Ser extranjero en Estados Unidos en tiempos de crisis Ser extranjero en Estados Unidos en tiempos de crisis
Llegué a Estados Unidos el 27 de julio de 2013 para estudiar un doctorado en español en la Universidad de Cincinnati. Dejé en México... Ser extranjero en Estados Unidos en tiempos de crisis

Llegué a Estados Unidos el 27 de julio de 2013 para estudiar un doctorado en español en la Universidad de Cincinnati. Dejé en México a mi familia, a mis amigos más cercanos, mi comida favorita para seguir estudiando, para tener un buen trabajo y, también, aliviar la curiosidad de lo que significa viajar, hablar otra lengua, observar el tamaño del mundo. Ciertamente no fue fácil y aunque los primeros meses tenía miedo de abrir la boca, de caminar sola por las calles y de tener que enfrentarme a las constantes dificultades de la vida cotidiana, me adapté.

Tengo la suerte de pertenecer a un programa nutrido de personas de todas partes del mundo, abiertas a la experiencia internacional. Gracias a mi universidad he podido conocer y hacer amigos de diferentes puntos de Estados Unidos, de España, Brasil, Colombia, Puerto Rico, Argentina, Francia, Rusia, Jerusalén, Alemania, China, Corea, Japón, etcétera. Estoy en un departamento donde hay escritores, académicos, maestros de lengua y literatura así como personas encargadas de la administración que ven como una oportunidad profesional y una necesidad humana el aprender nuevos idiomas para establecer puentes de comunicación entre diferentes países y culturas. Saben también que en estos tiempos es prioridad darle cabida a todo el conocimiento de lo humano.

Ser extranjero en Estados Unidos en tiempos de crisis

Los primeros meses no salía más allá de los terrenos de la universidad. He de decir que siempre me hallé a personas gentiles y curiosas de que yo viniera de México, que les gustaba la comida, que habían tomado un curso de español, que tenían a un amigo o un pariente hispanohablante. Poco a poco el temor de ser una extranjera se me fue quitando y me sentía más segura y más contenta.

La ciudad de Cincinnati es pequeña y hermosa en todas las estaciones del año. En primavera el paisaje se llena con árboles cargados de flores; el verano caluroso se cubre de un exquisito follaje verde y de luciérnagas al atardecer; el otoño es soberbio: con una gama interminable de colores que van del amarillo, el café, el naranja, el rosado, hasta el rojo intenso, mientras que el invierno es impredecible entre temperaturas de 25 grados bajo cero, hielo y nieve (como mi primer año) o lluvias y un calor que pertenece a otra estación, como este que estamos viviendo.

La ciudad está llena de gente cordial y educada. El ambiente en el que me he desenvuelto no refleja, por complejo, la realidad del país. En una misma calle se pueden notar los enormes contrastes. La calle de Vine es un buen ejemplo para ilustrar el cambio súbito entre dos esferas radicalmente distintas. Arteria que conecta de la zona universitaria al downtown de Cincinnati, en la calle Vine tenemos una zona desolada de edificios abandonados con yonkis tirados a sus puertas, homeless que sostienen sus letreros donde explican que son veteranos de guerra y necesitan un dólar para comer y dealers que te echan una mirada inquisitiva al pasar. Tras un breve pero inevitable tramo, viene una linda y moderna zona de restaurantes donde se mira gente bonita, bien vestida, alegre. Dos mundos en una misma calle. Algo que por cierto menciona el buen Jimmy McNulty en The Wire.

Ser extranjero en Estados Unidos en tiempos de crisis

Y despegándome un poco del mundo conocido y de confort de la universidad, andando por las calles en las que uno de pronto se aleja de las zonas “bonitas” se encuentra a la gente que te mira mal. Recuerdo que una vez que iba caminando y encontré a una mujer que lanzó un escupitajo a mi espalda. Voltee a verla indignada y ella me lanzó una mirada desafiante, violenta. Preferí seguir de largo, pensando que quizá no tenía que ver conmigo. Luego de que varias personas repitieran el gesto,  llegué a la conclusión de que (tal vez) no se trata de algo fortuito. En otra ocasión, en una clase de baile, hablaba alegremente con mis amigos hispanohablantes y alguien se acercó a mí y me dijo “no spanish”.

