Rusia y EU, diplomacia de guerra Rusia y EU, diplomacia de guerra
El abrupto manotazo que Donald Trump propinó en el endeble tablero internacional de la mano de 59 misiles Tomahawks, rociados sobre una base aérea... Rusia y EU, diplomacia de guerra

El abrupto manotazo que Donald Trump propinó en el endeble tablero internacional de la mano de 59 misiles Tomahawks, rociados sobre una base aérea en Siria, modificó sustancialmente la ya de por sí tirante relación con el gobierno ruso, principal valedor del régimen de Bashar al-Assad. Con su precipitada decisión, acompañada del previsible escalamiento en su participación en el conflicto sirio,  Trump colisiona frontalmente con los intereses regionales de Rusia y Vladimir Putin, su jefe de Estado.

Trump, conocido por su endeble criterio para la forja de decisiones firmes –era conocida su animadversión a que el ejército estadounidense se involucrara directamente en Siria- y su rudeza declarativa, ha entrado de lleno en el ajedrez regional del medio oriente. Su política internacional, taimada y deslucida –se sabe de su fuerte inclinación hacia los asuntos estrictamente internos-, no dejaba entrever una medida como la finalmente adoptada. El abrupto viraje cae en el incómodo territorio de la improvisación y visceralidad, pues en el gobierno del magnate nada apuntaba a ejercer de tal modo la fuerza sobre territorio extranjero.

Dos características –la improvisación y visceralidad-, por cierto, que Trump ha portado como insignias al procurar encauzar su administración.

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Así pues, el tono mismo de la experimentada diplomacia estadounidense se ha impregnado del belicismo declarativo y volatilidad política de su jefe, el presidente de los Estados Unidos. Prueba de ello son las contrastantes declaraciones de la embajadora de ese país ante Nacionales Unidas, Nikki Haley, quien en casi en una semana modificó sustancialmente el contenido de sus intervenciones. Apenas el 30 de marzo, la diplomática descartó que el derrocamiento de al-Assad fuera una prioridad para su gobierno. Así lo dijo: “nuestra prioridad ya no es centrarnos en quitar a al-Asad”. Casi una semana después su criterio era otro, “no hay ningún tipo de opción –sostuvo Haley- para una solución política en Siria si al- Asad continúa al frente del régimen. No creo que vaya a haber un Gobierno pacífico y estable en Siria si él continúa en el poder”. Es como si la vehemencia fuera inversamente proporcional al prematuro cambio de opinión.

En contraste al tornadizo criterio estadounidense, la diplomacia rusa se mantiene sobre sus más conocidos parámetros. En efecto, Rusia, tras los ataques de Estados Unidos, insistió en respaldar sin ambages al régimen sirio, una medida que, de consistente, bien podría pasar por un principio de su política exterior.

La alianza entre Rusia y Siria se remonta a la época de la Guerra Fría. Entonces, la Unión Soviética y el gobierno de Háfez al-Ássad –padre y antecesor de Bashar- sellaron un pacto de coordinación estratégica que, finalmente, se materializó en la instalación de la base marítima de Tartús. Importante enclave regional, única avanzada extraterritorial del ejército ruso, que permite el control sobre el Mar Negro y parte del Mediterráneo.

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No resulta extraño, pues,  que Putin, educado políticamente en las instancias de inteligencia soviéticas, se mantenga firme en el sostenimiento de su aliado regional, Siria, si aquello le garantiza, como garantizó a la extinta Unión Soviética, predominancia en la zona.

De todo lo anterior se desprenden las estrategias hasta ahora evidentes en la prematura evolución del conflicto. Mientras Estados Unidos apeló al impacto político del ataque balístico, y con ello estimuló a la comunidad internacional a tomar partido en sus filas, sin importar mucho la incongruencia de la medida reciente respecto al criterio de Trump expuesto en el pasado, Rusia ha desplegado una cuidada estrategia diplomática y mediática.

Por un lado, fue Rusia quien ha solicitado a Naciones Unidas su intervención para mediar en el conflicto y optar, según dicen, por una “solución política”; sin embargo, tampoco han descuidado el flanco militar, movilizando, calladamente, activos militares en el Mar Negro. Medida, por cierto, lejana de los aspavientos retóricos que distinguen ahora a las acciones bélicas estadounidenses.

Así se materializa la inevitable colisión de dos estilos de gobierno diametralmente distintos. Putin, estratégico y cerebral, y Trump, improvisado y volátil.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.