Regreso al norte Regreso al norte
Levantó su fusil, y la bayoneta que coronaba el arma brilló con el reflejo del sol. Soltó un pequeño rugido y avanzó a trancos,... Regreso al norte

I

—Humo, mi teniente  —dijo uno de los hombres de Vázquez, un sargento de tez percudida por el frío de los montes y brazos como raíces de sabino—. Seguro están allá esos hijos de su chingada madre.

Vázquez asintió, afilando la mirada hacia la columna negra que se alzaba por entre los pinos. Levantó su fusil, y la bayoneta que coronaba el arma brilló con el reflejo del sol. Soltó un pequeño rugido y avanzó a trancos, ignorando los pedruscos del camino. Sus hombres, conociéndolo, lo imitaron al tiempo que murmuraban entre ellos.

─Pinches villistas, se les va a aparecer el Diablo.

—Ora sí nos los vamos a fregar

—Los vamos a colgar de un árbol. Al fin que aquí hay un freguero…

—Verán esos fijos de la…

—¡Shh! —indicó el teniente, y todos los hombres callaron. Se acercaban al lugar en donde estaba el enemigo y  el militar sabía que el más tenue murmullo los podría alertar. Caló bayoneta y avanzó con lentitud, a paso de fiera. Subió una ladera no muy alta, seguro de que se encontraría, en el otro lado, con los hombres a quienes asechaba. Sus hombres se le pegaron a la sombra.

II

Llego a Bocoyna  apenas cayendo el ocaso. He conducido por horas a través de esos acantilados de muerte y el tanque de gasolina está prácticamente seco.  La oscuridad en la sierra es absoluta a pesar de que con trabajos son las siete de la noche. Bajo la ventanilla y el aire me taja el rostro con sus navajas. El poblado, formado por unas cuantas casas de madera y algunas de piedra o de ladrillo, parece no contener una sola alma. Sin embargo, sé que  no es así; cientos de ojos curiosos y desconfiados me observan agazapados en los marcos de las ventanas, ojos oscuros y brillantes como lagos de obsidiana, ojos rarámuris acostumbrados a presenciar —y soportar—, el abuso y el engaño del hombre mestizo, del blanco, del chabochi, ojos que nunca olvidan, y que saben esperar. Me detengo en un tendajón en donde una mujer se arropa con los jirones de un rebozo. Huele a café y  leña ardiendo.

—¿Tiene de comer? —le pregunto. La mujer me observa de arriba abajo. Asiente. De entre sus facciones endurecidas florece una breve sonrisa.

—Gordas con chile.

—Deme dos y un café.

Como en silencio mientras observo que la mujer regresaba a su silla de madera, se ovilla de nuevo en sus cobijas y cierra los ojos. No duerme. Escucha cada uno de mis movimientos ahí sentada, en esa posición que le da una apariencia casi sagrada, de vieja eterna.

— ¿Dónde puedo pasar la noche? —pregunto. Ella farfulla serpientes de vaho y luego, me indica una dirección cercana. Le pago para luego regresar al auto. Antes de entrar, cometo el error de dar una profunda bocanada; no bien entra a mis pulmones, el aire los corta como si fuera vidrio molido. Temblando del dolor, me alejo.

 III

La batalla comenzó a las tres de la tarde y veintidós minutos del veinticuatro de noviembre de mil novecientos once.

Los soldados del teniente Vázquez lo supieron con esa precisión debido a que el difunto sargento Ordóñez llevaba en el bolsillo de la casaca un reloj de bolsillo, suizo, regalo de una madre amorosa. Una bala villista le partió la frente no bien iniciaba el combate. Cuando Ordoñez cayó de bruces sobre unas rocas, ya estaba muerto,  pero el engranaje del reloj, con el impacto, se averió, y a partir de ese momento indicó para siempre la hora de la muerte de su dueño.