Cierto día iba a entregar unas películas a la librería pública cuando dos hombres comenzaron a perseguirme y a decirme obscenidades entre las hacían referencia a que soy latina. Saliendo a otras partes, por poner otro ejemplo, el estado vecino de Kentucky las cosas se ponen un poco más complicadas en tanto uno se aleja de la zona céntrica. Si visitamos un restaurante las personas ponen una barrera invisible donde no te hablan a menos que sea absolutamente necesario, te evitan físicamente, no te miran. Entonces, uno como extranjero se encuentra en el rincón del lugar, completamente aislado, a la sombra de los coros de personas que comen, beben y ríen alegremente con sus conocidos. Para nosotros hay un muro de indiferencia.

En otro lugar de Kentucky recuerdo a un muchacho originario de la Ciudad de México que nos contaba que él en una ocasión, luego de trabajar una jornada completa, tomó su carro y manejó más de cuatro horas hasta Chicago para ver a la banda El Recodo. Nos dijo que en esos eventos siempre hay que sobreponerse al miedo de la migra, pues son el lugar perfecto para la caza de inmigrantes. Explicaba con su grande sonrisa que había que ponerse muy vivo para que no lo pescaran. Sin embargo, lo que a él más le preocupaba era que después del baile, tenía que regresar a trabajar, a primera hora de la mañana.

Otra de las experiencias sobre los enormes contrastes que existen en esta sociedad fue la visita a un restaurante de comida mexicana en las afueras de la ciudad cincinnatiana. Ese lugar se me hizo uno de los más tristes que he conocido, a pesar de que la comida era deliciosa. Recuerdo que llegamos y vimos el lugar casi vacío, aunque ruidoso, pues por los cuatro costados había televisiones con la programación de Bandamax. Nosotros llegamos con la mejor disposición de saborear un rico platillo, platicadores y sonrientes. Le explicábamos a nuestro amigo estadounidense que nos acompañaba esa tarde sobre la dinámica de ese canal y lo mucho que a la gente de México le gusta, no sólo por la música, sino por las bellas mujeres con trajes reveladores. La mesera tardó en llevarnos el menú, tardó en regresar y llevarnos las bebidas y más aún en pedirnos la orden. Sentí que el hambre y el cierto hastío por tanta espera había debilitado la charla y el buen ánimo.

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En uno de los silencios me di cuenta de que en realidad el restaurante no estaba vacío, que había varias mesas con gabinetes ocupados con hombres solitarios, vestidos con ropa de faena, cubierta la cabeza con gorros o sombreros y el gesto agachado, concentrados en el sabor de su plato. Me di cuenta que probablemente eran trabajadores luego de una larga jornada. Observé la discreción de su comportamiento, su timidez y su cierto don de la invisibilidad que me impresionó. Hasta ese momento había gozado de todas las ventajas que da el mundo universitario. Poco me había detenido a pensar en mis compatriotas que llegaron aquí, al igual que yo, para seguir un sueño, tal vez distinto, pero no muy lejano: el de hallar una oportunidad.

Y así, alejándome un poco de mi zona de confort, he conocido gente de aquí y de allá, gente mexicana trabajadora, que también se ha vuelto recelosa. En algunos lugares donde se concentran grupos de comunidades mexicanas siento que la gente ya no da su confianza fácilmente. A veces cuando voy a una tienda de comestibles el dueño me trata con franca hostilidad y me vigila como si fuera a robarme algo. Es un hecho que la era de Trump sí ha instalado un nuevo miedo entre la gente que antes te daba un trato normal.

