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Es mexicano, pero lleva tanto tiempo en Estados Unidos que hoy llora lo mismo al escuchar a Barry Manilow que al oír a José... Ram

Es mexicano, pero lleva tanto tiempo en Estados Unidos que hoy llora lo mismo al escuchar a Barry Manilow que al oír a José José. Se llama Ramiro, es camionero. Los compañeros de trabajo le dicen “Ram”. En su cumpleaños treinta y ocho, le regalaron una gorra con el dibujo de un carnero. Siempre la usa.

Esta noche maneja un tráiler rojo Mercedes Benz. Se dirige a San Antonio. La carga que lleva es de medicinas, trae el remolque lleno de antidepresivos. El conductor está triste, destrozado. Su corazón es atravesado por un montón de espinas, mientras que un águila se posa en la aurícula izquierda y le devora las arterias como si fueran serpientes. Su barra desodorante, las cafiaspirinas en su estómago y hasta su mujer son gringas, más su transpiración, sus náuseas y su pena son tapatías.

Desde hace tres meses no ve a su esposa ni a su hija.

Lleva el radio encendido porque en media hora comienza el partido de cuartos de final de la liga mexicana de futbol. Su equipo favorito juega como visitante.

Ramiro ya no vive en su casa. La razón es muy sencilla: en uno de sus viajes contrató a una prostituta, pagó unos preservativos con tarjeta de crédito y Sylvia, su esposa, encontró el recibo. Ramiro le contó la verdad. Ella hizo una pausa de más de un minuto, lo miró a los ojos y le pidió que no regresara.

Ramiro le habló casi todos los días y ella colgaba el teléfono. Varias veces contestó su hija y platicó con la niña durante largo rato. Más de una vez pensó en aparecerse de pronto para llevarles una serenata. Nunca lo hizo. Hace una semana habló de nuevo, esta vez Sylvia sí contestó, había decidido divorciarse y quería arreglarlo todo.

Nunca había manejado con tanto sueño, y es la primera vez que lo hace con el estómago revuelto. Piensa en Sylvia y en su hija Nayeli. Baja el vidrio y el golpe de aire lo asusta.

Quisiera regresar con su mujer y volverse a México, quiere volver el estómago y traga saliva despacio para evitarlo, quisiera pisar el acelerador con violencia y volver en el tiempo, “Quiero volver, volver, volver”, piensa que aquello le cantaría a su mujer si le llevara la serenata.

Para, por fin, en un comedor de camioneros. Al entrar, el aire acondicionado le acrecienta el malestar. Se pone la mano sobre el pecho para sentir los latidos. Van a un ritmo normal. Se sienta en la barra y pide un dramamine y un ginger ale. Se traga la pastilla antes de abrir siquiera la bebida.

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Un sonriente viejo hindú entra al lugar, saluda al mesero y a la cajera con un ademán amistoso. Se acerca a cada una de las personas sentadas junto a la barra y en los gabinetes para pedir algunas monedas. Ramiro le habla en un inglés que no deja ver su origen.

—Siéntate, te invito la cena.

El anciano da las gracias. Se sienta junto a Ramiro sin dejar de sonreír. Ordena una sopa de verduras, pan tostado y un fruit punch.

Ambos se miran y asienten. Ramiro se levanta, guarda la bebida en lata dentro de una de las bolsas de la camisa, le da una palmada en la espalda a su convidado y se despide.

—Adiós, espero lo disfrutes.

El viejo saca de una mochila un pequeño dibujo laminado con la imagen de Shiva, Parmuti y Ganesh, y se lo entrega a Ramiro. Se dan la mano.

El camionero mira la ilustración afuera del lugar, bajo una pequeña lámpara. Incluso un hombre azul, una mujer cubierta en oro y un niño con cabeza de elefante le recuerdan a su propia familia. Le cuesta trabajo abrir la puerta del tráiler. Pone la ilustración en el tablero, junto a una estampa del Sagrado Corazón.