Los villistas habían sido sorprendidos alrededor de una fogata mientras asaban un par de conejos. Los cogieron por sorpresa, por lo que tardaron algunos segundos en tomar sus carabinas 30-30 y rodar por el suelo hasta guarecerse. Cinco rebeldes cayeron en la primera carga, pero los demás contestaron con plomo y mentadas de madre. Los hombres del teniente llevaban la ventaja táctica, pues bajaban de la ladera y tenían el campo visual despejado. Vázquez, ante el fuego enemigo, ordenó a sus hombres cubrirse y  disparar a discreción al tiempo que los conejos de la fogata se carbonizaban. La batalla duró hasta el anochecer. Aproximadamente a las nueve horas a los villistas se les acabó el parque, así que comenzaron a atacar a los soldados con cartuchos de dinamita que habían robado del cuartel militar de Bocoyna. Aún en su vejez, los hombres del teniente Vázquez recordaban las explosiones con algo de reverencia, como si el enemigo los hubiera atacado a punta de relampagazos. Al rozar la medianoche, a los villistas también se les agotaron los explosivos. Fue entonces cuando Vázquez ordenó el avance final a bayoneta calada; nunca se imaginó que el jefe de los rebeldes, un hombre bigotudo y fiero, le guardaba una bala en el revólver.

—¡Le dieron al teniente, le dieron al teniente! —gritó uno de los soldados. Los demás se enfurecieron al escucharlo y se lanzaron como gavilanes contra el enemigo. Todos los villistas fueron atravesados por las bayonetas, varias veces. El hombre responsable de la herida del teniente fue abierto en canal y arrastrado hasta un hormiguero donde murió —cuentan—, dos días después. Vázquez, hombre de pocas, muy pocas palabras, dejó que sus hombres masacraran al oponente antes de hablar.

—No se preocupen. Nomás es un rozón en la pierna.

IV

El lugar en donde me hospedo es una de las pocas construcciones de ladrillo que existen en la población.

El dueño es un anciano colorado y ágil, un hombre que en sus primeras juventudes debió de ser fuerte, pero que ahora, a pesar de que sus hombros parecen una cordillera, camina encorvado y lento. Una de sus manos cuelga inservible, atrofiada por la artritis, pero la otra, tan rápida como la de un adolescente, apunta mi nombre en un registro de hojas amarillentas.

Mientras cuento los billetes, el anciano me platica que su familia había llegado en 1896 a trabajar en los minerales cercanos. Su abuelo, de nombre Otto, era ingeniero de minas y fue responsable de la tala y desangre de la mayoría de los cerros adyacentes. Los Van Kleff habían acumulado una fortuna respetable que con el paso de los años se había extinguido y de la cual solo quedaba la casa decimonónica que Mario Jiménez Von Kleff, mi hospedero, administraba como hotel. Después de preguntar si deseaba yo algún refrigerio, me entrega una llave de cobre, de esas que abren cerraduras antiguas, y me indica la puerta que debía abrir con ella. Tratando de ser amable, le agradezco, mandándole mis saludos a la señora Jiménez Von Cleff. Sus ojos se opacan de tristeza. “Ella murió hace mucho, señor”, murmura, para luego despedirme con parquedad.

La habitación esta amueblada únicamente con una cama de latón, un tocador y una luna que parece tener una nata de siglos acumulados. Dejo mi maleta en la silla y me acuesto. El dolor en el pecho ha regresado. Pienso por un momento en tomar la morfina de mi equipaje, pero luego desisto. Ningún caso tiene ya. Me envuelvo con una cobija de lana al tiempo que pienso en lo afortunado que es el señor Von Kleff. Después de todo, en su viudez, es capaz de recordar a su esposa con un sentimiento muy distinto al odio con el que yo recuerdo a Sofía.