Hay un factor psicológico que me hace pensar que cuando voy a ciertos lugares donde la gente no es tan abierta como en Cincinnati, ellos están de acuerdo con la postura del nuevo presidente: que me ven a mí, mexicana, como una intrusa, como una “roba empleos”, como un peligro para su gente. Da más pena aún leer las noticias de México, la incapacidad el gobierno para lidiar con los asuntos internos, la corrupción de políticos que no se cansan de vivir en su burbuja de cristal pensando que robando el dinero de los contribuyentes se vuelven poderosos, cuando lo cierto es que gobiernan a un país pobre y ellos, por más que escapen, no serán vistos como los ricos de un país pobre.

Otro tipo de sentimientos me generan los comentarios de amigos o conocidos en México que me ven como “quien abandonó el barco” por vivir en el extranjero en tiempos de crisis, y que por lo tanto, no tengo la calidad moral para opinar de los temas de mi país, porque no estoy viviendo la tragedia que se vive en él. No han sido aislados los comentarios de algunos que me dicen “pero tú qué te preocupas ¿verdad?”, “seguro ya no vas a volver, ¿cierto?”, “es mejor ver los toros desde la barrera, ¿no?”, cuando el objetivo no es evadirme de la realidad mexicana, sino poder verla desde el ángulo que da estar en otro lugar, desde la posibilidad educarme, primordialmente, para dar un nuevo empuje a mi familia, para, en algún momento, volver a mi país y enseñar lo aprendido. Porque ciertamente el mundo es muy grande, pero siempre se pueden hallar caminos que acorten las distancias. Y aprender otras lenguas, observar otras culturas y conocer expresiones del arte y los avances de la ciencia son una manera de poder estrecharnos las manos.

No obstante, las posturas radicales de la política del actual presidente de EE.UU. han tocado a mi universidad y a mi ciudad de acogida. Desde que comenzó el 2017 han llegado una serie de correos del Modern Language Association sobre su alarma tras la consideración presidencial de eliminar el National Endowments for the Arts, Humanities, (Fundación Nacional para las Artes y Humanidades), que significarían 10 trillones de dólares en un plazo de diez años.

Ser extranjero en Estados Unidos en tiempos de crisis

Mientras tanto, una sentida carta de un ex alumno de leyes, ahora abogado en asuntos de inmigración, que me llegó a mi correo institucional. En esta él expresa su alarma sobre lo que significa la orden ejecutiva de Trump que prohíbe la entrada a personas de siete países predominantemente musulmanes, las profundas lagunas que hay en su redacción y lo que ha representado en la detención indiscriminada de refugiados a los que ya se les había concedido asilo en los Estados Unidos y que fueron arrestados por la Aduana por Protección Fronteriza (Customs and Border Protection, CBP), incluyendo, por ejemplo, a intérpretes iraquíes que ayudaron a los militares estadounidenses en operaciones en Irak, a doctores y demás profesionistas. A muchos se les ha detenido en centros de detención manteniéndolos incomunicados, o siguen varados en los aeropuertos. En peores casos, los refugiados han sido enviados de vuelta a sus países a una muerte muy probable.

Por otro lado, menos optimista aún, las reformas del cuadragésimo quinto presidente estadounidense también pretenden limitar las visas H-1B de alta cualificación. Es decir, que ni siquiera tener un doctorado y demostrar que te has especializado tras años de estudio, experiencia y esfuerzo te abrirán las puertas en un gobierno que se vuelve peligrosamente intolerante con los extranjeros. También se verán limitadas las visas J-1 para trabajos de verano, el permiso de permanencia (OPT) para los estudiantes internacionales después de graduarse, así como también las visas E-2 para inversores o las visas L-1 para extranjeros que vienen a EE.UU, desde una oficina de una compañía en el extranjero.

