creí en un Dios, procure seguir un conjunto de normas y reglas durante toda mi vida. ¡Me porte bien y fui una buena Cristiana! Ame y fui fiel a mi novio, fui buena hija, esperando que después yo fuese recompensada con la felicidad eterna. Pero ya no, ya no creo en Dios. Vago sin rumbo, sin nada. Apenas y haces unos momentos escape de ‘una pesadilla’.

A veces me afianzaba en la idea de que no existía nada después de la muerte; que al morir nada sentiría, por lo que no debía tener miedo a la muerte, eso es lo que pensé buena parte de mi vida, incluso al sentir el frío atravesando en mi piel, en mi pecho, en mi corazón, mirando a los ojos de aquél, al que tanto me amó.

Mercedes es mi nombre, y hay cosas que no recuerdo. Parece ser que mi memoria está truncada con ciertos vacíos. Recuerdo exactamente como llegue aquí y de dónde vengo. Estoy… estoy muerta. Hace dos semanas que vago sin rumbo. Esta vida, o lo que sea después del final, no se parece a nada a lo que hubiese pensado o leído en algún libro, mucho menos en lo que vi en varias películas. Para empezar, no me he ido a ningún lugar, sigo aquí… en donde viví… mirando a todas las personas con las que conviví… a todos los que amé y odié. Recorriendo las mismas calles… recogiendo cada uno de mis pasos.

No he visto un túnel rodeado de luz, con familiares y amigos ya fallecidos que me llamen. Echo de menos la luz. Desde que estoy aquí no he visto el sol ni a la luna, creo que cuando mueres, el sol y la luna se van para siempre. En este mundo siempre es de noche. Todo es oscuridad, no percibo los colores, sólo cosas y figuras grises. No me he ido a ninguna parte, existo en el mismo mundo de siempre, sólo que entre sombras.

Sé que es de día, porque veo a las transeúntes ir y venir mecánicamente por las calles y avenidas; algunos corriendo, leyendo, platicando, jugando. Sé que es de noche… porque casi todos duermen y lloran.

Soy invisible, yo misma no me percibo, no recuerdo muy bien como era mi cuerpo, de hecho ahora no tengo ninguno, y creo que eso le pasa a todo aquel que se muere, pues no he visto a nadie como yo aquí, en la muerte. De repente siento alguna presencia y volteo… pero nadie existe… a nadie veo… nadie me ve…

Algunas veces voy a las casas de mis familiares y amigos, de los que aún recuerdo. Veo a mis padres y hermanos… me extrañan y entran con lágrimas en los ojos a mi cuarto. Mi padre abraza con delicadeza esa chamarra negra que me regaló… y me dice que me quería con todo el corazón. Mi madre se sienta en mi cama y lamenta tantas cosas que no me enseñó. Mis hermanos juegan con mis cosas y se imaginan mi presencia a su lado.

Salgo de la casa sin sentir alegría o tristeza. Y camino, vagabunda y solitaria por las calles, anhelo el viento, pero tampoco existe. Y llego a la casa de mi novio. Lo veo, está triste, pero no arrepentido. Creo que también me extraña. Percibo como poco a poco su sombra se desvanece… como perdiendo brillo, creo que dentro de poco morirá, y entonces lo perderé para siempre. Es algo angustioso, a veces grito para que me escuche, pero nada… la verdad es que yo tampoco lo oigo cuando me habla. El mundo en la muerte es totalmente silencioso.

 ***

 Lo he intentado, he sido capaz de mover objetos, pero quien se da cuenta de eso se sorprende solamente, pero no busca saber qué paso, y a pesar de que no duermen bien no quieren profundizar a lo desconocido. Me he concentrado mucho, puedo hacer que algunas personas me vean, pero huyen espantados y horrorizados. Por eso no dejo que los míos me vean, temo lo que podría ocurrir.

En realidad tengo que confesar algo más, algo tangible después de la muerte, y es que creo, creo que no estoy del todo sola, siento dentro de mí otro ser, una extraña voz. Esa voz me dice que cierre los ojos, que duerma, que me deje llevar, que no insista, que no piense, que no sienta… que aleje de mi mente todo pensamiento.

