Salmos de la fe perdida Salmos de la fe perdida
Estaba por todas partes: mi convicción de que no existía un final de mis días, y mi confianza en que no era necesario entender.... Salmos de la fe perdida

1.

Estaba por todas partes: mi convicción de que no existía un final de mis días, y mi confianza en que no era necesario entender. La vida y la muerte eran un misterio perfecto. Equitativo. No requieren un esfuerzo más allá que vivir y aceptar, me enseñaron los maestros que encontré en el mínimo trozo de universo que me tocó explorar.

Pero entonces llegó otro maestro. Primero lo creí destinado para mí. Después me di cuenta de que no era un maestro sino un ser dispuesto a derrumbar los templos que erigí en mi alma, porque él creía que esa era su misión, y me escogió a mí para cumplirla por la única razón de que se atravesó en mi camino sin previo aviso, como una aparición.

“Quienes hablan de la continuación de la vida tras su fin no mienten pero se equivocan”, me dijo en un sueño lleno de inundaciones y peste. “Quienes hablan de una sucesión de existencias en la que las buenas y malas acciones se equilibran unas a otras tienen razón sólo en parte”.

Me dijo: “No pagas en esta vida lo que hiciste en la anterior. Deseas en esta vida lo que en la otra rechazaste. Por eso es mejor dejar morir tus deseos para que no te persigan desde el último de tus días hasta el final de los tiempos”.

Y desperté sin más deseos qué añorar, sin apetitos, sin dolor. Mis recuerdos no eran más que el patrón pálido y repetitivo de un papel tapiz que miré durante unos segundos antes de salir de esta vida para continuar regando de desconcierto momentos atemporales que experimenté con un corazón  nuevo, pero vacío.

2.

A veces me mato con mis propias palabras. Escribo una frase y con ella todavía en la mano me arrojo bajo las ruedas de un tren, igual que Anna.

Con un recuerdo, abro la vitrina de la que robo arsénico de un frasco. Es un polvo que coloco en la palma de mi mano para lamerlo y enviarlo a mis entrañas para después sentir los espasmos que me sacarán de esta historia, igual que a Emma.

O bien, como Ofelia, dejo que el agua plácida me trague y me lleve a su abdomen silencioso.

Eso ocurre en los días en que mis actos en esta vida alterna son terminantes. Pero hay otros días en que mis obras no me destruyen sino que me explican muchas cosas, pero no me revelan la forma exacta en que serán mi fin. Sólo sé que me matarán un día.

Uno de esos días fue hoy. Tejía un dragón de lana roja, pero me dejé llevar por sus alas, que aún sólo están imaginadas, y volé hasta la pequeña cueva lejana que ocupas y que estaba inundada de tu olor. Lloré porque no estabas ahí y no supe cómo encontrarte. A mi regreso, tuve que destejer lo que había hecho, como Penélope. No fue para esperar tu llegada, sino porque mientras te buscaba no paré de tejer y convertí mi obra en un monstruo informe y grotesco que comenzó a quemarme las manos con las llamas de sus múltiples hocicos invisibles. Esos hocicos ardientes terminaron aullándome desde una maraña formada de un solo hilo rojo enredado sobre el suelo.

3.

¿No puedes ver que nada de lo que ocurre es merecido? Ni lo mejor ni lo más trágico es algo que merecido por nadie porque ocurre en un tiempo sin jueces ni justicia.

Tampoco te vuelves en esta vida lo que no tuviste en la otra. La tragedia es que en otros planos todos somos personajes literarios, y si tuvimos un final feliz, no sabremos repetirlo. Podríamos volvernos aburridos, reencarnar, quizás, en un mundo en que la abundancia y la carencia no nos vuelva distintos.

En una de esas vidas te conocí. Te consideré hermoso, con tu pena silenciosa y tu tristeza gentil. Habías perdido tu reino y me propuse devolvértelo.

No entendí que esa pérdida te definía dentro de ese cuerpo que se cree el de un viejo.

No entendí que tu destrucción solitaria no se podía curar.

Me contaste tu historia simple. Dentro de ti hay un niño que cazaba en el bosque. No fuiste pobre, huérfano ni abandonado. Al crecer te volviste un soldado, a quien también llevas dentro. Gracias a las batallas ganadas, te hiciste de un reino y desposaste a una princesa que te dio hijos bellos. También llevas por dentro a un monarca.

Y vivieron felices para siempre hasta que todo se acabó.

Me dices que no estás limpio de culpa por esa pérdida como si no supieras que nadie llega puro a esta vida. También me aseguras que caíste en una trampa. No sabes si hiciste suficiente.

Sólo me muestras la orilla de tu resentimiento. Sólo sabes que renunciaste a ser cazador, soldado y rey. Y ahora prefieres ser nadie para que yo no te pueda amar.

Ahora habitas en un lugar apartado del mundo, similar aunque distante al que me sirve de morada. Dices que quieres redimirte y no sales mucho de ahí porque no vas a vivir el tiempo suficiente para lograrlo, me informas.

