Pesadilla real: Trump presidente Pesadilla real: Trump presidente
El 45° Presidente de los Estados Unidos se llama Donald John Trump. Nadie lo esperaba, pero ocurrió. Prácticamente ninguna de las encuestas más populares,... Pesadilla real: Trump presidente

El 45° Presidente de los Estados Unidos se llama Donald John Trump. Nadie lo esperaba, pero ocurrió. Prácticamente ninguna de las encuestas más populares, difundidas en la víspera de las elecciones, acertó en su diagnóstico. El mismo hombre que insultó despiadadamente a los grupos minoritarios de su país; al que se le comprobó una decantada misoginia y proverbial racismo; el mismo sobre el que pesaban serias dudas en torno a la honorabilidad de sus declaraciones fiscales; ese hombre, decíamos, será presidente del país más poderoso del mundo.

De nueva cuenta, la paradoja democrática. Clinton fue la candidata que más votos obtuvo, que mayor respaldo popular encontró: 59 millones 234 mil 436 ciudadanos estadounidenses –el 47.6% de la población norteamericana- votaron a Clinton; en tanto, 59 millones 82 mil 155 – lo que representa el 47.5%- lo hicieron por Trump. Sin embargo, por el método de elección norteamericano –elección indirecta-, la victoria fue del multimillonario. Cosas de la democracia anglosajona.

Las composiciones electorales para que Trump se hiciera con la Casa Blanca, eran complejas y poco probables. Clinton, en cambio, contaba con una dilatada y flexible lista de combinaciones para ganar la presidencia. Con la ex secretaria de Estado, se asumía, bastaba el triunfo en algunos estados tradicionalmente demócratas, y las discretas victorias en unas u otras entidades indecisas, para ganar, sin muchos inconvenientes, la presidencia de los Estados Unidos; en contraste, el camino del republicano estaba lleno de escenarios inciertos y de difícil configuración, una misión propiamente imposible si apelamos a la inexperiencia del candidato y a los augurios nefastos  que envolvían su campaña.

Pesadilla real: Trump presidente

Así, pues, Trump ganó en donde debía ganar, y Clinton perdió donde no debía perder. Nadie lo esperaba, pero ocurrió.

La victoria de Trump abrió perspectivas desconocidas para el futuro político del magnate, y del Estado que lo escogió como su jefe. En buena medida, tal actitud se fincaba en la absoluta seguridad de que el candidato republicano perdería estrepitosamente las elecciones presidenciales. En vista de que nadie daba por hecho su llegada a la Casa Blanca, nadie tampoco se preguntó, seriamente, el programa político y administrativo de su ahora, ¿quién lo diría?, inminente administración.

Trump, pese a su alta proyección mediática –variable en la que fincó toda su campaña-, sigue siendo una incógnita en lo que toca a las medidas que desplegará su administración y al horizonte político al que aspira. Poco o nada se conoce de las directrices de su política en los más variados rubros de la administración pública, probablemente, porque ni el mismo Trump lo tenga claro. ¿Cuál es su programa económico?, ¿cuál su programa social?, ¿qué piensa de la política internacional?, ¿cuáles son sus prioridades en la política interna?, ¿cómo hará a “Estados Unidos grande otra vez”?

En efecto, sus intervenciones públicas eran pródigas en ocurrencias y lugares comunes, aderezadas con los ataques habituales a sus detractores, o con ácidos y excesivos comentarios enderezados contra el presidente Barack Obama y la candidata Clinton. Durante los tres debates presidenciales, Trump nunca logró balbucir algo parecido a una postura sobre la política exterior estadounidense, o una idea vaga, si se quiere, sobre algunos temas de política social. Tampoco pudo expresar algún pensamiento claro, o emitir un mensaje certero y esclarecedor sobre tópico alguno de la administración pública. Su discurso solía ser una retahíla de sinsentidos, salpicados de patrioterismo y ocurrencias, que no terminaron de cuajar en una propuesta coherente y completa para el complejo ejercicio de gobierno.

