Raquel Castro: Ojos llenos de sombra, Dark doll y Festín de muertos Raquel Castro: Ojos llenos de sombra, Dark doll y Festín de muertos
Raquel Castro comparte con los lectores de Horizontum sus preferencias en la lectura. Igual invita a un acercamiento a su obra y a la... Raquel Castro: Ojos llenos de sombra, Dark doll y Festín de muertos

Raquel Castro comparte con los lectores de Horizontum sus preferencias en la lectura. Igual invita a un acercamiento a su obra y a la de sus escritores favoritos.

Diana López: ¿Podrías mencionarnos tus cinco libros favoritos y por qué lo son?

Raquel Castro: Los 25 mejores relatos negros y fantásticos, de Jean Ray; Arca de Noé. Clase turistas, de Ephraim Kishon; Celia, lo que dice, de Elena Fortún; El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien y El gato Mog, de Joan Aiken. Por supuesto, reducirme a cinco libros es muy difícil. Pero estos cinco son muy importantes en mi formación lectora. En las historias de Jean Ray aprendí a amar el horror sobrenatural, mientras que Kishon es mi ídolo en cuanto a humor. Fortún y Aiken son maravillosas autoras de literatura infantil; la primera, en un tono realista, muy centrada en crear personajes infantiles creíbles y naturales, con diálogos maravillosos; la segunda, más interesada en explorar la imaginación fantástica. Y de Tolkien amo en particular su compromiso por crear un mundo (¡un universo!) verosímil y a la vez hermoso y sorprendente.

DL: ¿En qué momento de tu vida aparecieron cada uno, algún acontecimiento especial, impactante o desastroso?

RC: Lo impactante sucedía al sumergirme en sus páginas. Leer ha sido, desde que me acuerdo, un acto cotidiano en mi vida. Como respirar o como comer. A Jean Ray lo encontré en el librero de mi papá, en medio de una colección de libros de detectives, después de leer a Sherlock Holmes y antes de Ellery Queen (o al revés). Me sorprendió que, pese a ser de la misma colección, fuera tan distinto a los otros y lo expropié.

Raquel Castro: Ojos llenos de sombra, Dark doll y Festín de muertos

A Elena Fortún la descubrí en casa de una vecina que acababa de morir. Mi mamá fue a limpiar su cuartito (la vecina no tenía familia) y yo la acompañé. Entre el montón de basura que acumulaba la difunta estaba un librito de Fortún, Cuchifritín el hermano de Celia. Me lo robé. O lo rescaté de la basura, como lo quieran ver. Me llamó la atención por las ilustraciones pero me enamoró por la prosa. Así que cuando tuve oportunidad de viajar a España y encontrar más libros de la autora, compré todos los que pude. Y Celia, lo que dice, se convirtió en mi favorito de ellos.

Con Tolkien empecé con El Hobbit, que fue regalo de un tío mío. Me gustó, me quedé picada, y en mi siguiente cumpleaños pedí los tres tomos de El Señor de los Anillos. Desde entonces lo he leído unas doce o quince veces, supongo.

El de Kishon lo encontré en un botadero de la Gandhi. Lo compré porque era muy barato, porque era de un autor judío y porque el prólogo me pareció divertido. No sabía nada del autor antes de eso. Fue después que me enteré de que era el humorista israelí más importante. Para entonces, ya era uno de mis libros favoritos.

A Joan Aiken la encontré en un librero de la escuela donde una tía mía era directora. Yo estaba de vacaciones en la prepa y me iba con ella para no quedarme encerrada en casa. En ese librero tenían muchos libros de SM y me los leí todos. Muchos están aún entre mis favoritos (digamos que en mi top 100), pero ese de Aiken se quedó en un sitio especial porque está muy bueno. De verdad que es sólo por sus méritos.

DL: ¿Siempre deseaste ser escritor(a) o qué otro trabajo te imaginabas desempeñar?

Raquel Castro.

Raquel Castro.

RC: Escribir, para mí, no es un trabajo. Es un placer y un privilegio. Una necesidad y una necedad. De niña quería ser maestra, y a la fecha doy clases cada que se presta la ocasión. He sido (soy) guionista, promotora cultural, traductora y correctora de estilo –pero jamás me imaginé dedicarme a nada de eso antes de hacerlo. Estudié periodismo porque tenía que ver con escribir pero nunca me gustó lo de ir a entrevistar desconocidos o correr a pescar una noticia de política, nota roja o economía. Me gustó ser periodista de cine y hacer locución, eso sí, y lo volvería a hacer si se pudiera. Creo que el empleo que más deseé y nunca pude tener fue, cuando era adolescente, el de ser vendedora en una tienda Benetton. No me dieron permiso en casa.

DL: Si vivieras en otro país, ¿a qué te dedicarías?

RC: Seamos sinceros: probablemente tendría que limpiar casas, atender mesas en un restaurante o cuidar niños ajenos. Con un poco de suerte y luego de muchos años de revalidar estudios, quizá podría dedicarme a dar clases. Pero la realidad es que nuestros compatriotas que emigran no la tienen nada fácil. Por supuesto, al mismo tiempo seguiría escribiendo, pero a saber dónde podría publicar. Probablemente en mi blog. Y, claro, seguiría leyendo. Pero dudo que, viviendo en otro país, me pagaran por eso. (De hecho, viviendo aquí en México, rara vez me pagan por eso).


Diana López

Diana López

Comunicóloga y etnohistoriadora. Se ha desempeñado como promotora cultural independiente, RP para editoriales y eventos culturales. Fue coeditora web en la sección cultural del periódico Reforma y paleógrafa del Archivo General de la Nación. También ha sido asesora pedagógica de fomento a la lectura. Oficio que mejor la define: mochilera.