Y yo me pregunto ¿quién fuiste para perder tanto en una sola vida: Gatsby, Pedro Páramo, Bartleby, Job o Heathcliff?

4.

Y si bien no supe qué hacer con tus derrotas, con tu cuerpo herido no tuve duda alguna. Me envolví en tu piel seca y curtida de marino, y le hice sucias invitaciones a mi interior a tus manos envejecidas.

Me dejaste olfatear la caverna a la vez áspera y dócil de tu cuello para llenarme de tu aroma a barro y madera.

Tenías los labios desérticos y una lengua que era una anguila electrocutándose con su propia chispa.

Besabas con los ojos abiertos, y te pregunté a qué le tenías miedo: si a morir o a despertar.

Me mostraste con orgullo lo que la vida aún no logra quitarte: tu miembro  grueso y tieso; como una daga abriéndose paso entre el pelaje lacio y nevado de tu pubis. En la punta de tu columna ingente y repleta de sangre rabiosa temblaba una gran seta húmeda y venenosa que se volvió mi bálsamo.

A veces, el extraño pero vulgar milagro de sentir a la paz y el fuego con sólo tocar una piel ajena es suficiente para despertar la ilusión de que no será necesario beber el cáliz que la creación nos impone y cumplir nuestra condena a morir de soledad.

5.

Y en mi ausencia de fe tuve la certeza de que, sin importar quién seas, voy a hacer lo que tú me pidas: quedarme, estar contigo un momento, escapar de ti, hacerte creer o dejarme repudiar, porque nunca podré devolverte lo que perdiste.

Tú, en cambio, te dejaste robar lo poco que te quedaba para poder dejarme sin nada. Para levantarte de la cama y perderte solo, resignado a volverte un alma en pena.

Pude haber sido tu premio de consolación, tu alegría imaginaria. Tus cinco minutos de tiempo fuera de esta galaxia.

Pero al marcharte olvidaste algo fundamental: lo que tanto lamentas haber perdido ni siquiera existe en páginas que lo conserven por escrito… hasta que yo las haga, desde luego.

Quieres soledad para castigarte. Quieres ser tú quien por primera vez ejecute un abandono. Lo harás, pero por esto también hay una tarifa que me corresponde.

A estas alturas, y por haberme buscado a mí que soy la que escribe, te anuncio que has dejado de ser un hombre triste e indeciso. Ahora eres la construcción idiomática e imaginaria que se vuelve la materia de mis letras y tu destino es incierto.

Quieres decepcionarme sin saber que eso ya no es posible. Permitiré que me abandones todas las veces que sea necesario porque no te tengo miedo.

No puedes ni imaginar en qué te convertiré ahora: no serás el viejo en lucha con un pez en medio del mar, ni Kerouac en su encuentro con el guardián de la noche, ni Ahab aferrado al costado de la ballena.

La suerte que correrás en mis páginas aún no ha sido echada.

El tan famoso Amor ha dejado de existir. Pobre. Te acabaste en las mentes de quienes te han escrito durante todos los siglos del hombre sobre la tierra.

6.

Esta mentira que llamamos literatura lastima con toda la crueldad del tiempo que asesina a los humanos, sobre todo cuando nos damos cuenta de que la ficción no es el colorido e infinito remanso de imaginación y aventura que quisiéramos: es un disfraz de la realidad más cruel: el eterno traje hiriente del emperador.

Quien es escritor gusta decir que la literatura es lo que nos salva de la realidad. Pero existe una muy sutil y temible diferencia entre la salvación y el suicidio imaginario.

7.

Y cuando al fin me he cansado de convertirte en roca, de quemarte en la hoguera, de romperte el corazón una y mil veces, de llorar tu muerte, de purgar mis asesinatos, de maldecir a grito pelado a quien no pudo amarme y de desear lo que jamás podré tener, suelto algunas lágrimas y retorno a la vida de la que me alejó ese extraño maestro.

Cuando Emma, Anna, Ofelia, Heathcliff, Pedro Páramo, Job, Gatsby y el pobre Bartleby al fin descansan bajo tierra, paso a despedirme de ellos; dejo una flor imaginaria sobre cada tumba y los bendigo.

Mis manos, que pasaron horas, días o meses convertidas en garras, retoman su forma humana, cierran un cuaderno, acarician el teclado y se unen sobre mi pecho en una plegaria de gratitud.

Los pecados fueron devorados, los ángeles caídos se redimieron. Mis palabras, mi perdición y mi salvación, dejaron de pertenecerme y quedaron libres.

En el principio fue el verbo.

Amén.


Gabriela Fonseca

Gabriela Fonseca

Gabriela Fonseca (Ciudad de México). Periodista y escritora. Es autora de la novela Peso Muerto (2005) y el libro de cuentos Los Diablos de Teresa (2008).