Esa voz es más poderosa cuando creo soñar. Los muertos también soñamos… por lo menos lo creo. Hoy la voz me ha dicho, no con palabras  —ella jamás usa palabras— que mire al cielo; en el cielo he visto un gran agujero, más negro que la propia noche con un borde azul parpadeante y el centro del agujero parece girar a una velocidad vertiginosa; ese agujero me llama, y creo que sé lo que es. Ese agujero es el olvido. La sepultura definitiva.

No sé por cuanto tiempo resistiré a su llamado, y me perderé en la inexistencia eterna, en el más allá que siempre he esperado, pero pienso luchar por quedarme un poco más, un poco más, quiero ser el testigo silencioso del mundo, quiero ver si los vivos logran vivir, quiero ver si el motivo por el cual estoy aquí es el más grande en el corazón de mi novio. Y es que a veces creo que se arrepiente.

Hubo un instante en que vi una luz que acababa de nacer de no sé dónde, nacía y moría en una misma danza de muerte y dolor, en un mismo baile de dudas y pasiones, de sentimientos amorales, de éxtasis. La pasión se convertía en sangre, sangre negra, de mil ilusiones rotas, por los locos que cantaban canciones de guerra. La historia se acaba, y un instante de paz fue suficiente para justificar la existencia del ser humano.

***

No fue mi incapacidad de vivir… fue la fuerza del amor de quien estaba a mi lado quien me empujó a este mundo.

 

Parte  II

Gregorio

 

Horizontum. Sin retorno. Julio César Hernández Galván, Cuervo de Hojalata

Estoy enamorado. Aún lo estoy, a pesar de que ella ya no está. Aunque a veces siento su presencia. Tal vez… sólo imaginación.

Se siente uno tan sumamente bien al estar enamorado, es una sensación maravillosa, el amor es algo tan sumamente perfecto y puro. Sin duda, el amor es lo más perfecto que debe quedar en este sucio mundo.

Sentirse enamorado es sentirse especial, pero que triste es cuando uno no es correspondido, que pena me da toda esa gente enamorada que sufre porque están solas.

Cada noche iba a ver a mi gran amor. Ella entre tiernas caricias me besaba y me decía que me quería. En esos momentos sentía en mi alma una gran sensación, una sensación inexplicable e inabarcable, inexpresable con el lenguaje común de las palabras, una sensación que extasiaba todo mi ser, que resaltaba mis fibras y la circulación de mi sangre. Sin duda alguna se trataba de la felicidad perfecta, esa felicidad que nubla tu mente, y no te permite pensar en nada malo.

Mi gran amor era perfecto, tenía una cálida sonrisa, una cara de ángel. De su cuerpo todo me gustaba. Ella solía abrazarme casi maternalmente cuando sabía que más lo necesitaba. Sus besos… sus besos eran los instantes más bellos y mágicos que yo conocía. Ella era capaz, cada tarde, de hacerme olvidar todo lo malo que hay fuera de nuestro refugio, toda esa gente mala, toda esa gente que dice tonterías, que dice piropos groseros, que piensan con sus sucias y podridas hormonas en vez de con su limpio y eterno corazón, esa gente me produce náuseas. Me hacía olvidar mis preocupaciones y mis enfermedades, las guerras y la miserable hambruna.

Me enamoré de ella por su inteligencia, por su belleza, por su sentido del humor, me enamoré de ella por su franqueza. Ella era así, de perfecta, como la brisa fresca de la mañana que despeja de nuestras mentes las malas pesadillas de la noche, por ella pude hacer cualquier cosa, y con ella me sentí capaz de todo.

¡Perdón si es blasfemia! Ella… el sol de mi vida, era tan bella como el amor de Dios, el centro de toda mi existencia.

