Recuerdos Recuerdos
El balón vuela, pedazos de vidrio por la casa. Mierda, chavo, ¿qué hiciste? Yo no hice nada. Sí lo hiciste. No. No. Tu mamá... Recuerdos

El balón vuela, pedazos de vidrio por la casa. Mierda, chavo, ¿qué hiciste? Yo no hice nada. Sí lo hiciste. No. No. Tu mamá se va enojar. ¡Pero fuiste tú! ¿A quién le va a creer mamá? Hasta se enojó. Pero ya pasó, ya pasó, niño, ya no te está doliendo. Ahora estás jugando, llueve mucho y tú miras el agua que llora en la calle de una periferia cualquiera de una ciudad de São Paulo, una ciudad que vive para otra Ciudad, la Gran São Paulo.

Una periferia cualquiera que tiene una calle cualquiera que lame el agua que corre por sus pulmones. Sí. Sí. El niño mira la calle que parece río, que grita agua. El agua que llueve de las entrañas de São Paulo de sus bravos indígenas muertos allá debajo de la calle del niño. Tiene miedo de que se vaya a inundar. Pero en esa suburbio no se inunda, no; en muchas otras sí. Aquí es una gran bajada y no se inunda. No tengas miedo.

Ahora ya no estás más viendo la lluvia, ahora es enero, vacaciones, estás con la camiseta de Barcelona, es la misma de Romario, pues te gusta ese jugador que ganó el campeonato de 1994. Te pones el cuello como la de aquel portero mexicano que tenía un coqueteo que te gustaba también, pues quieres ser portero y ser coqueto, y ahora defiendes un balón de tu hermano cruel que dice que el juego está 50 a 20  para él, te ha robado unos cuantos goles, aunque de hecho esté ganando, pues sólo tienes ganas, te falta mucha habilidad.

La lluvia llega y quiere acabar con tu juego. Pero no lo logras, estás hecho de sal, te preguntan. No, no soy, vamos a continuar entonces. El chavito tiene miedo de la lluvia, pero juega, no le importa, la lluvia entra en su energía de niño, su fuerza y potencia de alguien que sueña demás. Cada gota que le molesta a agarrar el balón, le entra en los ojos, en el espíritu, lo deja volando, lo deja en una epifanía. El pequeño soñador deja escapar una risa y toma el agua de los cielos, siente que él también puede ser tormenta. El juego. El niño. La magia.

No. No tengas miedo, el tren no te va a comer, aunque sea una máquina que parece un dragón de lata. No te vas a caer, no te enamores del hueco de los ferrocarriles, pues te puede tragar. No tengas miedo, no es un demonio, es el tren del gigante São Paulo, ése que va al extremo este, a la extrema periferia, donde en las noches la gente hace una fiesta en sus vagones. Vino, cerveza y música en el mero tren, a muchos no les gusta, pero para aquéllos es necesario terminar el día con una fiesta, aunque sea en el tren. Para las barras bravas de Palmeiras y Corinthias y São Paulo es una fiesta de la muerte: destruir los trenes para celebrar sus victorias y las derrotas de los enemigos.

No me tengas miedo, dice el negro con la camisa del Corinthias. No te voy a lastimar. Reacción normal, la rabia, pues el negro cree ser víctima del racismo. Pero no es eso, el niño tiene la camisa del Palmeiras y teme a los corinthianos. Él también teme un poco a los negros, pues su familia le ha sembrado miedo. Aunque no es cierto que es racista: en la escuela no ve diferencia entre él y sus mejores amigos  negros, además los blancos como él son demasiados creídos.

Él también se vuelve creído frente a aquella niña, sí, ella lo llama para jugar, pero él dice que no juega con niñas, y le pega. Ella sale llorando. ¿Por qué hiciste eso? Lo hace porque ella le gusta, y él tiene miedo. Después él se pone triste y ella también, pues él también la gusta. Pero la mayor tristeza sucede el día en que ella se va para siempre. Él dice adiós, y adiós en Brasil sólo se dice cuando uno no se va a ver más, o sea, cuando uno se va para siempre. Entra, hijo, va a llover, él mira a la niña que se va en su coche, el corazón del pequeño tiene puntadas. Todavía no las interpreta bien, aquella noche soñaría con ella, le iba a escribir poesías sin forma. Sí, sí, ella era su primer amor. Ella también amaba al niño, pero el orgullo del niño la detenía, ese sentimiento que va a cargar para siempre.

