Se busca una ciudad perdida Se busca una ciudad perdida
Luces extinguidas en la noche de la memoria. Sonidos de un cabaret perdido. El regusto ácido del caviar. La burbujeante estela del champán. Se busca una ciudad perdida

Sobre El día que cambió la Noche, de José Luis Martínez

“La memoria es individual.

Nosotros estamos hechos,

en buena parte, de nuestra memoria.

Esta memoria está hecha,

en buena parte, de olvido”.

“El Tiempo”, de Jorge Luis Borges.

 Luces extinguidas en la noche de la memoria. Sonidos de un cabaret perdido. El regusto ácido del caviar. La burbujeante estela del champán. Ecos de una ciudad perdida; ciudad que es tantas ciudades como los recuerdos que inspira en los sentidos que cautivó.

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Se busca una ciudad perdida.Plagada de mitos y leyendas,  de Ciudad de México pervive la historia de su noche legendaria. Viva en la memoria fantástica de sus huéspedes eventuales y esporádicos, la noche capitalina se puebla de seres y escenarios imposibles para el noctámbulo actual. Mujeres luminiscentes, de pura piel y contoneo, orquestas interminables y boleros melancólicos; un territorio de oropel, de luces cegadoras y humos de tabaco.

Esa es la noche que el periodista de larga data,  José Luis Martínez (Ciudad de México, 1955), retrata en su más reciente libro: El día que cambió la noche. Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México (Grijalbo, 2016). Un memorioso ejercicio que vuelve sobre los pasos del barullo nocturno y la francachela recurrente en la década del ochenta.

En su crónica, el autor nos cuenta los entretelones de la vida nocturna, de sus protagonistas y los sitios donde discurrió. Del Capri al Belvedere, de Lyn May –“de caderas contundentes y cintura diminuta”- a la Princesa Lea y su baño de champán, el relato  de Martínez no regatea en recuerdos y sensaciones. En El día que… acudimos al esplendor de la noche capitalina de la mano del joven periodista Martínez, reportero de la revista erótica Su Otro Yo, entonces resuelto a develar los secretos de la farándula y el cabaret.

Noches extrañas las de entonces, en las que un virtual cementerio, con mortajas en el sótano y monjes por meseros, servía de escenario para el aquelarre trasnochador. Tal es  el caso del Catacumbas, un centro nocturno –ahora extinto- ubicado en el número 16 de la calle de Dolores en el Centro Histórico.

“En las paredes –describe el cronista- y en el techo había figuras –de cartón o plástico- de momias, calaveras, diablos, jorobados, monstruos y otros seresridículamente pavorosos. (…) el espectáculo estelar consistía en un show de marionetas, que incluía un ballet que interpretaba los más diversos ritmos”, p. 120.

Del universo nocturno que relata el periodista, destacan las estrellas que poblaron el imaginario romántico del México en blanco y negro. Amparo Montes, por ejemplo, desde su Cueva en Hamburgo 172, ejecuta “Azul” –“como ojera de mujer, como un listón”- de Agustín Lara. Lupita Palomares, en tanto, se encarga de recordar los compases nostálgicos del mar con “Vereda Tropical” –“la noche plena de quietud, con su perfume de humedad”-. El imprescindible José José, referente transgeneracional del amor y el desamor, hace su aparición habitual en “El Patio”, en la calle de Atenas, número 9, para deleitar los oídos bohemios de la concurrencia.

Aunque evocador, el relato del cronista tampoco raya en lo obsequioso. “La noche –escribe Martínez- es territorio comanche para los incautos”, y, por desconocida,  a veces hostil. Aquí un fragmento:

“Una madrugada en el Can Can vi cómo a un cliente dormido le ponían sobre la mesa tres botellas vacías de vino espumoso, además de las que había consumido  (…) Tembloroso, intimidado, pagó en efectivo (…)”, p.111.

Así, pues, la mirada de Martínez nos presenta el mundo nocturno de una ciudad inalcanzable, incoherente para nuestros días, consumida desde sus cimientos por la grieta que el terremoto de 1985 abrió sobre el suelo capitalino. Una grieta definitiva que clausuró, de tajo, los aposentos de una noche fabulosa.

“Esa noche –cuenta el periodista-, la del 19 de septiembre,  por primera vez, caminé en una ciudad sin luces ni música. No quería ir a mi casa, sentía miedo de lo que pudiera encontrar en el trayecto, de los fantasmas que acechaban por doquier. Tenía   los ojos húmedos y el pensamiento en otra parte”, pp. 185-186.

Hacia el final del libro,  Martínez condensa sus recuerdos y las advertencias de la nostalgia, con un fragmento del poema “Las ruinas de México (Elegía del retorno)” de José Emilio Pacheco, escrito para dotar de sentido, quizá, la sinrazón de la catástrofe de aquella mañana funesta.

“Era tan bella (nos parece ahora)

esta ciudad que odiábamos y nunca

volverá a su lugar”, p. 189.

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Como una segunda piel, tras las fachadas estragadas de la ciudad las memorias se agolpan. Los recuerdos también la habitan. Le dan forma y contenido. La ciudad es tantas ciudades como los recuerdos que la delinean. Ciudades perdidas sobre las que la nostalgia vuelve, para encontrarse, finalmente, con el olvido.


Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.