Yo solía decirle constantemente: “Te inmiscuiste en este tonto mundo y te castigarán fuerte y duramente. Porque has desarrollado tus ideas, tus propias ideas sobre el mundo que te rodea. Todo el tiempo del pasado y del futuro reventará en tu cabeza. ¡No, tú no mereces esto! En un segundo pueden lanzarte al olvido después de beberte. Y la verdad acabará por llevarte a la perdición… al inframundo de bestias moribundas y hambrientas. Una lágrima de odio bañará tu mejilla, el universo tocará las estrellas y tu imaginación se irá convirtiendo en una pesadilla, como un síndrome, como un delirio de alcohólico. Despertarás en medio de los sueños nunca soñados, sin saber en realidad dónde estabas, dónde dormías, por qué dormías. Te acercarás lentamente a un destino indeseado, y sin saberlo, te harás prisionera de tu tiempo.” Esto… esto era mi idea mientras le besaba.

Llegó una noche. La noche anhelada. Una noche en que llegamos al clímax de nuestra relación. Hicimos el amor. No era mi primera vez. Era su primera vez. ¿Sabría explicar? No hubo dolor. Después… después ella dormía… mi dulce amor. Dormía y me miraba fijamente, tenía los ojos clavados en mí, con una mirada vidriosa y opaca, y su expresión era perfecta, una expresión de horror perfecto, “Qué perfecta es la mueca de terror de mi amor” me decía a mí mismo.

Ella no sintió ningún dolor. No, no hubo dolor alguno. El mundo no tiene razón, la muerte no es dolorosa. Lo hice porque la quería cuidar y proteger. Protegerla de la gente de fuera, de esa gente mala, de esa gente que dice y hace tonterías y estupideces, de esa gente capaz de hacer daño por placer a otras personas.

Mi Mercedes jamás conocerá a esas personas, yo no lo permití, no quería que nadie le hiciera daño, por eso yo mismo he acabado con su vida material, ahora será feliz, protegida para siempre en el eterno paraíso, donde nadie puede hacerle daño. Estará siempre junto a Dios, pues su perfección sólo Dios la conoce.

Quizás no la vuelva a ver nunca, pero estaré bien, al saber que ella estará para siempre en nuestro refugio, ahí donde la gente mala no pueda jamás alcanzarla. De esta manera jamás la podrán corromper, así no acabará como todas: cínicas, mentirosas, materiales, corrompidas todas, ángeles con las alas destrozadas, basura de la creación.

Ella estará por siempre en la zona donde le corresponde, en el lugar más perfecto del universo, donde tan solo la pureza reina, donde ella, que es bella como el amor de Dios, podrá para siempre ser feliz, junto a otros ángeles como ella…

A veces siento que está aquí y que hace ruidos… pero no… no. Ella está lejos de aquí. En el cielo.

“Lloraré por siempre su ausencia, en este mundo gris que nos odia y que nos ama, que nos destruye, condenándonos a vivir.” Pastillas para dormir.

 

Parte III

Catástasis

 

Horizontum. Sin retorno. Julio César Hernández Galván, Cuervo de Hojalata

Camino sobre sombras y reflejos grises. Estoy agitado. Apenas desperté y abrí los ojos, y contemplé lleno de horror las rojas fauces y los llameantes y ardientes ojos de un ser extraño y horrible. ¡Quería devorarme!

Pero yo corrí, corrí despavorido… pero me seguía… volteé para enfrentar la cruel pesadilla… pero ya no estaba y en mi mente me vino un nombre… el nombre de la bestia que espera las muertes… ‘Cancerbero’. ¿Acaso… acaso he muerto?

Estoy envuelto de cosas extrañas. Veo a mis amigos y les hablo, pero no me oyen. No siento frío ni calor. No sé si es de día o de noche. No, no sé nada… el viento pasa pero no me roza. Trato de tocar objetos y de abrir puertas… pero mis manos todo lo penetran… no hay cosa alguna que no atreviese.

Una débil voz surge dentro de mí. Una voz profunda, hueca y quejumbrosa. Una voz que me dice que mire al suelo; en el suelo hay un gran agujero, negro y profundo como la propia noche, un interminable abismo y a su alrededor una franja roja que parpadea. El centro del agujero parece llamarme…

Hubo un instante en que vi una luz, una pequeña luz sin color, parpadeante e intermitente, maldito baile de muertos….

¿Y mi Mercedes?

Fin


Julio César "Cuervo de Hojalata"

Julio César "Cuervo de Hojalata"

Aficionado del cine, de los libros, del teatro y del diseño. Escritor en tiempo libre.