Sacrifícate Sacrifícate
Dime Ángel, ¿has rezado tus plegarias esta noche? Cuidado mensajero de bienaventuranza. Guardián celoso. Shhh. Es un secreto Sacrifícate

Dime Ángel, ¿has rezado tus plegarias esta noche? Cuidado mensajero de bienaventuranza. Guardián celoso. Shhh. Es un secreto, ¿verdad? Se supone que yo no debo saberlo. Ah, Ángel. Encontraste el remedio, o mejor dicho, la condenación: te tornas hombre para poder pecar. Vaya atrevimiento. Já. Pero descuida, esto queda entre tú y yo. Ahora mírala. Qué hermosa, ¿no es cierto? Perfecta creación. Ella es tu contrario y a la vez tu complemento. Cualquier sacrificio es mínimo. La recompensa descansa ante tus ojos, después de las batallas del amor. Mírala. Ángel, deberías ser pureza y perfección. Y sin embargo vas tras Ella. Al principio fuiste cauteloso. Observaste estudiándolo todo. La belleza puede ser tan maldita. Pero la enorme distancia no te salvó, al contrario. Le hablaste de luz, de vida. A Ella que por su naturaleza encierra toda oscuridad. Que conoce cada uno de los secretos de la Madre Noche. Mírala. También es un ser alado. Bueno, eso ya lo descubriste. Se identifican tanto. Ángel, ¿acaso Dios permite que te entregues a la tentación? ¿Qué caigas en los pecados más retorcidos? Todo es por Ella. Esa es tu única respuesta. Si hay desacato, no me disculpo, Señor. Sí, la deseo. Y no me arrepiento. Jamás buscaré tu perdón. La amo, Señor. Me hechiza acariciar su piel color luna. Que su cuerpo cálido se abrace al mío con tanta furia. Con total ternura. No tengo conjuros contra sus ojos y su cabello tan negros como el rincón donde escondo mi conciencia. Me rindo ante su sonrisa que invita y oculta. Ante su voz que me arrulla lujuriosa. Ángel. Ella te brinda muerte y vida con un beso. Tu sangre alimenta esa fuente de placer. Y tú suplicas que jamás se agote. Anhelos de inmortalidad. Pero no la que promete el reino de los cielos. Tanta pureza empalaga. Eternamente juntos. Eternamente poseyéndola a Ella. Poseer, Ángel. Ella es tu absoluta dueña y sin remilgos, obedeces. Sí, bebe mi sangre, mi impasible señora. Que tus colmillos afilados recorran todo mi cuerpo. Ella te enloquece. Oh, Ángel. Sus juegos son tan crueles. Te incita y te rechaza. Luego sonríe victoriosa. Te arranca el corazón y lo observa con curiosidad. Después te susurra miles de ‘te amo’ que estremecen hasta tus venas. Dame más, pedacito de gloria. Aliméntame como sólo tú sabes hacerlo. Aliméntame. Porque seré tuya hasta el final de los tiempos. Porque el Juicio Final es una mentira. Y el Apocalipsis, un juego de niños. Ángel, tus alas nunca volverán a ser blancas. Te he inoculado la oscuridad cada vez que hacemos el amor. Cada vez que te entregas a mis abrazos tan inocente, tan rabioso. Ah, Ángel. Cuánto disfrutas ser hombre. Los querubines se asoman desde sus lugares en el trono de Dios y sonríen pícaros. No cabe duda que la perversión es magnífica arma. Pero ¿de qué hablo? ¡Allá cada uno con su mejor manera de encontrar satisfacción¡ Ella adora el peligro. Estar al filo de la navaja. Y tú aprendes demasiado rápido. Amos y esclavos al mismo tiempo. Ella no siempre domina, ¿verdad? Ángel, ya probaste el elíxir de la vida. Ella te lo ofreció sin reservas. Abrió una herida justo arriba de su corazón y tú bebiste ansioso. Empiezas a ser adicto. A Ella, a su cuerpo, al placer y al gozo que te brinda la sangre. Su sabor incomparable que es pura ambrosía. Tremenda lucha la que sostienes en tu interior. Pero relájate, Ángel. Ya no eres una criatura celestial, ¿te das cuenta? No me arrepiento, Señor. No me arrodillaré