Ese orgullo lo hacía lastimar a todos los que querían enfrentarlo. En fin, el pequeño también era malvado. Aunque tenía momentos de fragilidad, cuando se sentía fuerte, enfrentaba a todos. Sí de hecho fue bueno, pues les ha enseñado a esos cobardes, que un niño también tiene fuerza: ha pateado a todos los que empezaron una lucha entre él y uno más pequeño, puro circo sádico. El orgulloso golpea al más pequeño y a todos los  de alrededor que se estaban riendo. Ellos son más fuertes, pero les molesta la audacia del niño. Llaman a su hermano, le piden más educación para el chavito, para que se someta; pero él no respeta. Su amigo imaginario le dijo que lo ha hecho bien, pues ahora el pequeño orgulloso llora solo. El amigo imaginario intenta consolarlo, le dice que es buena su fuerza, pero que no necesita llorar. Así su orgullo se hace más fuerte.

Pero no tienes que usar tu orgullo contra ellos, no necesitas ser malvado. Están sólo jugando. Calma, tus deseos no necesitan hacerse siempre. Pero el pequeño travieso no escucha al amigo imaginario. En fin, golpea a la hermanita y a sus amiguitos. Él escucha un sermón de la mamá, le duele saberse malvado. No, no llores, pues, todo pasa; el agua limpia, viene y tú miras otra vez al mar en el río. Aquello quita todo, el odio y el orgullo herido.

Horizontum. Recuerdos

Tú querías que quitara también la herida de tú mamá, que llora y tú no sabes qué hacer. Pues si ella tiene miedo, ¿quién te protegerá? Te sientes vacío y con más miedo. Pero te acuerdas de la fuerza cuando jugabas en la lluvia. Habla con ella, pídele fuerza, escucha a tu amigo imaginario. Yo sé que ahora nunca más verás a tu mamá tan imponente, pero los adultos son frágiles, porque también son niños. Entonces, encuentra aquel orgullo y cuídala.

Tienes que ser fuerte, pues hay poderes malignos que son tus enemigos. Sí, hay espíritus que rondan su casa. ¿No fuera aquella vieja fea, la que le puso un hechizo? Tierra de cementerio. Pero tu amigo imaginario te protege, no fue eso lo que le había dicho. No. Él no me protege, sólo me cuenta historias, y me trae aliento. Sus mensajes. Sí, tienes que saber: la ciudad gigante es la ciudad de espejos que trae muchos enemigos invisibles, pero no les temas.

Lo invisible son las muñecas que tu hermana tiene. Eso sí. El olor de lavanda sube al aire. La pureza de todo. Pero no hay flores, ni la casa está limpia. Tú estás solo con las muñecas; ya no las tires, no necesitas enfrentar esos fantasmas. La vida te trae más fantasmas reales que tienes que combatir, la muerte, la miseria, la autoridad, el egoísmo. Ahora están todos en el hospital y tienes que sobrevivir solo. No es cierto que estás solo, hay amigos que cuidan de ti.  Pero no están, en tanto que tú estás ahí escuchando el juego. Está difícil, nunca ganarán, Palmeiras nunca ganó, maldito Cacao, jugador infeliz. No te enojes tanto por un partido. Maldito, ha perdido un penalti, no es esta vez que van a ganar ese campeonato de muchachos.

No llores, todo pasa, ahora la lluvia ha llegado. Ha quitado todo, el odio, el egoísmo, el orgullo, todo ha girado, la ciudad llora pero se limpia. El niño quiere jugar y bajar a la calle de aquel mundo que parecía llorar. Esa lluvia trae muchos sueños, aquí la lluvia llega con fuerza, trae las fantasías de un niño, reencanta la vida, quema los miedos y trae potencias nuevas.

Venancio Oliveira