Payaso subterráneo Payaso subterráneo
Bueno bueno bueno. Probando probando sonido de audio gargantil. Tres cuatro cinco. Cabina de audio, ¿me escucha? Cámara dos, ¿me veo bien? Ah, perdón Payaso subterráneo

Bueno bueno bueno. Probando probando sonido de audio gargantil. Tres cuatro cinco. Cabina de audio, ¿me escucha? Cámara dos, ¿me veo bien? Ah, perdón, ¿sí me veo bien cámara dos? No hay cámaras aquí, solamente digo hola, ¿ok?

Payaso subterráneoEl Metro de esta ciudad es su mejor analogía; como un resumen acucioso,  recoge las pinceladas recalcitrantes de una realidad tamizada por las distancias que apartan entre sí a sus inquilinos. Galería singular, de lienzos varios y multiformes, el Metro compendia los trazos más puros de la identidad capitalina. No podría ser para menos: el Metro mismo es una identidad compartida.

Cada  una de sus estaciones funge como patrona identitaria de la zona donde el azar la estableció. Por ejemplo,  la colonia Agrícola Pantitlán, árido paraje metropolitano, sólo será famosa por acoger la neurálgica terminal de Pantitlán, y las cuatro líneas que en ella desembocan; el mismo supuesto es aplicable para la colonia Asturias, feliz receptora de la vital Chabacano, que termina por distribuir capitalinos hacia los cuatro puntos cardinales del trazado subterráneo.

En su tumultuosa travesía, el Metro recorre, en algunos casos, el submundo de la ciudad; su intrincada estructura horada la tierra endeble y  acuosa sobre la que se expandió una metrópoli imposible, irrealizable. Prácticamente, una ciudad pervive bajo nuestros pies, con sus propios códigos, con sus invisibles reglas, con sus inercias obsesivas.

Hola al que viene, hola al que va. Muy buenas tardes, ¿cómo está querido público? Vamos a dar, el día de hoy, inicio con un poco más de risa, cotorreo y diversión. Amigo, buenas tardes, va bien serio, ¿está enojado? Yo sí, no me hable. No, no es cierto, amigo. La verdad es que déjame decirte que antes de comenzar, punto número uno, todo mundo guardando su celular, nadie con el celular en la mano. Por favor, aléjese, ese teléfono se va a autodestruir en cinco segundos. Cinco, cuatro, tres, dos, uno. Y vea, la gente me ignora, así de no me importa, tengo a mi novia que me compre el celular nuevo o cambio de novia. Punto número dos, favor de voltear a verme, hágame caso, sonría, hábleme, pero no me ignore, la persona que me esté ignorando podría llegar a tener un hijo igual que yo.

De veras, de eso me encargo yo.

Aparador que rezuma la dura brega capitalina, sus vagones suelen ser una extensión del campo de batalla. El sólo hecho de entrar en un vagón a reventar, a determinadas horas del día, es un signo inequívoco de garra y perseverancia; no se diga la violenta conquista de un asiento, señal inapelable de astucia y sentido de oportunidad. En el Metro, todo movimiento personal es una suerte de victoria de la individualidad sobre la multitud hostil.

Como ciudad alterna, ciudad en la ciudad, el Metro también desarrolla sus muy particulares dinámicas económicas. Leyes obscuras le rigen eficazmente y dotan a sus vecinos de los servicios indispensables. Hombres y mujeres recorren, incansables, el laberinto de piernas y brazos de cada vagón; ofertan pasta dental, cepillos de dientes, agujas, audífonos, pelotas, botones, plumas, cremas, discos, libros, cortauñas, manos-libres, bilé, cuadernos, congeladas de uva o de vainilla, agua, cacahuates, refrescos, un CD de la Biblia leída por Enrique Rocha, herramientas y, con suerte, un ungüento de nombre sugerente: Mariguanol.

También venden entretenimiento. A veces cruel y sanguinario, como el de quienes se acuestan en vidrios, y muestran orgullosos las cicatrices de su oficio; o inocente y leve, como el de los payasos subterráneos.

A diferencia de quienes se acuestan en vidrios, necesariamente hostiles –acostarse en vidrios nunca ha sido placentero-, los payasos –los mejores, cabe advertir-, más que dar cuenta de un  humor impecable,  despliegan su más ansiada cualidad: la empatía. Su presencia en el vagón permite destilar los humores negros del usuario promedio, agredido desde distintos frentes, y aligerar la inevitable tensión que toda reunión no premeditada –en cualquier vagón se reúnen más de 20 desconocidos- provoca en los usuarios.

Punto número tres, favor de no tirarle el rollo al payaso. No sé por qué pero la chica se me quedó viendo así de o mai god, el payaso está bien simpático, hasta se parece a William Levy. ¿Por qué te ríes, amiga?, ¿no me crees? Checa el dato: pam, pam, pam (se golpea el pecho). Pendejo, a ver si no se me corta le leche, ya no me voy a pegar tan fuerte. El cuerpo de William Levy, los brazos de William Levy, las piernas de Willia Levy… ¿No que no volteabas, compadre? Ya ves como sí. La verdad es que déjame decirte, el día de hoy vamos a intentar arrebatarte esa linda sonrisa, con un poquito de magia, también que sea totalmente de tu agrado. Ya que si ves que algún truco no me sale, puedes aplaudir de todas formas.