ante ti. Tengo libre albedrío. Y decido servirle a Ella. Señor, somos inmortales. Somos tan parecidos. ¿Por qué nos condenas a la soledad? A Ella por renegar de la luz y vivir bajo sus instintos. A mí para servir a Tu rebaño. Para guiarlos y velar por ellos. Ángel, la soberbia es uno de mis pecados favoritos. Digamos que el que más me agrada. Pero creo en el amor, a pesar de todo. Recuerdo tanto esa noche. La iglesia majestuosa, el vitral con tu imagen plena de victoria, las campanas apenas tocando en lo alto de la torre, el incienso, las velas. Cristo colgando de unos clavos y una cruz. Ella buscaba refugio. Perseguida y condenada por su instinto. ¿Quién dijo que alguien como Ella no podía entrar a la casa de Dios? Magia. No baratijas de filtros de amor. Poderosa magia. Ella se derrumba en una banca. Tú permaneces a los pies del altar. Cavilando con el recuento de los deberes del día. Pero un llanto capta tu atención. Ella está desesperada. Vamos Ángel, dale consuelo. Al principio, cautela. Ella es tan hermosa. Con aquel vestido de seda color burdeos que cubre y descubre sus formas. La capa cayéndole de los hombros desnudos. Las joyas en sus manos, los pendientes de rubí y el místico perfume. Sin embargo, la abrazas. No hay pecado que Dios no perdone. Oh, Ángel, te sientes tan vacío al repetir esa frase. Ella tiembla y sin más te besa en los labios. Total embrujo. Se funden en un beso lleno de presagios. No te importa. Ángel, debes convertirte en hombre. Ella es la condenación, pero también la gloria. Ángel. Ella no puede ser el Mal encarnado. Y sientes el roce de sus colmillos en tu cuello. No te detengas, por favor. Sacrifícate Ángel. Este es mi cuerpo, tomad y comed. Ella se tumba de espaldas en la banca y te atrae hacia Ella. Esta es mi sangre, tomad y bebed. Ella rasga tu carne y recibe tu vida. Unidos hasta la última célula. Hasta la punta de sus alas y en lo profundo de sus corazones. Ella revive. Mordiscos arrebatados. Promesas. Siempre seré tuya, Ángel. Sólo a ti te pertenezco. Oh, Ángel. La penetras una y otra vez. Eres amo y esclavo al mismo tiempo. Tanta vida y tanta muerte en el placer. Tú sonríes feliz. Los gemidos de Ella anidan en la cúpula de la iglesia. Después, transformados en eco, ensordecen tu alma. Señor, no me arrepiento. Yo sé que no arderé en el fondo de los infiernos. Mi condena ha sido la tarea que me impusiste. Ahora, soy dichoso, Señor. Y he decidido ser yo quien sacie la sed de ella. Con mi cuerpo, con mi sangre. Con la pasión que nos profesamos. Ángel. Te has rendido. Pero yo no te juzgo. Hay que dejarse vencer por el fuego que llevamos dentro. Por el instinto y por la carne. Al fin y al cabo, el amor no es tan puro ni tan limpio. Y yo, a la luz de esta luna bruja y de las estrellas que custodian la noche, seguiré abriendo la puerta trasera del Paraíso, para que tú y Ella entren siempre que lo deseen. Por algo, fui el hijo más querido de Dios.


Macarena Muñoz Ramos

Macarena Muñoz Ramos

Ciudad de México, 1972. Egresada de la Escuela de Escritores de SOGEM. Co-dirigió y co-editó la revista literaria La Mandrágora, una de las publicaciones pioneras mexicanas dedicadas al Horror, la Fantasía y el Género Negro. Ha trabajado como reportera, redactora de noticieros de televisión, correctora de estilo, editora, conferencista, articulista, comentarista de radio y profesora de cursos de literatura. Experta en literatura de horror y vampiros. Cuando era niña soñaba con convertirse en reportera de guerra. Hoy se conforma con abrir la puerta de la realidad para que la fantasía se cuele a través de sus relatos.