Días de campaña, días de gobierno

Propio del enigma que representa una administración federal encabezada por Donald Trump, quizá la pregunta más popular del momento sea: ¿de verdad Trump puede hacer todo lo que dijo? Al respecto, podrían aventurarse por lo menos dos hipótesis plausibles, derivadas del comportamiento del propio presidente electo, y de los resultados obtenidos, señaladamente, en las elecciones para la composición del Senado y la Casa de Representantes.

Pesadilla real: Trump presidente

El Presidente mesurado. Trump podría dejar atrás la excentricidad de su comportamiento durante las campañas, moderar el contenido de sus discursos y adoptar una actitud conciliadora, propiamente “presidencial”, para distender el tirante ambiente político estadounidense. El discurso en el que celebró su victoria, fue un ejemplo de ello; reunidos en el hotel Hilton de Nueva York, frente a la exultante multitud, Trump felicitó a Clinton –antes de su alocución, algunos de sus simpatizantes pidieron que metiera a la demócrata a la cárcel- por la dura batalla electoral que protagonizó, y llamó a sus adversarios, dentro y fuera del Partido Republicano, a unirse y dejar atrás los sinsabores y conflictos que produjo su campaña.

Sin embargo, Trump ha demostrado ser un hombre furiosamente leal a sí mismo y a su hiriente espontaneidad. No es la primera vez que el republicano ensaya un rostro más amable para el público estadounidense, para luego ser desmentido por él mismo, y por su inevitable pulsión hacia las declaraciones estridentes. Esta vez, no tendría porqué ser la excepción.

El Presidente trumpista. Por resultarle efectivo para ganar, nada más y nada menos, que las elecciones presidenciales del país más poderoso de occidente, el multimillonario podría volver sobre sí mismo, y ahondar en el discurso misógino y xenófobo que lo hizo presidente electo. Bajo este escenario, Trump podría decantarse por mantener los estándares de sus discursos y replicarlos en acciones concretas, y así ir modelando el curso de su gobierno.

Buena parte de las acciones postuladas por Trump a lo largo de su campaña, pasan, necesariamente, por la decisión del poder legislativo, es decir, por la sanción del Senado y la Casa de Representantes. El riesgo en la consecución de este escenario, estriba en el hecho de que los republicanos mantienen el control en ambas cámaras. El proverbial y modélico sistema de pesos y contrapesos norteamericano, podría perder su vigencia ante el arribo de un agresivo demagogo.

Pesadilla real: Trump presidente

En ambos casos, la incertidumbre es dueña del escenario. Para la primera hipótesis, la posible atemperación de la conducta de Trump, y el reconocimiento de la inviabilidad de un buen número de sus propuestas –el “muro” con México, por ejemplo- podría alejarlo de su base de apoyo y añadir un componente más a la hostil atmósfera política.

No obstante lo aconsejable de su moderación, Trump dejó ver durante su discurso de victoria, que tiene firmes intenciones de perpetuarse en el poder, y quedarse en el cargo los ocho años que un presidente de Estados Unidos puede hacerlo; con ello como antecedente, ¿por qué habría de moderarse ahora si, finalmente, su desbordamiento retórico y excéntrica actitud lo catapultaron a la Casa Blanca?

Bajo el segundo escenario, con un Donald Trump haciendo de Donald Trump, el panorama es aún más complicado. Si bien los republicanos mantienen el control en ambas cámaras legislativas, no sería extraño que, como ocurrió durante la campaña, terminen por darle la espalda y dejar a su propio presidente a la deriva y al arbitrio de su megalomanía, trastocando, sensiblemente, el sólido pacto institucional sobre el que descansaba el Estado norteamericano.

Como fuera, Estados Unidos, la “democracia más grande del mundo”, cayó seducida por el discurso demagogo de un fenómeno mediático. Los valladares democráticos fueron pulverizados por la misógina, la xenofobia y el racismo. El país “garante de la democracia” –discurso y epíteto con el que se presentaban ante el orbe-, se ha arrojado a un camino desconocido e intransitable, oscuro. Y con ellos, han precipitado al mundo entero hacia la incertidumbre.

Nadie lo esperaba, pero así ocurrió.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.