V

La montaña se enojó por lo de los villistas, por tanta sangre derramada. Eso pensaron los soldados del teniente Vázquez cuando se extraviaron al intentar regresar al cuartel. Anduvieron errantes por tres días, totalmente desorientados, como si el monte les hubiera cambiado de lugar las piedras y los árboles, envolviéndolos en una madeja que ni siquiera con las brújulas que llevaban podían desbaratar.  Algunos de los soldados, a pesar de que estaban acostumbrados al despoblado, caminaban con nerviosismo, atentos al rugido de la montaña que bien podía anunciar la furia del gato montés o las garras del oso negro.  Las provisiones ya se habían agotado, así que tenían que alimentarse de lo poco que les dejaba el monte: ardillas, raíces, bayas, incluso un conejo herido que tuvieron a bien encontrar en su madriguera. Vázquez, para conservar el mando y el respeto, no mostraba ni sus dudas, ni el hambre, ni el dolor de la herida. Las escondía detrás de una expresión ríspida como la corteza de un árbol.

—Ya pasamos por aquí, mi teniente —dijo Camargo, un soldado  pequeño y de piel blanca que resaltaba de entre sus compañeros como un fríjol bayo entre lentejas—. Reconozco aquel tocón. Tenemos que ir para el otro lado.

—Es por aquí —contestó Vázquez con sequedad.

—Le digo que estamos dando vueltas.

—Ustedes síganme. Yo sé por dónde ando.

—Pero por ahí no…

— ¡Usted cállese o lo arresto!

Camargo se tragó sus palabras y le supieron a bilis. Acomodó la carabina a su espalda y caminó en silencio. Atrás de él venían dos militares cargando el cuerpo de Ordóñez. El olor dulzón del cadáver, mezclado con el de los pinares, hería las narices de toda la tropa. Sólo a Vázquez, quien se empecinaba en ir a la cabeza de  grupo, parecía no molestarle.

—Mi teniente —dijo uno de los que portaban el cuerpo—. Le pido que nos permita sepultar a Ordóñez para poder continuar más ligeros.

—Denegado.

—Es que el cuerpo ya comienza a apestar…

—Denegado. Repito. Ordóñez no es un animal. Va a ser sepultado como un cristiano.

—Pero mi teniente, es que no sabemos cuánto tiempo vamos a seguir caminando.

Vázquez se paró en seco. Se llevó la mano a la cintura y desenfundó la cola. Amartilló. Habló sin volverse a sus hombres.

—A ver, hijos de la chingada, aquí el que manda sigo siendo yo. Al que no le guste, avíseme y lo fusilo. ¿Me entienden?

Sus hombres lo conocían. Así que no se atrevieron a decir nada más durante el resto del trayecto. A Vázquez le volvió a punzar la pierna. Con discreción, tocó la herida de la bala, cubierta malamente con un vendaje. Dolía. Tuvo que morderse los labios para no soltar un quejido. Aguzó los ojos tratando de reconocer el camino  y continuó andando.

VI

Me hubiera gustado venir aquí con Sofía.

El pueblo es, durante el día, muy tranquilo, y callado, tan distinto al barullo de las calles y de la ciudad. Siempre hace frío, como corresponde a un lugar incrustado en una sierra del tamaño de la tarahumara. Apenas si uno que otro transeúnte en las calles durante la mañana. Desayuné en el mismo lugar en donde había cenado la noche anterior; la misma anciana me atendió, con su actitud desconfiada. Parece que nunca se mueve del lugar. Compro una botella de tesgüino y me siento en una de las bancas de la plaza principal, frente a un quiosco de cobre que las heladas han blanqueado. Me hubiera gustado estar aquí con ella, caminar juntos en el bosque, encender una fogata y hacerle el amor bajo un árbol. Me hubiera gustado enseñarle el monte en donde, contaba mi abuela, su marido se había perdido. En las otras bancas hay ancianos envueltos en sus chamarras de borrega. Hablan unos con otros, ríen. Algunos contemplan, meditabundos, las montañas, escuchando quizá la voz del monte, esa que nos llama a todos. Tal vez piensen que no les queda mucho tiempo de vida, tal vez están pensando en regresar; quizá ellos sepan la historia de mi abuelo. Me da un acceso de tos. Trato de respirar, de morder algunos pedazos de aire. El pecho me arde por dentro, así que me acabo el tesgüino de un trago. El licor, al pasar por mi garganta, calma el dolor, como si distendiera los pulmones ennegrecidos. Los ancianos me ven, se preocupan de mi estado, pero ninguno se acerca a preguntarme si estoy bien. Mejor por mí, no quiero explicar qué hago aquí, ni quiero explicarle a nadie —ni a mí mismo—, la razón por la que estos viejos vivirán más que yo.