Así, Estados Unidos, el país que se mostraba abierto al conocimiento de todo el mundo va cerrando sus puertas. No sé si venga a cuento, pero recuerdo el caso de la España de los Reyes Católicos y la expulsión de los moros y judíos de su territorio, los mismos que contribuyeron con las traducciones del mundo grecolatino y árabe al Renacimiento europeo, una era luminosa gracias a las artes y las ciencias. Recuerdo a Felipe II, “martillo de los herejes”, obsesionado con el cristianismo y la imposición de esta religión como única posibilidad para entender al mundo, cerrando sus fronteras a todo lo exterior, incluyendo los libros, estableciendo la Inquisición como forma de justicia, lo cual devino en su propio detrimento, al privilegiar a los “cristianos viejos” y a los poseedores de títulos en su defensa de un arcaico concepto de honor, posición incompatible con el trabajo manual. Y el Imperio donde no se ponía el sol, comenzó el ocaso.

Lo que se cierra, se estanca.

Por lo pronto, ver la realidad de Estados Unidos sirve para contrastar la realidad en México, donde la “fuga de cerebros” parece imparable. Según la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) México está entre los países donde, hasta el 2011, de los 11.2 millones de migrantes, 867 mil cuentan con estudios de licenciatura y posgrados, lo cual es un factor que constituye a la pobreza, porque las personas altamente cualificadas están fuera del país. Y no porque no haya riqueza, ni tampoco porque no haya modo de pagar a personas con preparación. El problema radica en la pésima distribución de la riqueza, en la corrupción y en que muchas de las veces los trabajos mejor pagados los tienen unas cuantas manos (a veces incapaces), o trabajos que no deberían acaparar tantos millones como en el caso de los sueldos de los políticos los que presentan pobres o nulos resultados que impacten benéficamente a la sociedad.

Mientras tanto recibo ciertos comentarios de gente que me dice, medio en broma, medio en serio “ya ves, yo por eso no estudié un posgrado”, “para nada sirve estar tan educado si de todos modos vas a terminar dando clases en prepa”, frases que esconden un menosprecio a la educación especializada, porque es cierto, a veces no sirve para nada. Todavía recuerdo a un compañero periodista que, luego de terminar mi maestría se divirtió de lo lindo cuando regresé a mi trabajo de reportera, con la misma paga y la misma fuente, el cual tenía antes de estudiar una maestría, y el que por cierto, ha sido de los trabajos más gratificantes que he tenido en la vida. Para mí el asunto más importante es la oportunidad de educarme (y no lo digo necesariamente en grados académicos) para aspirar a un trabajo, qué mejor que un trabajo bien pagado, pero para una persona que creció en la pobreza y que supo que la educación en realidad abre puertas, cualquier trabajo es siempre afortunado. Así de injusto nos ha hecho pensar la realidad de nuestro país, México lindo. Ya lo que sea es bueno.

Es muy duro darse cuenta que la educación y la preparación es un artículo de lujo en un mundo cada vez más irreflexivo. A veces imagino que algo está mal en mí porque todo lo tomo con seriedad y cada cosa me lleva a pensar otras más y muchas veces cuestiono la opinión general. Pero no. Sé que pensar y reflexionar no pueden estar mal, aunque piense diferente. La educación misma pide escuchar al otro, ponerse en sus zapatos, al menos por un instante. Y esa habilidad nos hace falta a todos como sociedad. La sociedad del mundo.

 

Yvonn Márquez, Graduate Teaching Assistant, Department of Romance Languages & Literatures, McMicken College of Arts and Sciences, University of Cincinnati.


Yvonn Márquez

Estudia el doctorado en Literatura en Lenguas Romances, en la Universidad de Cincinnati, donde también es profesora de español. Es Maestra en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) con una tesis sobre el teatro de Elena Garro. Ha escrito reseñas de cine, música, literatura y danza. Trabajó como reportera y difusora cultural. Fundó y dirigió el suplemento cultural “Ágora Letras”.