El partido comienza. Su mareo ha desaparecido casi totalmente, ahora ya no hay nada que lo distraiga del sueño. Sube el volumen a la radio, pero el sonido no es suficiente para despabilarlo. Tiene una idea demasiado macabra: pensar en Sylvia y en Nayeli lo mantendría despierto, este mecanismo le resulta algo mórbido, no sabe qué hacer, antes de decidirlo, ya está pensando en ellas.

El jugador más viejo de su equipo se acerca a la portería contraria, Ram se talla el ojo izquierdo. El delantero anota el primer gol y Ramiro suelta una lágrima. El cronista alaba de forma exagerada el manejo del balón de los jugadores. Ramiro llora sin miramientos y el público enloquece, los fanáticos se despellejan la garganta con la celebración.

El llanto le agota la energía que le quedaba.

Está exhausto, quisiera dormir, aunque quizás de nada le serviría. Desde hace semanas la congoja no le permite descansar. Si decidiera pedir un cuarto en el motel más cercano, dormiría por cuarenta y cinco minutos, máximo una hora, y luego se despertaría asustado. Tendría que mirar despacio los objetos de la habitación, uno por uno, primero para recordar dónde se halla, después para convencerse de que en verdad es la primera vez que pasa la noche en ese sitio, que es la primera vez que su esposa lo deja y la primera vez que siente este hartazgo. Dormiría luego por períodos de media hora, de quince minutos, de veinte segundos, pasaría por el mismo proceso una y otra vez. Al final terminaría convencido de haber vivido esta escena miles de veces antes.

Decide continuar, a pesar de los cien kilómetros restantes del viaje. Se estira y bosteza a cada instante. Luego de algunos minutos cierra los ojos despacio. Se duerme de inmediato. Un camión pasa muy cerca y logra despertarlo, con dos o tres maniobras muy desesperadas recupera el control.  Sus latidos se han acelerado, lo sabe, el marcador sigue uno cero. Prefiere no tocarse el pecho.

El sueño vuelve. Aprieta el volante con fuerza, pero los músculos ceden muy rápido, suda, con impaciencia abre los primeros botones de la camisa. Se desabrocha el cinturón de seguridad y saca de abajo del asiento una franela para limpiarse la frente. La carretera es estrecha, pero está bien iluminada. Ramiro trata de no clavar su vista al frente y observa de reojo los lados del camino. Hay algunos anuncios espectaculares. Cada vez que un auto pasa en sentido contrario en el carril de al lado, siente un pequeño estremecimiento.

Termina el primer tiempo, ni siquiera tiene ánimo para cambiar de estación, le cuesta trabajo seguir las palabras de los comerciales.

De pronto, a las orillas del camino ya no hay nada para ver, sólo campo y tierra, ya no pasan más autos en sentido contrario, la señal de la radio se interrumpe por un leve sonido de estática.

Ramiro ya no lucha, se deja dormir.

El tráiler se desvía a la derecha y golpea una señal, el metal cruje y se hace añicos. El vehículo comienza a avanzar hacia la izquierda.

Cuando Ramiro abre los ojos ya va sobre el carril contrario. Un auto remolque avanza hacia él. Sabe que si gira el volante con brusquedad se voltearía y ocasionaría un accidente mayor. Debe frenar despacio para restarle fuerza al choque inevitable. Piensa que si miente lo suficiente, el seguro pagará los daños, calcula que recibirá un gran impacto pero no morirá, le preocupan las personas que viajan en el otro automóvil. Piensa que no le darán trabajo por varios meses, aunque es probable que la póliza de desempleo le bastará para sobrevivir. Un bache lo hace rebotar con violencia, entonces se da cuenta de que no abrochó de nuevo el cinturón de seguridad. Siente una punzada en la boca del estómago, siente miedo, ganas de vomitar. Cierra los ojos apretando los párpados, y en un segundo lo recuerda todo:

Todas las veces que mientras jugaba borró con las rodillas, sin querer, la carretera que él mismo había dibujado en la banqueta.