VII

Al tercer día de la escaramuza con los revolucionarios, el escuadrón del teniente Vázquez llegó al cuartel de Bocoyna, Chihuahua. Eran los últimos días de noviembre, y el aire parecía a punto de solidificarse y caer al suelo. Los militares reconocieron las nubes en el cielo: grises, amortajadas, preñadas de nieve. El teniente cojeaba. Los soldados no esperaron la indicación de su superior. Al llegar al campamento se dispersaron: Camargo fue al comedor, los que cargaban a Ordóñez, después de dejar al difunto en la capilla, corrieron a las pilas de agua en donde se bañaron para arrancarse el olor a muerto. Los demás buscaron aguardiente. Vázquez fue a la enfermería y se recostó en uno de los camastros. El Doctor Yánez le habló.

—Teniente ¿Viene herido?

—Nomás de un rozón. Aquí en el muslo.

El doctor tomó unas tijeras y arrancó el vendaje con cuidado. Un olor putrefacto, demasiado parecido al que despedía Ordóñez, se esparció por  la enfermería. Yánez crujió los dientes.

—¿Cuántos días hace?

—Tres nomás.

—¿Sacó la bala?¿Se fijó si  también se le metió un pedazo de tela del pantalón?

— ¿Cómo?

—Por lo general, las balas se meten al cuerpo con un pedazo de tela de la ropa. Si una munición se queda en el cuerpo no hay tanto problema, pero cuando también se van con tela hay un riesgo muy alto de infección.

—Pues yo que voy a saber.

—Se intentó curar con algo? ¿Cauterizarse la herida, lavársela con aguardiente?

—No. Teníamos que regresar y no había tiempo de prender fuego. El alcohol era para el frío de la sierra, no para desperdiciarlo.

—Entonces ¿No se hizo nada?

—Por eso me apuré, para que usted lo hiciera.

VIII

Anocheció muy rápido. Desde el medio día, unas nubes oscuras se vinieron a posar encima del pueblo, nubes de aguanieve, hubiera dicho mi abuela, grises como una parvada de cuervos deslavados. Una brizna helada comenzó a caer. Cierro con cuidado las puertas de la habitación y dejo la llave antigua bajo el tapete de bienvenida. Camino por las calles, ya totalmente desiertas, de un Bocoyna que se prepara para la primera tempestad de invierno. Bordeo la misma carretera por donde había llegado y me encuentro, una vez más, con la vieja del tendejón. Solo dos puntos negros, sus ojos, se distinguen del bulto de sarapes y rebozos.

—Va a nevar —me dijo cuando pasé junto a ella.

—Sí. Nada más quiero caminar un poco.

—Tenga cuidado. Más para allá monte. Mucho animal, mucho gato montés, mucho  oso.

—Gracias.

—Mucho monte…

Me alejo de ella y, poco a poco, el pueblo queda atrás, con sus luces extinguiéndose a mis espaldas. Me interno entre los pinos y subo cuesta arriba. Un agua que no se decidía a ser nieve cae sobre mí. Poco a poco, las tinieblas del bosque me devoran y, en poco rato, me encuentro caminando a ciegas. Enciendo un cigarro,  riéndome de mi médico, el cual me indicó, me rogó, me exigió, nunca más volver a fumar. Inhalo el humo y lo saboreo como la primera vez, como cuando le robaba los cigarros a mi padre y me los fumaba en la azotea. El aguanieve se hace más densa y un copo me apaga el cigarrillo. Lo escupo.  Dedico un pensamiento más a Sofía, a su piel, al aroma de su cabello, a su voz endurecida diciéndome que se iba, justo después de que me dieron el diagnóstico. Me apresuro mientras alzo la vista. La luna se asoma entre las nubes, luna tímida, acompañada de miríadas de estrellas. Hace mucho que no veía un cielo así.