No olviden sonreír, porque la sonrisa es el alimento del alma.

Payaso subterráneoSentados en una destartalada banqueta -como casi todas las de la Ciudad de México-, Hugo, mejor conocido en  la línea del metro donde trabaja como Gomi Gomita, me explica: “La regla básica del payaso, la número uno para mí, es mantener siempre tu sonrisa. O sea, pueden pasar cosas, digamos, como una gente que te agreda, pero debes de sonreír. A lo mejor de regreso te van a ver los niños, y deben ver a un payaso con actitud alegre”.

“La regla número dos –prosigue-, es el tiempo y el espacio. Después de que cuentas un chiste, pues debes de permitir que la gente se ría, y cuando sientas que el espacio es el adecuado para contar otro chiste, no puedes encimar un chiste con otro. Son reglas básicas, y la más importante, es tu imagen, tu higiene personal. El payaso no puede andar sucio, no puede andar alcoholizado, no puede andarse drogando, porque es la imagen de lo que te da de comer”.

De sus orígenes, Gomi Gomita ubica su nacimiento hace tres años. “ Me creó uno de mis sobrinos que lleva ocho o diez años (…). Él me dio el nombre de Gomita, y todos me empezaron a decir el ‘buen Gomi’, y entonces se me quedó el buen Gomi Gomita. Soy Gomi Gomita a tus pies, pero no se preocupe usted que no he comido el día de hoy”.

Hugo se hizo payaso por la suerte, tal y como solo las vocaciones más verdaderas suelen descubrirse. “Un día me invitó mi sobrino a realizar un evento, una fiesta infantil. ‘Pero es que yo no sé’, le dije, ‘no te preocupes, yo te maquillo, contestó, con lo poquito que te sepas, nada más hazme el favor de acompañarme y animar a la gente’. Entonces, al ver las sonrisas, la alegría de la gente y de los niños más que nada (…), ese tipo de cosas fueron, yo creo, las que movieron en mí el payaso que llevo dentro, y ahí empecé”.

“El payaso lo traes de corazón –me dice Gomi Gomita en medio del muy discreto círculo que un niño, y un par de adultos, han formado a nuestro alrededor-, hay veces que te vas actualizando y vas aprendiendo más y más. Los zapatos son un complemento, la peluca; pero realmente el payaso nace de adentro, del corazón”.

Quien se encuentre a Gomi Gomita, en medio del habitual ajetreo, visitando su vagón, no sólo se encontrará a un payaso con colibríes en las mejillas, o con una peluca de 30 centímetros; también verá a un mago o, como él mismo gusta decirse, un ilusionista.  “La magia es cuando tú haces que la gente entre en un cuento donde todo puede hacerse realidad”, me confiesa el ilusionista-payaso.

Quien se encuentre a Gomi Gomita, decíamos, lo verá, además de contando chistes, traspasando dos aros aparentemente impenetrables, encendiendo una bombilla con la boca o con un ojo, modificando el color de un plumero,  haciendo aparecer en un cuaderno blanco y vacío, vistosos dibujos de un momento a otro. En fin, lo verá haciendo “magia” y luchado contra el tiempo escaso que deja el trayecto entre una estación y otra, y contra el espacio, inundado de capitalinos ansiosos por dejar el Metro atrás.

En la Ciudad de México, y sobre todo en su Metro, el payaso es “pintoresco, alburero; pero es alburero porque hay gente de todo tipo. Hay chavas que me han llegado a alburear, y pues tú no puedes contestar, pero sí le tienes que dar la vuelta y hacer frente, no con groserías, sino con un chiste”.

Payaso subterráneoVamos a hacer el último truco, y el más difícil de todos: la cooperación. Ahí sí ya nadie se rió, ¿verdad? Pero bueno, este es un poquito de arte popular del payaso, algo breve de magia urbana. Y esperamos de todo corazón poderte haber provocado una sonrisa, y no otra cosa. Antes de retirarme me gustaría dejarles un bonito mensaje, pero ya no traigo salgo.

No, ¿verdad? El mensaje dice así: ¿Quieres llegar a ser feliz en esta vida? Únicamente tres cosas: ama, perdona y olvida. Hoy te lo dice un amigo, mañana tal vez te lo diga la vida.

Y si amas, pero de verdad amas a una persona, déjala libre, que se vaya, y si regresa, ahora vete tú pa’ que vea lo que se siente.

Gracias y hasta la próxima.

Hacia la noche, Gomi Gomita  me manda un mensaje al celular, me pide lo siguiente: “No se te olvide poner mi número para contrataciones – 55 31 54 70 45-.  Hago fiestas infantiles y para adultos, baby shower, bautizos; vamos a funerales, espantamos suegras y hacemos pinta-caritas infantil”.

Ahí está.

Rodrigo Coronel

Rodrigo Coronel

Periodista y politólogo. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma Metropolitana (Medalla al mérito universitario 2015, por mejor promedio de la generación). Maestrante en Periodismo Político en la Escuela “Carlos Septién García”. Ha escrito en medio digitales e impresos, como columnista y reportero, sobre temas políticos, económicos y culturales. Es conductor radiofónico, desde hace 5 años, en los 94.1 de FM, UAM Radio.