Los codos españoles de su abuela.

Un columpio verde y oxidado.

La serie de inyecciones contra el tétano.

Tres tacos de guisado que se comió en su primera comunión, uno de arroz con huevo, otro de rajas con crema y el tercero de picadillo.

El viaje a Cataluña.

La primera vez que se subió a un tiovivo. La tarde que lloró sobre su abuela muerta.

Aparece su madre, poco, aparece su padre, poco, al convertirse él en un buen padre los ha olvidado a ambos.

El olor de las fichas de dominó de la cantina “La Minerva”, un olor tan penetrante que se queda en la mano luego de apretar con fuerza una ficha mientras pensabas la siguiente jugada.

Los ojos del pollero que lo cruzó, los cuales había jurado nunca más volver a mirar.

El día que se lo topó de frente en la farmacia Vons y miró de nuevo sus ojos que en aquel momento repasaban despacio las medicinas para la acidez estomacal.

El letrero luminoso del Walmart en el cual ya no se encendía bien la letra A, ese letrero que miró fijamente, durante diez minutos, antes de pedirle a Sylvia que se casara con él.

La cena de acción de gracias, durante la cual aventó la comida por la ventana del departamento mientras gritaba: “Yo soy mexicano y no tengo nada por qué andar celebrando este día”.

Esa vez que pensó que era el fin del mundo, pero sólo se trataba de un ataque cardíaco.

El gran esfuerzo que hizo su hija para poder pronunciar bien su propio apellido.

El juego de pinball en el cual llegó a los dos millones de puntos y comprobó que nunca había perdido del todo la fe en Dios.

Esa ocasión, en su cumpleaños 38 cuando, después de apagar las velas del pastel, se dio cuenta de que aún le tenía miedo a la oscuridad.

Una pequeña arruga junto a la boca de su esposa.

La mañana cuando Nayeli lo despertó temprano para pedirle que la llevara a conocer Guadalajara.

La cena de acción de gracias en la que Sylvia le preparó tortas ahogadas y le dijo: “A partir de hoy, el segundo jueves de noviembre será el día nacional de las tortas ahogadas”.

El rostro de aquella prostituta que no dejó de ver jamás mientras la penetraba, ese rostro tan parecido al de su abuela en una foto de su boda que Ramiro aún conserva.

El momento, hace tres noches, cuando se orilló, bajó del trailer y se puso de rodillas sobre la carretera para pedirle al cielo que borrara sus faltas.

Ramiro pisa el freno con lentitud, desea que las personas del remolque salgan ilesas, ya no piensa en salvar la propia vida. Se imagina a Sylvia y a Nayeli. Alcanza a sentir sus latidos, los brazos se le duermen un poco, pero no suelta el volante. Sabe que una vez que escuche el impacto, todo terminará muy rápido.

No oye nada.

El corazón y el miedo se serenan despacio. El tráiler se detiene del todo. Ramiro abre los ojos, está del lado correcto del camino y no hay ningún coche cerca. Avanza un poco y orilla el trailer, se baja y mira por todos lados. La carrocería está intacta. No entiende.

Sube de nuevo al vehículo y se pone en marcha. Mira las imágenes en el tablero.

En la primera parada se detiene, ni siquiera cierra la puerta después de salir, corre al teléfono, saca unas monedas de los bolsillos y marca el número. Sylvia contesta. Hay una pausa de casi medio minuto. Él llora, ninguno habla, ella dice: “Te extraño, deberías regresar a casa”. Ramiro siente un gran escalofrío y contesta: “Estoy allá en dieciocho horas. Un beso para las dos”. Cuelga.

Ramiro se persigna, pero esta vez no piensa en Jesucristo, piensa en un hombre azul, una mujer cubierta en oro y un niño con cabeza de elefante.

Cuando regresa al auto, el segundo tiempo del partido comienza. Se duerme recargado en el volante.

Inexplicablemente, su equipo pierde el juego.

 


Alejandro Paniagua