IX

—Lo siento, teniente —dijo el doctor sin poder sostenerle la mirada a Vázquez—. Se le gangrenó.

El militar recibió la noticia impasible, cómo si le hubieran dicho que al día siguiente  saldría el sol. Observó su muslo amoratado, casi negro. Desde la madrugada  anterior le había cesado el dolor. Ahora sólo sentía que le colgaba un fardo de la cadera.

—Tendremos que amputar.

Vázquez sacó un cigarro de la bolsa de su casaca, lo encendió con una inhalación larga, pensativa, para luego soltar el humo en hilos que ascendieron al techo.

—No.

—No podemos salvarla, teniente. Tendremos que cortarla.

—No.

—Si no lo hacemos, va a morir.

—No quiero morir en cachos.

—Teniente. Tengo que hacerlo, son órdenes.

—No me voy a dejar.

—Pero, teniente…

—Por favor, doctor —Vázquez echó para atrás la cabeza. En su voz había un dejo de súplica que Yánez nunca había escuchado—. No me corte.

—Es mi deber… Si me niego, me hacen corte marcial.

—Lo sé —el teniente dio una calada al cigarro—, pero hágame un favor. Quiero estar completo una noche más —concluyó Vázquez. El doctor se secó el sudor de las palmas de las manos con la bata y ajustó en la nariz los aros de sus anteojos.

—Mañana será, entonces. Buenas noches, teniente Vázquez.

 

Las piernas se me aletargan,  me pesan como si fueran un par de bultos. La nieve ya debe de tener unos diez centímetros de alto y me cuesta trabajo dar un paso tras otro. Las manos ya no me arden de frío. Bocoyna quedó ya muy lejos. Casi no puedo ver, me pesan los párpados y las pestañas las siento cargadas de nieve, como dos pequeños tejados. El pecho ya no duele, el aire helado de este monte me ha limpiado, por fin, los pulmones hinchados de podre. La nieve se lleva el dolor, y también, los recuerdos. Todo se ha ido, todo es blanco.  Pienso que mi abuelo, el teniente Vázquez, tuvo razón al preferir venir morir aquí antes que continuar viviendo con una pierna menos, antes desaparecer entre la leyenda que causar lástima. Quizá si mi abuela no me hubiera contado su historia con tanta emoción,  quizá si sus ojos no se hubieran humedecido cada vez que narraba su huida al monte, no estaría yo aquí, siguiendo sus pasos. Luego de un rato, descanso junto a un pino, me froto los antebrazos. Huelo un aroma dulzón como la carroña.

— Oiga, amigo —dice una voz a mi lado—. ¿Me puede ayudar?

Al volverme, observo al  teniente Vázquez reposar, sentado en un tocón. La rasgadura en el pantalón del uniforme muestra el muslo ennegrecido. Intenta ponerse en pie, pero en desiste cuando el dolor lo vence.

— Es sólo que me quedé a descansar… —explica.

Me acerco y lo ayudo a incorporarse. Trata de caminar por sí mismo, pero la gangrena lo traiciona. Trastabilla. Alcanzo a evitar su caída.

— Mejor lo acompaño, señor —le respondo—, ¿Para dónde vamos?

Me observa, sonríe como si mi voz le pareciera familiar. Me aprieta el hombro con sus dedos.

— De regreso al monte —concluye.


Omar Delgado

Omar Delgado

(Ciudad de México, 1975). Según consta en la página web de “Tierra adentro” Omar Delgado pudo ser proxeneta, traficante de armas, comediante o escritor. Eligió esta última profesión por parecer la más decente (tarde se daría cuenta de su error). Ha publicado las novelas Ellos nos cuidan (Colibrí, 2005), y El Caballero del Desierto (Siglo XXI, 2011). Esta última fue galardonada con el premio internacional de narrativa Siglo XXI-UNAM-COLSIN. Sus relatos y reseñas han sido publicados en varias antologías. http://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/author/omar-delgado/